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Capítulo 19

Odelli se sintió injustamente tratada.  

No insistió, solo se defendió un poco.     

Tan pronto como Theodor escuchó el chisme de Leona, entró en la habitación.  

Inmediatamente, observó el semblante de Odelli.  

En su rostro, siempre firme y sereno, aparecieron sutiles arrugas de preocupación.  

—Tu color sigue sin mejorar —dijo, mientras sacaba una pequeña caja y la colocaba con cuidado sobre la mesa—. Es una medicina preparada en la botica. Dicen que revitaliza y reduce la fatiga.  

Después de dejar las hierbas, colocó un pequeño frasco de vidrio con digestivos al lado.  

Luego, hizo una señal, y un sirviente que esperaba junto a la puerta trajo una caja elegantemente envuelta, depositándola sobre la cama.  

—Un regalo para usted, mi señora —anunció con elegancia.  

Odelli, con curiosidad, desató el lazo y abrió la caja.  

Dentro había un abrigo azul marino, cuidadosamente doblado.  

Diseñado para mantener el calor incluso en los fríos extremos del norte, tenía un forro doble de piel de alce y un exterior de tela preciosa con un brillo sutil.  

Leona no pudo evitar admirarlo.  

—¡Debe ser muy ligero y cálido! Tan suave… y parece bastante caro.  

Odelli observó en silencio los objetos que él había traído.  

Entonces, preguntó directamente:  

—¿Lo compraste con tu propio dinero?  

Theodor la miró, sorprendido por un momento, antes de inclinar la cabeza y responder:  

—No podría usar fondos públicos sin el permiso de Su Alteza. Pero atender a los invitados también es mi deber como mayordomo.  

Al escuchar esas palabras, un recuerdo lejano vino a su mente.  

En su vida pasada, después de la muerte de Leona, no quedó nadie a su lado.  

Rudville la había encerrado en el palacio para salvarla, así que era cierto que no tenía oportunidad de ver a sus súbditos… pero, aun así, Theodor la visitaba a veces.  

—Este invierno es especialmente frío. Su Alteza el Gran Duque… no es muy considerado.  

—Alguien debe quedarse a su lado. Mientras sea la señora de la casa Exion, serviré a Su Alteza la Gran Duquesa hasta el final.  

Así era entonces.  

Con su propio dinero, le compraba guantes y bufandas, le preparaba medicinas y la cuidaba en silencio, atendiendo cada detalle.  

Quizás era algo natural.  

Él siempre había sido una persona bondadosa.  

Aunque estricto y meticuloso en todo, nunca pasaba por alto el bienestar de los sirvientes.  

Con Odelli no era diferente.  

Era alguien que, sin que nadie lo supiera, la cuidaba en secreto.  

En esta vida, al principio, había mantenido las distancias por precaución al saber que Odelli habitaba el cuerpo de la Dama de Ojos Azules… pero, al final, todo volvió a ser como antes.  

Odelli lo miró en silencio antes de desviar la mirada y tomar el abrigo.  

Deslizó un brazo con cuidado por una manga y luego el otro.  

La piel suave la envolvió, cálida y reconfortante.  

Por un breve instante, sus ojos siguieron los copos de nieve que caían fuera de la ventana.  

Este invierno, tal vez, no sería tan frío.  

୨꒷・┈┈・⊹ ̊ʚ・┈ ⊹ ̊✪ ⊹ ̊┈・ɞ⊹ ̊・┈┈・꒷୧

«Por fin estoy sola.»  

Leona no quería dejar a Odelli sola ni un momento.  

Por eso, sudó la gota gorda para sacarla del pabellón.  

Aún le remordía haberla dejado esperando a Zik allí sola para atrapar al ladrón.  

No quitaba los ojos de sospecha, como si temiera que, al dejarla ir, ella cometiera otra locura… pero esta vez era diferente.  

Era algo que podía hacer sin lastimarse ni sufrir.  

Tan simple como girar una llave en una cerradura…  

Odelli suspiró y se adentró en el almacén.  

Al final del pasadizo olvidado, se detuvo una vez más frente al círculo de hechizos prohibidos.  

«Por fin.»  

Cuando decidió destruirlo por primera vez, solo sentía impaciencia.  

Pero ahora, de vuelta aquí, su corazón estaba extrañamente agitado.  

Tal vez porque…  

«…al eliminarlo, el último lazo que me une a Rudville desaparecerá.»  

Aunque sabía que este círculo le había robado la mitad de su fuerza vital, dudó un instante.  

«Pero no puedo posponerlo.»  

Ante ella yacía el hechizo que, en silencio, había absorbido la vida de Rudville para transferírsela a ella.  

Y en su centro… había un vacío.  

Un espacio que palpitaba como si exigiera vida.  

Era la cerradura que podía activar o desactivar el hechizo.  

Solo una cosa podía ocupar ese lugar: el cristal de sangre.  

Odelli sacó el collar de su bolsillo.  

Separó el cristal rojo como la sangre y extendió lentamente la mano hacia el centro del círculo.  

El cristal era la llave.  

Dependía de ella girarla en una dirección u otra.  

Si activaba el hechizo, absorbería toda la vida de Rudville, su dueño.  

«…Rudville.»  

Recordó el momento en que él, sin dudarlo, le entregó su vida.  

Y al mismo tiempo…  

Vino a su mente el recuerdo milenario que había robado de sus memorias.  

Era un día de primavera.  

El humo se elevaba de las chimeneas, y la luz cálida se filtraba por las ventanas al atardecer.  

{—Aún no puedo creer que haya dejado atrás a la familia Kardel, caballero.} 

En su memoria, Odelli sonreía.  

Sus ojos azules brillaban con esperanza, y lo miraba con la admiración ciega de una joven enamorada.  

{—Ojalá este momento durara para siempre.}

Rudville la observó en silencio.  

Tras una larga pausa, respondió con voz grave:  

{—Yo… también lo deseo. Siempre he querido… que el tiempo se detuviera aquí.}  

Ella rió, ignorante.  

No podía comprender la profundidad ni la desesperación en sus palabras.  

Así que preguntó:  

{—¿Tiene algún deseo, caballero? ¡Prometo cumplirlo algún día!}

Rudville guardó silencio por un largo rato.  

Su garganta se movió, y sus labios temblaron, como si temiera que, al decirlo, todo se derrumbaría.  

{—Quiero celebrar tu trigésimo cumpleaños… a tu lado.}

Finalmente, lo confesó.  

Un deseo que, aunque gastado por el tiempo, aún anhelaba con desesperación.  

Treinta años.  

En su vida pasada, Odelli cumplió esa edad por primera vez.  

Fue después del funeral de Rudville.  

Sola.  

«Desde el principio, fue un deseo inútil.»  

Nunca existió una línea de tiempo en la que ambos vivieran hasta que ella cumpliera treinta.  

Si Rudville vivía, Odelli moría.  

Si Odelli vivía, Rudville moría.  

Así que…  

Su deseo de celebrar juntos su cumpleaños…  

«…Lo siento.»  

Tampoco en esta vida podía cumplirlo.  

Odelli tuvo que rechazar su único anhelo.  

«Porque tú debes vivir.»  

Cerró los ojos y borró de su mente esos recuerdos que ya no existían.



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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