Capítulo 66
¿Cuándo fue la primera vez que Millen pensó que ya no podía seguir esperando?
¿Había sido cuando regresó del banquete en el palacio real al que asistió con Adeline? ¿O cuando la vio besando a Jack en Thirum?
Al mirar atrás, comprendió que había sido mucho antes.
Por eso, mientras esperaba a que Adeline se graduara, la impaciencia lo consumía. No pudo contenerse más y, justo después de la ceremonia, le propuso matrimonio.
En el fondo, lo sabía.
Todo ese tiempo, se había consolado pensando que podía esperar porque no había nadie más a su lado excepto él. Pero la verdad era que Millen siempre había deseado a Adeline.
Aunque podía rastrear el momento en que su paciencia había llegado al límite, era difícil definir el origen de ese anhelo. Era como intentar contar grano por grano un puñado de alimento para pájaros.
En el tiempo que fluía como un río, entre el cúmulo de afecto, Millen había llegado a desear a Adeline de manera natural en algún momento.
Era algo tan espontáneo como la luna que surge cuando el sol se oculta. Una atracción vaga pero inevitable, como perseguir distraídamente la luz que se filtra en la oscuridad.
Por eso, Millen aún recordaba con claridad los días de su infancia.
—¡Hermano Millen, vamos juntos!
Detrás del niño que cruzaba el jardín con grandes zancadas, una niña levantaba el dobladillo de su vestido con ambas manos y lo seguía con pasitos apresurados.
Todavía con las mejillas regordetas de la infancia, cuando la niña llamaba a Millen a voz en cuello, su voz sonaba similar al piar de un pollito tras su gallina.
«Con ese pelo amarillo brillante, sí que se parece a un pollito», pensaba él.
El tono del cabello de Adeline se había suavizado con los años, pero en su niñez era tan vívido que inevitablemente le recordaba a un ave recién nacida. Por eso, Adeline era una niña ruidosa a la vista y aún más al oído. De hecho, al principio, a Millen no le agradaba demasiado.
—Es molesta, es fastidiosa. ¿Por qué me persigue cuando podría estar jugando con Huberg?
Millen había crecido con rapidez desde pequeño, y sus largas zancadas obligaban a Adeline a correr para alcanzarlo. Aun sabiéndolo, el niño no aminoraba el paso.
—Me canso de tener que sonreírle todo el tiempo.
Incluso ahora, siendo adulto, Adeline probablemente ignoraba que, desde que se conocieron, Millen siempre la había tratado con una sonrisa, aunque en su interior hubiera un niño quejumbroso que fruncía el ceño.
Por eso, Millen fingió no oír los gritos a sus espaldas e intentó esconderse en un lugar donde Adeline no pudiera encontrarlo.
Al menos, si las marcas del castigo de la noche anterior no lo hubieran detenido, así habría sido.
Millen no podía usar pantalones cortos ni mangas cortas, ni siquiera en el verano. Katia decía que le hacían verse vulgar y se lo prohibía.
Al principio, Huberg también había sufrido esa restricción, pero él tomaba unas tijeras y cortaba las mangas y dobladillos antes de revolcarse en el barro y los arbustos como protesta, ensuciando la ropa antes de regresar.
Incapaz de controlar su temperamento, Katia finalmente cedió y permitió que Huberg vistiera como quisiera. Pero Millen, incapaz de rebajarse como su hermano, se resignó.
«Debo estar agradecido solo por poder vivir en esta mansión», pensaba, recordando las palabras que Katia le había escupido durante el “castigo” de la noche anterior.
—Recuérdalo bien, Millen. Eres la prueba de la infidelidad de tu padre. Me amó y me pidió matrimonio, pero cuando pasó el tiempo y no hubo hijos, buscó a otra mujer. Esa sangre vulgar y sucia fluye en tus venas.
Philip amaba a Katia, pero al no lograr que concibiera, tuvo un hijo ilegítimo con otra mujer. Así nació Millen.
El joven Millen no entendía cómo el amor y el adulterio, dos cosas tan opuestas, podían coexistir. En cambio, los reproches de Katia eran mucho más fáciles de comprender.
—¿Sabes lo que tu padre me dijo cuando te trajo aquí? Dijo: “Parece que no puedes quedar embarazada, así que cría a este niño como si fuera tuyo”.
Para Katia, aquello fue el mayor insulto. Lloró, gritó y se enfureció, pero el resultado no cambió.
Era inevitable. Sin un heredero, el linaje de los Bellof se extinguiría con Philip.
Katia había sufrido múltiples abortos, así que, con amarga resignación, aceptó a Millen.
«Quizás, con el tiempo, nazca algún afecto…», pensó.
Pero dormir junto a Philip, quien la obligaba a cargar con las consecuencias de su infidelidad, le quemaba el corazón. Tal vez algún día lo entendería. Sin embargo, cada noche la rabia le robaba el sueño.
Katia había logrado mantener las apariencias de un hogar armonioso, pero en su interior crecía un impulso destructivo.
En sus peores momentos, incluso buscaba consuelo en el alcohol.
«Todo esto ocurrió porque no pude darle un hijo. Todo este sufrimiento es culpa mía.»
La existencia de Millen, el odio hacia Philip… todo.
Si Katia hubiera sido una mujer de Crawford, acostumbrada a las amantes de su esposo, no habría sufrido tanto. Pero ella amaba su tierra natal, el Reino de Lamoro.
«Claro que sabía que en Crawford el adulterio era común… pero nunca pensé que me tocaría a mí, a quien juraron amar.»
El odio hacia Philip se convirtió en desprecio hacia Crawford, un lugar que consideraba depravado.
Katia añoraba Lamoro: el cálido sol del sur, el olor a sal del mar, el repique de las campanas del templo, las olas acariciando la arena. Crawford, con sus silbidos de trenes en lugar del bullicio del puerto, nunca fue un hogar para ella.
Llegó un día en que incluso pensó en arrojarse al mar.
Fue entonces cuando quedó embarazada de Huberg. ¡No era estéril!
—Y pensé: Si nada de esto es culpa mía, ¿de quién es? La respuesta llegó de inmediato.
—Fue tu culpa, Millen —le dijo Katia con una sonrisa dulce mientras él se arrodillaba ante ella.
—Si tú no hubieras nacido, tu padre no me habría humillado así. Nunca habría sabido de su infidelidad, y podría seguir amándolo. No habría tenido que criarte mientras reprimía mi odio, pasando noches en vela.
—Ni siquiera habría tenido que horrorizarme por la cultura de Crawford.
—No habría llorado recordando Lamoro.
—Solo quería una familia feliz…
De pronto, Katia sintió que algo dentro de ella se quebraba.
Eso también era culpa de Millen.

TRADUCCIÓN: ANTO 15
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK