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Capítulo 1

En el año 1300 del calendario Sadoré, estalló una gran guerra entre los Reinos de Cask y Akin.

La ruptura de su alianza, hasta entonces amistosa, se produjo por la codicia de “Hetept”, quien recién había ascendido al trono de Cask.   

Hetept, el nuevo Rey de Cask, codiciaba a las mujeres de Akin, famosas por su belleza, y comenzó a presionar a ese reino para que le rindiera tributo en víveres y mujeres.

Con tierras más fértiles y extensas, Cask superaba con creces a Akin, cuyo territorio rocoso dificultaba la agricultura y obligaba a su gente a sobrevivir gracias a la pesca.

Cuando Akin se negó a cumplir sus demandas, Cask lo invadió y lo derrotó sin contemplaciones.

La alianza se rompió y Akin se convirtió en un Estado Vasallo, obligado a entregar cada año mujeres, granos y productos del mar.

—Padre, si esto continúa, nuestra gente morirá de hambre.

—…

—¿Hasta cuándo tendremos que inclinarnos ante ese Hetept?

—Cuida tus palabras. Hay muchos espías de Cask en el Palacio.

Como Estado Vasallo, Akin permanecía bajo la vigilancia constante de los enviados de Hetept, quienes observaban cada movimiento bajo la excusa de mantener la paz, aunque en realidad solo temían una rebelión.

El Príncipe que suspiraba bajo el peso de su armadura era Ramu, el primogénito del Rey de Akin.

Pero pocos en el palacio sabían la verdad: Ramu no era un hombre, sino la Princesa Rane, la hija favorita del Rey.

A los diez años, tras la muerte de su hermano mayor debida a un accidente al caer de un caballo, Rane renunció a su vida como Princesa y asumió su lugar. No lo hizo únicamente porque, sin un heredero varón, Akin caería en el caos, sino también por otra razón: Hetept la deseaba.

Había jurado tomarla como su octava esposa tan pronto como alcanzara la pubertad, usando la “alianza” como excusa.

Disfrazarse de hombre resultó sencillo al principio, cuando aún no le había crecido el pecho. Se cortó el cabello, se hizo una cicatriz en la ceja igual a la de su hermano y adoptó su forma de hablar y comportarse. Así, durante más de diez años, Rane vivió como el Príncipe Ramu.

—Las inundaciones y sequías de los últimos años han arruinado las cosechas. El mar ha bajado y ya ni siquiera podemos pescar. Ese vil Hetept lo sabe y aun así exige más grano. ¡No podemos permitirlo!

—¡Ramu! Te he dicho que vigiles tu lengua.

—Padre, ¿hasta cuándo tendremos miedo de Hetept mientras nuestro pueblo muere?

¡TAC, TAC!

El Rey lanzó su copa a los pies de Ramu.

—¡Fuera de aquí!

La orden fue dura, pero el Rey no estaba enojado con su hija. Temía que los espías de Cask la escucharan y su vida corriera peligro. Ramu cerró los ojos por un instante, se inclinó y se retiró.

Afuera del palacio, cientos de personas morían de hambre. Su padre lo sabía, pero ¿qué podía hacer? Cask era invencible.

Al entrar a sus aposentos, Rane se sentó en la cama con el rostro tenso. La opresión en su pecho la sofocaba, así que llamó a Akisha, su único confidente. Akisha era un eunuco que había servido al verdadero Príncipe Ramu y, tras su muerte, a la Princesa Rane.

—¿Me llamaste?

—No aguanto más. Córtame las vendas.

Los ojos de Akisha se agrandaron un instante antes de sacar un cuchillo. Ramu se quitó la pesada armadura y le dio la espalda.

Al levantar la ropa, reveló las bandas apretadas que aplanaban su pecho. Estaban tan ajustadas que solo un cuchillo podía liberarla. Las había estado llevando desde la pubertad. Una vez, por lo ceñidas que estaban, había llegado a desmayarse por falta de aire.

TOC.

—Ah…

Al sentir el corte de las vendas, Ramu exhaló profundamente. Después de una década viviendo como hombre, sus curvas le parecían un estorbo.

—Ojalá pudiera cortar esta carne de una vez.

—No diga eso —murmuró Akisha.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

A diferencia de otras mujeres que exhiben sus pechos voluptuosos para seducir a los hombres, Rane, criada como Príncipe, los reprimía con firmeza.

Ese gesto despreocupado, incluso frente a Akisha, un eunuco, pero aún hombre solo era posible porque jamás había vivido plenamente como mujer.

—Akisha.

—Sí.

—¿De verdad es imposible atacar a Cask?

La respiración de Akisha se agitó. Al igual que el padre de Ramu, miró varias veces a su alrededor, temiendo que algún espía de Cask los escuchara.

Afortunadamente, no había nadie.

—Es casi imposible —respondió con frialdad.

Comparados con los robustos habitantes de Cask, los de Akin, debido a su tierra árida, eran más débiles.

La diferencia de estatura era notable, y su esperanza de vida, mucho más corta.

Ramu frunció el ceño, como si no quisiera escuchar la respuesta, y desvió la mirada. Akisha siempre había sido quien la mantenía racional, alejándola de sus impulsos emocionales. Él era su mayor apoyo en su papel como el Príncipe Ramu.

—Si mi hermano hubiera vivido, tal vez las cosas serían diferentes. Era inteligente y lógico, incluso de niño.

—Ahora el Príncipe Ramu es usted.

Ramu se dejó llevar por un momento de melancolía ante las palabras de Akisha, pero terminó asintiendo. Luego le pidió que volviera a vendarle el pecho.

A sus veinte años, Akisha era cuidadoso al tocar su cuerpo, pero en todo lo demás, la trataba como al verdadero Príncipe Ramu, no como a la Princesa Rane.

Con el pecho nuevamente oprimido hasta dificultarle la respiración, Ramu adoptó una expresión marcadamente masculina y lo miró.

—Dices que es imposible, pero hay cientos… miles de personas muriendo de hambre. Si seguimos entregando grano, habrá una rebelión entre nuestro propio pueblo. Debemos hacer algo.

—…

—Mi padre tampoco puede dormir por las noches. Mañana iré a verlo y buscaré una solución.

Akisha asintió. No era fácil vivir como hombre siendo mujer, pero ella lo había soportado bien.

Su baja estatura nunca fue un problema, ya que los hombres de Akin solían ser pequeños.

—Lo logrará.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

El Coronel Kal Jer, conocido como “La Muerte Viviente” en el campo de batalla, inspiraba temor incluso entre sus propios compañeros. No solo por su naturaleza psicótica, sino porque jamás soltaba a su presa.

Si bien podría haber ascendido por la influencia de su padre, alcanzó el rango de Coronel a una edad temprana gracias a su habilidad excepcional.

Su crueldad se hacía aún más evidente cuando sonreía.

A quienes lo atendían por primera vez, se les advertía:

—Puede parecer impasible, pero sí la comisura de sus labios se levanta, está realmente furioso. Y para entonces, estás muerto.

Nadie que hubiera visto su sonrisa vivió para contarlo.

Su reputación se había extendido incluso a los reinos vecinos. Una nación, al enterarse de que marchaba hacia ellos, se rindió sin luchar, prefiriendo convertirse en Estado Vasallo.

Irónicamente, Kal Jer era hermoso. Había heredado el rostro de su madre, una cortesana de una taberna frecuentada por su padre.

De niño, sus medio hermanos lo humillaban obligándolo a usar pelucas y vestidos. 

Aquellas burlas cesaron cuando empuñó una espada y dominó las artes marciales. Aun así, seguía odiando su rostro y evitaba los espejos.

Después de que su medio hermano mayor, quien solía burlarse de su belleza, muriera misteriosamente, nadie volvió a comentar sobre su apariencia.

*Nynx: ¡¿Será éste mi ser amado?!

—Coronel Kal Jer ha regresado de la guerra.

—Oh, has logrado otra victoria, ¿no?

Su pesada armadura parecía ropa común sobre sus anchos hombros y músculos definidos.

Muchos lo envidiaban mientras presentaba con orgullo el estandarte de la victoria ante el Rey, pero solo se atrevían a envidiarlo. Nadie osaba desafiarlo.

—Todos deberían aprender de Jer. Cask es fuerte gracias a él.

Jer era un hombre de pocas palabras. Incluso ante los halagos, solo inclinaba la cabeza en silencio.

El Rey, obeso, de ojos diminutos y labios pequeños; le otorgó un gran regalo por su victoria.

Era una espada extremadamente resistente y afilada, forjada con tanto esfuerzo que varios herreros perdieron dedos durante su creación.

La vaina, incrustada con gemas de valor incalculable, irradiaba un brillo hipnótico.

Kal Jer, con años de experiencia blandiendo armas, supo de inmediato que aquella espada no era como ninguna otra que hubiera empuñado.

Con apenas un poco de fuerza, podría decapitar a un hombre sin esfuerzo.

—Nadie puede portarla con dignidad excepto tú. No la rechaces.

—Kal Jer acepta la espada que Su Majestad le concede —el peso de la hoja no fue un problema para él. La tomó como si siempre hubiera sido suya, inclinó la cabeza en señal de respeto y se retiró.

Cada paso que daba resonaba con una presión tan densa que helaba los labios de los cortesanos.

Aunque poseía un rostro hermoso y ostentaba el rango de Coronel, ningún noble se atrevía a ofrecerle a su hija en matrimonio.

Esa aura intimidante era la razón.

Pocas mujeres podrían soportar su temperamento. Además, él no era del tipo que tratara a las mujeres con delicadeza.

En el campo de batalla, las mujeres eran solo objetivos de masacre o esclavas para el Rey.

Pero ya había llegado a la edad de casarse.

Recientemente, los cortesanos habían comenzado a apresurar los matrimonios de sus hijas, incluso las más jóvenes; cuando el Rey mencionó el tema.

Era una reacción obvia, pero a Jer no le importó. No tenía intención de casarse con nadie.

Lo único que le interesaba era conquistar más Reinos, aunque eso implica mancharse las manos con más sangre.

Esa ambición a veces rozaba lo amenazante para el Rey, pero por ahora, su favor le protegía.

Aun así, muchos cortesanos no podían evitar pensar lo mismo cada vez que lo veían:

«Kal Jer, es quien verdaderamente merece ser el Rey de Cask. Y no Hetept.»

 

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

 

—Si logro llamar la atención del Coronel, voy a comer hasta saciarme y lucir las joyas más hermosas.

—¿No te da miedo?

—Para nada. Derretiré el corazón del Coronel Jer con mi piel suave.

Tras su victoria, Jer no solo recibió una espada nueva, sino también riquezas… y mujeres.

Entre las esclavas enviadas desde Akin, Zenny destacaba por su belleza y curvas. Fue la primera en ser ofrecida, provocando suspiros entre los hombres.

Aunque no podía aspirar a convertirse en esposa legítima, todos soñaban con tenerla como concubina.

La mayoría de las mujeres de Akin terminaban reducidas a simples sirvientas o como objetos para satisfacer sus deseos sexuales.

La única forma de vivir bien era convertirse en la amante de un hombre poderoso.

Y Zenny, entregada al temido Kal Jer, tenía grandes ambiciones.

Se perfumó, se maquilló con esmero y realzó sus pechos para hacerlos lucir más voluptuosos.

Antes de entrar, cuando el velo cayó sobre su rostro, dudó por un instante.

«¿Y si oculta mi belleza?»

Pero, al fin y al cabo, terminaría desnuda.

Entró con pasos ligeros, guiada por otras mujeres hacia la habitación del Coronel.

Al cruzar el umbral, un escalofrío la recorrió. Aún sin verlo, sintió la tensión en el aire.

Levantó la mirada lentamente.

Jer estaba sentado en la cama, limpiando la espada que el Rey le había otorgado. La ignoró por completo.

El silencio se alargó. Entonces Zenny se quitó el velo por su cuenta, movió las caderas con gracia, marcando su estrecha cintura y dejando que su silueta se viera más provocativa.

Finalmente, los ojos de Jer se posaron en ella.

Pechos voluptuosos, la piel de su cintura blanca al descubierto, y sus piernas suaves que se insinuaban con cada paso… Un cuerpo al que ningún hombre debería poder resistirse.

Zenny lo sintió con certeza.

«Lo tengo.»

Sin miedo, se acercó al Coronel.

Antes de llegar, había practicado con un modelo de pene masculino.

En Akin, no importaba si las mujeres eran vírgenes o no. Todas aprendían el arte del placer oral y los gemidos seductores.

A Zenny, en particular, la habían elogiado especialmente:

{Tus labios estrechos parecen hechos para el sexo.}

Mientras seguía limpiando su espada, Jer la observaba avanzar.

En sus ojos no había rastro de lujuria.

Ella se inclinó, realzando su escote, y deslizó lentamente la mano hacia el cinturón del Coronel.

«¡Se estremeció!»

Por un instante, Zenny se quedó paralizada. Cuando levantó la mirada, los ojos del Coronel se encontraron con los suyos, provocándole un miedo visceral.

«Esa cara dura, sin un ápice de humanidad, hace entender por qué lo llamaban el Ángel de la muerte.»

Pero, por supuesto, no podía esperar eternamente a que el Coronel, que ni siquiera movía un dedo, reaccionara.

Pronto, Zenny se inclinó con firmeza y, sin dudar, bajó sus pantalones con fuerza. Para su alivio, él no opuso resistencia. Alcanzó el pene con decisión, lo sacó y contuvo el aliento.

«¡Ah…!»

Tragó saliva para evitar soltar un grito.

El pene era enorme. Robusto y firme, nada que pudiera compararse con los modelos con los que había practicado el sexo oral… ni con cualquier hombre real.

Incluso sin estar completamente erecto, su tamaño era tal que, incluso sin el himen de por medio, un movimiento brusco podría desgarrarla y hacerla sangrar.

Disimulando su sorpresa, Zenny envolvió su pequeña boca alrededor de su miembro y, sin titubeos, lo tragó por completo.

CHULP.

SLURP.

Y, tal como le habían enseñado, comenzó a lamerlo con destreza. Sujetó con firmeza el miembro con una mano, mientras su lengua jugaba con la punta del glande. Pronto, la sangre llenó el pene y se endureció. Al comprobar que sus técnicas surtían efecto, recuperó algo de confianza.

Después de acariciarlo varias veces, se dejó llevar por un impulso desesperado: apartó los labios de golpe y recorrió con la lengua los testículos.

A esas alturas, debería ser él quien, aunque fuera a la fuerza, sujetara su cabeza y la obligara a seguir chupando.

Pero el Coronel no se movió. Impasible, ni siquiera reaccionó a los provocativos movimientos que su lengua trazaba con esmero en sus testículos.

Zenny, frustrada, dejó de lamer y volvió a introducirlo en su boca. Ahora que estaba completamente erecto, el tamaño resultaba aún más abrumador. Hasta el punto de que le costaba mantenerlo en la boca. Por mucho que se esforzara, era demasiado grande…

—Cof, cof.

Terminó tosiendo patéticamente.

«Así no voy a satisfacer al Coronel.»

Impaciente, volvió a tomar su miembro con la boca, introduciéndolo hasta el límite, incluso cuando las arcadas amenazaban con hacerla retroceder. Movió la cabeza hacia adelante y atrás con tanta fuerza que comenzó a marearse.

CHULP.

SLURP.

Su rostro se enrojeció mientras continuaba y, de pronto, le sobrevino un mareo punzante. Aun así, no se detuvo. Se aferró con una mano a la manta suave y continuó chupando aún con más fervor.

«¿Habrá valido la pena el esfuerzo?»

Después de un rato, el sabor del semen inundó su boca: el Coronel había eyaculado. Transcurrió un tiempo considerable, suficiente para que la falta de oxígeno en su cerebro la dejara al borde del desmayo.

Sin embargo, incluso al eyacular, ni un solo gemido escapó de los labios del Coronel.

Aun así, Zenny se sintió satisfecha de haber tragado el semen sin escupirlo.

Ahora que había probado el sabor de sus labios, tras llegar al clímax con ese tamaño, pensó que lo siguiente sería que él intentaría desnudarla y lanzarse sobre ella.

Pero, incluso después de que Zenny se sacara el pene de su boca y tragara, ni siquiera cuando estaba a punto de masajearse la mandíbula adolorida… el Coronel no le quitó la ropa.

No, ni siquiera la tocó.

Cuando el mareo se desvaneció, un sentimiento extraño la invadió. Al alzar la cabeza lentamente, se encontró con su rostro: su expresión seguía exactamente igual que antes, sin el más mínimo cambio.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



© 2026 ACOSB

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