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Capítulo 8

No solo Odelli escuchaba atentamente la conversación, sino también los mercaderes sentados frente al viajero, quienes intervinieron con sus propios comentarios.     

—Por lo que he oído, está buscando a su primer amor, del que se separó por circunstancias inevitables en su infancia.  

—No, yo escuché que el Gran Duque busca a su ideal perfecto, alguien que vio en un sueño.  

—Para nada. Es que no puede olvidar a su amante fallecida, así que acoge a cualquier mujer que se le parezca.  

—… ¿Cuál es la versión correcta?  

Ante el reproche de que todos decían cosas distintas, uno de los mercaderes se encogió de hombros.  

—Si ni él mismo lo sabe, ¿cómo vamos a saberlo nosotros?  

—¿Qué? ¿Él no lo sabe?  

El viajero repitió la pregunta, como si le pareciera absurdo.  

—Un sirviente del castillo dijo que apenas recuerda nada sobre esa mujer. No sabe si lo olvidó por la infancia, si fue un sueño o si perdió parte de la memoria…  

¿Organizaba esos lujosos banquetes todos los días para buscar a una mujer de la que ni siquiera se acordaba bien?  

—¿Eso no es simplemente locura?  

—Sí, está loco. Completamente loco.  

El mercader giró un dedo al lado de su cabeza y añadió:  

—Dicen que hasta su tono de voz y mirada cambiaron, como si estuviera poseído. Si le molestas, la gente muere. Es un tirano sin igual.  

¿Su tono de voz y mirada cambiaron?  

¿La gente muere si se irrita?  

Eso no podía ser.  

Odelli sintió el impulso de agarrar al mercader por el cuello y sacudirlo, preguntándole qué clase de tonterías decía.  

Algo estaba muy, muy mal.  

—Vaya, el Gran Duque de Hierro y Sangre…  

El mercader hizo una pausa al ver la expresión consternada del viajero y añadió en voz baja:  

—En cualquier caso, lo único seguro es que la mujer que busca el Gran Duque tiene ojos azules. Y además…  

—Aquí.  

Se golpeó la clavícula con los dedos y continuó:  

—Dicen que tiene una cicatriz peculiar aquí. Una línea horizontal con un semicírculo encima.  

—¿Una línea horizontal con un semicírculo? Espera, ¿no estarás hablando del símbolo divino?  

—Por eso algunos dicen que podría ser un estigma sagrado.  

Odelli se sobresaltó y, sin darse cuenta, tocó su propia clavícula con la punta de los dedos.  

La línea horizontal con un semicírculo.  

Era una cicatriz que le quedó de su época como sujeto de experimentación en la familia Kardel.  

Solo por coincidencia, se parecía al símbolo divino, pero no era un estigma sagrado ni nada por el estilo.  

Era solo una marca de sacrificio y abuso.  

«…¿Rudville la recordaba?»  

Si juntaba las piezas de la conversación, la situación era esta:  

Últimamente, mujeres de tierras lejanas llegaban en masa al Gran Ducado.  

Hijas ilegítimas de nobles, plebeyas, esclavas, bailarinas, santas, princesas de reinos caídos… Sus orígenes e historias variaban, pero tenían algo en común:  

Ojos azules y una cicatriz en la clavícula.  

Si cumplían con eso, obtenían el derecho a asistir a los banquetes del Gran Ducado.  

Si alguna le gustaba al Gran Duque, se le permitía quedarse y era tratada con gran honor, casi como una Princesa Imperial.  

Pero ninguna superaba los quince días.  

El Gran Duque, en un arrebato de capricho, las echaba del castillo.  

Eso sí, con una generosa compensación.  

—Algunas incluso se fabrican cicatrizas falsas para ir al Gran Ducado. Si son elegidas, aunque las echen, reciben una buena recompensa, y con suerte, podrían convertirse en la Gran Duquesa.  

Además, las elegidas compartían otra característica: solían tener una apariencia frágil y delicada, con historias tristes.  

Por eso, los banquetes ahora estaban llenos de mujeres compitiendo por parecer las más desdichadas.  

Ese patrón también le recordaba a Odelli.  

«Pensé que no recordaba nada.»  

En realidad, parecía que solo tenía algunos fragmentos vagos de memoria y, guiado por instinto, buscaba desesperadamente a alguien.  

Rudville no había olvidado a Odelli.  

Al contrario, estaba tan obsesionado que hasta los ciudadanos del norte decían que estaba loco.  

«…¿Acaso Rudville seguirá así hasta encontrarme?»  

¿Toda su vida?  

«No puede ser.»  

Después de todo lo que pasó para revivir, ¿esto era el resultado…?  

Odelli aflojó lentamente el puño que había apretado con tanta fuerza que las uñas se clavaron en su palma.  

«… Tengo que ir a ver su estado.»  

Odelli se levantó de su asiento.  

No podía demorarse.  

Tenía que ir ahora mismo.  

Hacia el territorio de Exion, donde él estaba.  

୨꒷・┈┈・⊹ ̊ʚ・┈ ⊹ ̊✪ ⊹ ̊┈・ɞ⊹ ̊・┈┈・꒷୧

De pronto, una lanza afilada apareció frente a ella.  

—¿Qué haces colándote aquí?  

Un guardia la escudriñó de arriba abajo, con una mezcla de burla e irritación en su mirada.  

El borde de su túnica tenía trozos de hielo colgando, y sus botas estaban sucias de barro y nieve.  

Las marcas de alguien que había cruzado el frío extremo del norte sin más que su propio cuerpo, incapaz de conseguir un carruaje.  

—¿No te vas de una vez?  

Sin embargo, el capitán de la guardia a su lado observó detenidamente los ojos de la mujer bajo la túnica.  

Azul hielo.  

Un color claro y transparente como el hielo.  

Después de mirarlos un momento, dijo abruptamente:  

—La cicatriz.  

Su tono, cansado de repetir el mismo procedimiento incontables veces, revelaba agotamiento.  

Odelli, sin decir nada, bajó el cuello de su ropa para mostrar la cicatriz en su clavícula.  

—Déjala pasar.  

El guardia refunfuñó mientras abría las puertas del castillo.  

—Ahora hasta los vagabundos vienen…  

Al cruzar las puertas, el viento gélido del norte, que parecía interminable, se detuvo de repente.  

Y la estación cambió.  

A diferencia del mundo congelado afuera, el aire dentro era pegajoso y dulce.  

Una mezcla de vino afrutado, frutas confitadas en miel y todo tipo de flores.  

Como si hubiera entrado en un jardín a principios de verano.  

«Los rumores eran ciertos…»  

El banquete estaba en pleno apogeo.  

Desde lejos, se escuchaban las melodías de los instrumentos de cuerda, y el pasillo de mármol estaba cubierto por una alfombra dorada.  

Al abrirse las puertas del salón, la luz, la música, los aromas y las risas brotaron de golpe.  

El Salón Dorado.  

Así lo llamaban ahora.  

Los candelabros de oro adornaban el techo como estrellas en la noche.  

«… En mi vida pasada, esto no existía.»  

Y todo en solo tres meses.  

Odelli miró a su alrededor con confusión.  

Olas de seda y encaje.  

Aromas como frutas a punto de pudrirse.  

Risas más brillantes que las joyas.  

Mujeres de ojos azules, adornadas con lujo, bailaban y reían.  

—… Aún no ha regresado.  

Entonces, una mujer masculló, mordisqueando su labio con ansiedad.  

—Esa Santa que se fue con Su Alteza el Gran Duque… No puede ser la verdadera, ¿verdad?  

Otra mujer soltó una risa burlona.  

—Imposible. ¿Qué clase de Santa asistiría a un banquete para llamar la atención del Gran Duque?  

—No puedes estar segura.  

La mirada de Odelli se dirigió hacia ellas.  

—Dicen que perdió todos sus recuerdos de niña en un accidente y creció en un templo como santa. Si la cicatriz en su clavícula es un estigma sagrado… quizás sea la verdadera que Su Alteza busca.  

—Dios, qué dramático.  

Una mujer se burló, cubriendo su boca con un abanico.  

—Suena convincente, pero… no sé. ¿Crees que Su Alteza se fijaría en una estafadora tan obvia?  

—Bueno, incluso si lo hace, no durará más de quince días. Siempre ha sido así.  

A pesar de sus palabras, las mujeres miraban ansiosamente hacia la entrada del salón.  

¿Quién sería elegida esta vez?  

Miradas llenas de esperanza, celos y ansiedad se cruzaban entre ellas.  

¡BANG!  

En ese momento, un tremendo estruido retumbó en la entrada del salón.  

—¡Dios, qué susto!  

—¿Qué pasa?  

Las mujeres, adornadas con telas y joyas, y sus acompañantes, se agitaron nerviosos.  

La música cesó de inmediato, y las conversaciones se cortaron.  

Entonces, se escucharon pasos.  

TUN, TUN  

Pesados y rítmicos, como los de un soldado entrenado, pero con la fuerza de un gigante aplastando el suelo.  

Todos guardaron silencio al mismo tiempo.  

No hacía falta un heraldo para saber quién era.  

Rudville Exion.  

Con su aparición repentina, un olor penetrante a sangre, imposible de ocultar incluso con perfumes, inundó el aire.  

—¡Ugh!  

—¡Aah!  

Todos gritaron al unísono.  

De su mano colgaba el cuerpo inerte de un hombre.



RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD



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