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Capítulo 25

—…¿Por qué?     

Él se llevó la mano a la frente y murmuró en voz baja.  

—¿Por qué demonios… esta cosa…?  

Su razón se negaba a aceptarlo, pero su instinto lo persuadía con un extraño sentimiento, como si le dijera que era algo familiar y podía relajarse. Para él, un ex esclavo, no existía algo como un hogar.  

Entonces, ¿por qué sentía esta nostalgia?  

Al final, no apartó el plato. Como si algo lo guiara, siguió comiendo. Hasta el último bocado.  

Cuando la cuchara golpeó el fondo del plato, finalmente pudo detenerse.  

—…  

Un silencio denso llenó la oficina. Rudville miró el plato vacío por un momento. Aunque lo había terminado por completo, el sabor aún persistía en su boca. Y esa cálida sensación, más allá de llenar su estómago, había tocado su corazón sin permiso.  

De una manera irritante.  

—…No habrán puesto drogas, ¿verdad?  

Que algo le gustara no era raro. Pero que también afectara su estado de ánimo… por más que lo pensara, era extraño.  

—La Princesa dio las instrucciones, pero el chef fue quien cocinó personalmente, ¿no?  

—…  

¿Habría sobornado al chef?  

El propio Rudville sabía que era una idea absurda, así que no continuó. Al verlo, Edwind, que lo observaba de reojo, habló con cuidado:  

—Le pediré que prepare otro plato igual.  

Rudville no respondió, pero su astuto asistente no esperó y salió disparado de la habitación.  

Tras cerrarse la puerta, Rudville permaneció en silencio un largo rato antes de fruncir el ceño con fuerza.  

«¿Me estoy volviendo loco?»  

Su estómago se revolvía, como si estuviera enfermo. Pero no era por la comida, sino por su estado de ánimo. Seguro era culpa de ese extraño plato que la Princesa le había enviado. Con gesto disgustado, dejó la cuchara.  

୨꒷・┈┈・⊹ ̊ʚ・┈ ⊹ ̊✪ ⊹ ̊┈・ɞ⊹ ̊・┈┈・꒷୧

Desde ese día, Odelli le envió comida a diario.  

Comenzó con una simple sopa para calmar su estómago, pero poco a poco su mesa se llenó de comidas más nutritivas y variadas. Desde platos principales hasta postres y tés, sin discriminar.  

Una sopa de hierbas con caldo de pescado, pollo asado con higos y albaricoques secos, pastel de limón y romero, scones con miel y queso crema, té de manzanilla y jengibre…  

Aunque el chef era quien cocinaba, era obvio de quién era la mente detrás de esos sabores intensos.  

«Es solo un scone normal.»  

¿Por qué despertaba su apetito, algo que había considerado insignificante hasta ahora?  

Incluso cuando tenía hambre, no sentía deseos de comer. Aunque lo hiciera por supervivencia, la comida le sabía a arena, áspera y difícil de tragar.  

Pero… ¿por qué todo lo que la Princesa le enviaba era tan delicioso?  

Rudville miró con desconfianza el scone que aún desprendía calor.  

—…¿Qué demonios le pusieron a esto?  

El chef respondió:  

—Mantequilla de la granja Morning Bell, miel de Honeyrian Boutique y queso crema de Heimvier Creamhouse.  

—¿Y ella te dio esos detalles específicos?  

—Sí, ¿impresionante, no? Memorizar recetas así no es algo que se haga sin experiencia.  

Sabores desconocidos pero reconfortantes. Y, extrañamente, perfectos para su paladar.  

Cada vez, Rudville vacilaba un momento frente a la mesa. Pero al final, terminaba el plato y una extraña calma lo invadía.  

Por un breve momento, el vacío y la ira que lo consumían diariamente se calmaban. Esa corta comida parecía tapar algo hueco dentro de él.  

«Maldita sea.»  

No podía negar que se estaba acostumbrando a los platos que ella le enviaba.  

«¿Así es como planea ganar influencia? Astuta…»  

Dominar su paladar primero era hacer trampa.  

De alguna manera, Rudville sintió que Odelli lo había engañado.  

Edwin, que lo observaba en silencio, preguntó con curiosidad:  

—Es la primera vez que veo a Su Alteza disfrutar tanto una comida.  

—Antes también comía bien. Nunca fui exigente.  

No era mentira. Hasta tres meses atrás, siendo alguien de gran complexión y actividad, comía de todo. Nunca fue melindroso y, salvo cuando estaba ocupado, sus horarios eran regulares.  

Edwind negó con la cabeza.  

—Claro que comía bien, pero antes era solo por necesidad. Ahora, sin embargo…  

Hizo una pausa, estudiando el rostro de Rudville antes de añadir con una sonrisa reprimida:  

—…¿Acaso está esperando con ansias la próxima comida?  

Rudville quiso refutarlo, pero por una vez, las palabras le fallaron. No podía negarlo.  

Edwind miró el scone y preguntó:  

—¿Es tan delicioso?  

Su voz estaba llena de curiosidad.  

Rudville pareció meditarlo un momento antes de extenderle un scone.  

—Prueba.  

—¿En serio? ¿Puedo?  

Edwind no se hizo de rogar. Lo tomó con gratitud. En el fondo, tenía curiosidad.  

¿Qué tendrían esos platos que su señor, aunque fingía indiferencia, siempre terminaba?  

¿Qué tan deliciosos serían para devolverle el apetito a alguien que antes solo comía por obligación?  

Y entonces, le dio un mordisco.  

Pero…  

—Mmm… ¿Está bueno?  

Y sí, estaba bueno. Un scone suave y tibio, recién horneado…  

—…Pero, ¿tanto como para eso?  

No era tan increíble como esperaba, así que Edwind inclinó la cabeza confundido.  

Francamente, los platos que el chef preparaba normalmente con ingredientes de alta calidad eran más refinados y elegantes.  

—Parece que solo yo lo encuentro tan delicioso.  

—¡No, no es que no esté bueno!  

Edwind agitó las manos, pero Rudville no le había dado el scone para buscar defectos.  

Solo quería confirmar.  

¿Era él el único que lo sentía así?  

—No es un sabor que cualquiera ame.  

—…Bueno, supongo.  

—Esa Princesa… acertó exactamente con mis gustos.  

¿Cómo podía ser que cada plato que enviaba, sin excepción, le resultara tan delicioso?  

«¿Me analizó?»  

Pero el pensamiento se detuvo allí.  

«¿Con qué base?»  

¿En qué se habría apoyado para descifrar sus preferencias con tal precisión?  

Ni el chef, ni él mismo lo sabían.  

No tenía ni idea.  

Hubiera preferido que fuera obvio, que ella presumiera de haber encontrado su punto débil.  

Pero no.  

«Hasta reveló todas las recetas.»  

El chef era quien cocinaba. Si le preguntabas, recitaba los ingredientes y métodos sin faltar un detalle.  

Con un cocinero tan talentoso, pronto podría recrear esos platos sin necesidad de la Princesa.  

Y eso lo hacía aún más incomprensible.  

La Princesa de Kardel actuaba como si solo quisiera que él comiera bien.  



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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