Capítulo 41
—Envíen inmediatamente un mensajero a la Orden de los Caballeros del Amanecer para transmitir la orden.
Nadie se atrevió a objetar, y solo el silencio llenó la sala. Odelli, que había escuchado toda la reunión, contuvo con dificultad un tembloroso suspiro.
«La plaga de Velader.»
Una fiebre aguda que comenzó en la ciudad portuaria. Lo recordaba con claridad: la naturaleza de la epidemia, su ruta de propagación, sus síntomas.
«En la vida anterior, resolviste esto de un solo golpe antes de que la situación empeorara…»
Rudville había sido el primero en descubrir la causa, calmar el caos y preparar un tratamiento. Gracias a los recuerdos de sus miles de reencarnaciones, quizás lo había solucionado casi por inercia. Pero en esta vida…
«Ordenar quemarla…»
Sin sus recuerdos, ya no tenía las respuestas ni los atajos. A diferencia del pasado, el Rudville de esta vida vivía sin información sobre el futuro. En esa situación, sacrificar una aldea era quizás la decisión más realista y racional. Si vacilaban y la plaga se extendía por el imperio, sería un infierno.
«Pero si Velader realmente arde…»
Rudville ya no sería un gobernante racional, sino un objeto de terror para su pueblo. Además, Velader era una ciudad portuaria; habría visitantes de otras regiones e imperios. Los rumores no se quedarían solo en el norte. Podría terminar siendo recordado como un villano en todo el Imperio.
«No puedes convertirte en esa persona.»
Kardel seguía siendo llamado el héroe del Imperio. ¿Cómo podía permitir que su único salvador fuera marcado como un tirano? Solo de imaginarlo, le faltaba el aire.
«Si le revelara a Rudville la verdad sobre esta plaga y le diera la solución…»
Odelli dudó por un momento, pero rápidamente descartó la idea. No la creería, y empezaría a sospechar cómo lo sabía.
«Debo resolverlo yo.»
Para ello, debía partir de inmediato. Solo así llegaría a Velader antes de que aquello ocurriera. Rápidamente empacó sus pertenencias, incluyendo todo lo que había comprado en los pueblos durante su viaje. Vistió su manto y se dirigió a la puerta trasera, donde los carruajes partían.
Justo entonces, vio un convoy de suministros preparándose para salir. Sin pensarlo, se subió a la parte trasera de uno de los carruajes. Las ruedas comenzaron a girar con un traqueteo.
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Rudville esperó en la sala de recepción. Esperó… y siguió esperando. El tiempo pasó inexorablemente, y el té se enfrió. Con el rostro impasible, lo observó hasta que, de repente…
¡BANG!
Golpeó la mesa con fuerza. Edwind vio la taza saltar y estrellarse contra el suelo, presagiando el desastre. No, el desastre ya estaba aquí.
—…No viene.
—Por favor, cálmese, Alteza.
Edwind sudaba frío, desesperado por calmar a su señor.
«¿Pero cómo?»
Era hábil con las palabras y solía bromear incluso en situaciones graves, pero esta vez…
«¡Cómo se le ocurre plantarle cara al Gran Duque!»
¡Qué audacia tenía la dama!
Esa mañana, el infame Duque de Hierro había estado inusualmente tranquilo. Pero ahora, ese atisbo de calidez había desaparecido, dejando solo un frío cortante.
—Eh… Creo que me retiraré un momento.
Justo cuando Edwind intentaba escapar, Rudville habló:
—¿Qué clase de persona llega cuatro horas tarde a una cita?
—¡P-pero quizás surgió un asunto urgente!
—¿Urgente?
La comisura de Rudville se torció en una sonrisa fría, entre el sarcasmo y la autocrítica.
—Debe de haber huido al pensar en casarse con un lunático.
—¡No diga eso! Si quisiera huir, lo habría hecho antes. Aguantó quince días en el castillo… ¿por qué huir justo hoy?
En ese momento, el capitán de la guardia irrumpió en la sala:
—¡Alteza! ¡La dama ha desaparecido!
—…
—…
¿En serio… se escapó?
Edwind giró lentamente la cabeza hacia su señor, que parecía a punto de estallar. Pero el capitán continuó:
—Las sirvientas confirmaron que no la han visto desde que partió hacia aquí.
La mirada de Rudville cambió al instante.
—¿Y por qué solo ahora lo informan?
—Vivía en una residencia apartada y rechazó toda escolta… Pero no hay excusa. Aceptaré cualquier castigo.
Tras un breve silencio, Rudville se ajustó la manga de su abrigo, un gesto habitual, pero hoy sus movimientos eran bruscos.
—Rastréenla. Si no está en el castillo, habrá salido.
El capitán asintió y salió corriendo. Minutos después, regresó jadeante:
—¡Un convoy de suministros salió esta tarde!
El rostro de Rudville se distorsionó. Solo un nombre cruzó su mente:
—…Velader.
Sin perder tiempo, se levantó y ordenó:
—Ensillen mi caballo. Parto ahora.
—¡Alteza!
Edwind, aterrado, se interpuso:
—¡Enviaré tropas!
—No es necesario. Iré yo.
—¡No sabemos qué enfermedad hay en esa ciudad! Si se infecta…
—Soy resistente. Sobreviviré.
—¡Eso no es consuelo!
—¿No decías que mi recuperación es casi monstruosa? No me afectará.
—¡Pero no para usarlo de excusa ahora!
—¡Son solo suposiciones!
Rudville lo ignoró y avanzó. La idea de que Odelli hubiera ido a Velader lo impulsó a actuar sin razonar. Su corazón gritaba que, si no iba ahora, algo irreversible ocurriría.
Montó su caballo y partió hacia Velader. Sin reducir la velocidad, sin mirar atrás.

RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD