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Capítulo 69

La Academia Proud, a la que Adeline y Millen asistieron, era conocida como la institución más prestigiosa del Imperio Crawford. Cada año, cuando el sol calentaba y se acercaba la temporada de caza, liberaban aves en el bosque detrás de la academia y organizaban una competencia de tiro.   

Dado que el manejo de armas era una de las materias que se enseñaban en los grados superiores, este evento servía tanto para distraer a los estudiantes como para evaluar sus habilidades.

Aquel año, Millen participaba por primera vez en la competencia. Había aprendido a usar una escopeta junto a Diego, ya que, en circunstancias normales, ese tipo de enseñanza correspondía a los padres. Sin embargo, para entonces, Katia y Philip ya habían abandonado el Imperio Crawford, por lo que Millen, lógicamente, recurrió a Diego, quien era cercano a él.

Diego, acostumbrado a cazar halcones en temporada si no estaba ocupado, aceptó sin dudar la petición de Millen. Pero al llegar al coto de caza, se encontraron con Adeline.

—Su Majestad, Renée aún no tiene el tiro en su currículum —comentó alguien.

—Pero escuché que no hay límite de edad para la competencia —respondió Diego, riendo—. Cuando le dije que le enseñaría, ella insistió en aprender también. Parecía muy entusiasmada.

Adeline, vestida con pantalones de montar y el cabello recogido en una coleta, se acercó con una leve sonrisa.

—Exacto. No puedo aprender sola, Millen —dijo—. ¿Sabes? Tal vez sea buena para esto.

Su expresión reflejaba felicidad, emocionada por recibir lecciones directamente de su padre. Sin embargo, esa ilusión duró poco: tras disparar tres veces a un árbol sin éxito, su entusiasmo decayó.

—Buena postura, Millenberg —elogió Diego, dándole una palmada en el hombro—. Parece que ya te estás acostumbrando a sostener un arma.

Luego, se acercó a Adeline y le acarició la cabeza.

—Adeline, al principio es normal fallar.

—Entonces, ¿tú también fallabas los tres disparos cuando empezaste, papá?

—Bueno… —Diego evitó responder directamente.

Al ver su reacción, Millen recordó lo que Philip alguna vez había dicho sobre Diego:

—Ese tipo es un experto en el manejo de armas. Durante la ceremonia de sucesión, el emperador le sugirió unirse a la marina, pero él se negó, diciendo que, como aún no se había casado, sería un problema morir tan pronto.

Philip, de apariencia más refinada, carecía de habilidad física. En cambio, Diego, a pesar de su mediana edad, poseía un físico envidiable, y no era difícil imaginarlo en su juventud.

—Es extremadamente hábil con las armas —pensó Millen.

El cañón, que parecía rígido como madera en otras manos, en las de Diego se movía con la fluidez de la arcilla.

Y si Millen lo había notado, Adeline, sin duda, también.

Eliminando su sonrisa, se sumergió en el entrenamiento con determinación. Pero, como era de esperar, la habilidad no llegaba de la noche a la mañana.

Lo que hizo que Millen conservara ese recuerdo no fue la práctica en sí, sino lo que ocurrió después, cuando Diego reunió a los aprendices.

—Miren, ahí hay un conejo —dijo—. Disparen si pueden. Idealmente, apunten a los ojos para preservar la carne, pero por ahora concéntrense en acertar. En una cacería real, no importa quién lo logre primero.

—Demuestren lo que han aprendido.

Su tono autoritario hizo que Millen dudara. Sabía que debía apretar el gatillo con el índice, pero su mano no respondía. Era distinto a disparar a un blanco estático. La distancia era corta, el objetivo fácil… ¿Sería el rechazo a matar? Mientras controlaba su respiración y se preparaba para disparar…

¡PUM!

Un estruendo resonó antes de que él terminara de apuntar. Adeline había disparado primero, con una precisión impecable: la bala atravesó los ojos del conejo.

La corta distancia facilitaba el tiro, pero Millen no pudo olvidar la expresión de Adeline en ese instante. 

—¿Lo viste, Millen? ¡Le di! 

Su rostro irradiaba triunfo absoluto, la alegría de haberse adelantado a él.

Fue entonces cuando Millen comprendió que la imagen que Adeline tenía de él no era solo una idealización. Para ella, él era un objeto de admiración y afecto, pero también un rival. Un deseo de superar al ídolo que ella misma había erigido.

Aunque Adeline solía ser tranquila y dócil, en cuanto a competitividad y orgullo, no se quedaba atrás. Había concentrado toda su determinación en clavar la bala un paso antes que Millen.

¿Podría un hombre común captar su atención? Solo alguien a quien ella viera como un ídolo. Por eso Millen había recibido su amor: gracias a esa idolatría grabada en su subconsciente desde la infancia. Porque él tenía algo que ella jamás tendría: un hogar armonioso.

«Por eso temo» pensó Millen.

En el momento en que confesara la verdad, esa frágil capa de azúcar se haría añicos. Solo quedaría el verdadero Millen, sin valor para admirar o envidiar. ¿Seguiría Adeline diciendo que lo amaba? Ni siquiera esperaba tanto. Solo rogaba que, al menos, no negara su propio deseo hacia él.

Su anhelo era lo suficientemente fuerte para vencer el miedo. Desde que comprendió que necesitaba a Adeline, tuvo que aferrarse a ella de alguna manera. Renée es sorprendentemente despiadada, pensó. Sabía que ella era compasiva, y esa era la parte a la que quería aferrarse.

Aunque fuera un ídolo frágil como el cristal, si lograba romperlo un poco, tal vez podría mantener su forma. Si llenaba ese vacío con miradas compasivas, quizás seguiría siendo el ídolo de Adeline.

Por eso quiso tomar su mano primero, arrodillarse y confesar. Lo sofocante que había sido Bellof sin ella, cómo la anhelaba…

Aunque no consiguiera su amor, estaba bien. Solo quería que le tendiera la mano.

No importaba qué joyas llevara: solo deseaba que el anillo en su dedo anular izquierdo fuera suyo.

Aún no revelaría que era un hijo ilegítimo… Pero si Adeline se lo permitía, quizás llegaría el día en que podría confesarlo todo, sin importar cuánto tardara.

Sin embargo, justo ahora, cuando por fin estaba listo para hablar, ella no aparecía. ¿Debería ir a buscarla? Lo consideró, pero entonces una inquietud lo invadió.

—Hace un momento, hubo un ruido en las escaleras…

El comedor estaba en el primer piso. Si Adeline hubiera ido a desechar el vino, como dijo, debería haberse escuchado sus pasos bajando. Pero el sonido que recordaba era el de alguien subiendo.

—¿Será posible…?

De pronto, un horrible presentimiento lo envolvió.



TRADUCCIÓN: ANTO 15
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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