Capítulo 3
Contuve con esfuerzo el impulso de dar un paso atrás y me quedé quieta, con la mirada fija más o menos a la altura de su pecho. Sus ojos rojos recorrieron brevemente el pasillo a lo lejos antes de volver a posarse sobre mí.
—Parece que acaba de estar con Vivian.
—Sí, parecía un poco fatigada. —Dudé por un momento y luego levanté la vista para mirarlo directamente.
—Pensé que sería buena idea que el médico le recetara algún tónico restaurador. Creo que sería mejor que depender únicamente del poder sagrado.
—¿Ha comido ya?
Lo sabía. Este hombre no tiene el más mínimo interés en la salud de su hermana. Reprimí un suspiro y respondí con una sonrisa amable.
—Si se refiere al almuerzo, sí, ya comí.
—Perfecto. Yo aún no, así que vayamos juntos al comedor.
Ahora mis dedos temblaban, pero por un motivo completamente distinto. Sostenerle la mirada a ese hombre que me observaba en silencio despertaba en mí un impulso irresistible de querer darle un golpe. No en la cara, por supuesto. Su rostro no tenía la culpa. Pero en cualquier otra parte, sí.
Sabiendo que no importaba lo que dijera porque no me escucharía, fingí no ver la mano que Lionel me extendía y giré disimuladamente el cuerpo. Extenderle la mano a una sacerdotisa sin conocer su origen ni condición… ¿qué clase de lógica era esa? ¿Acaso el cabeza de la gran familia Ruanax no había aprendido modales?
—Sacerdotisa.
A diferencia de antes, su voz cayó sobre mi coronilla con un tono mucho más frío. Me estremecí y lo miré. Él ladeó ligeramente la cabeza y volvió a extenderme la mano. Su expresión parecía más amable que antes, pero no me dejé engañar. Aún tenía muy presente la forma en que, con esa misma cara, le preguntaba por mi familia al director del monasterio.
—Sería una pena que resbalara y se lastimara.
¿Acaso eso era una amenaza? ¿Del tipo “si no tomas mi mano, te empujo por las escaleras”? Sin alternativa, coloqué mi mano sobre la suya, y él, como si le perteneciera, la sostuvo y entrelazó su brazo con el mío.
—Vamos.
Su cuerpo, al rozar mi brazo, era tan firme y cálido que parecía un bloque de hierro recién salido del fuego.
—… ¿Eh?
Me pregunté si tendría fiebre. Sin querer, me encontré examinando su rostro en busca de señales. Tal como había sospechado por su actitud, en el comedor ya estaban preparados dos juegos de vajilla, como si lo hubiera ordenado con anticipación.
—Tome asiento.
Me senté en la silla que Lionel me ofrecía, y mientras me frotaba el brazo aún erizado, lo observé con rapidez por la espalda mientras se quitaba la chaqueta. Fue apenas uno o dos segundos. No fue mucho tiempo… pero bastó para ver que la parte del hombro de su camisa, expuesta bajo el chaleco, estaba teñida de rojo.
—¿Está herido, Su Excelencia?
Me levanté alarmada, y justo en ese momento, él entregó su chaqueta a un sirviente y se giró para mirarme. Alzó una ceja, como si dijera “¿cómo lo notaste?”.
—Aquí…
Señalé mi propio hombro con el dedo, y él frunció apenas el ceño antes de responder:
—Ah… solo un rasguño.
No parecía solo un rasguño. No con tanta sangre. Incluso parecía que llevaba una venda bajo la camisa. Al darme cuenta de que el olor a sangre que había notado antes no había sido un simple presentimiento, me quedé, por un momento, sin palabras.
—No es nada serio. No tiene por qué preocuparse.
No sé qué habrá interpretado de mi expresión, pero tomó de nuevo la chaqueta que había dejado al sirviente, se la echó al hombro y se sentó.
—¿No va a recibir tratamiento?
Sinceramente, parecía que Lionel necesitaba mucho más la ayuda de una sacerdotisa sanadora que Vivian. Pero él no lo veía así.
—Ya he recibido atención.
Sí, seguro que se había echado algo para detener la hemorragia y vendado la herida. No era algo que yo no supiera. También tenía claro que, a menos que se tratara de una amputación o una herida crítica, la gente no solía buscar a una sacerdotisa sanadora. Pero aun así, aquí estaba yo, recibiendo un sueldo descomunal por prácticamente no hacer nada. No entendía por qué no pedía ayuda, si tenía justo al lado a una sacerdotisa desocupada como yo.
—… Entiendo.
Si dice que no lo necesita, ¿qué puedo hacer? No importa cuán profunda o persistente sea la herida, él sabrá cómo manejarla. Por alguna razón, ese pensamiento me dejó una sensación incómoda, y durante toda la comida, evité mirarlo siquiera una vez. Me limité a llenar mi boca de comida.
… Bueno, en realidad, decir que solo la llenaba sería injusto. Comí con verdadero gusto.
Después de pasar años en el monasterio alimentándome con gachas de avena aguadas, esto era lo más cercano a una comida de verdad que había probado en mucho tiempo. Incluso cuando mi familia seguía en pie, no recuerdo haber comido algo tan lujoso. Nuestra región estaba bastante aislada, en los márgenes del Imperio Rubarck.
«Si me acostumbro a esto, la vida en el monasterio va a volverse insoportable…»
Y, aun pensando eso, terminé comiéndome dos platos del postre de crepe con caramelo que sirvieron al final. Uno de esos platos era el de Lionel, pero en el momento en que deslizó su plato hacia mí sin decir una palabra, fingí no notarlo… y me lo comí también. Apenas terminé de comer, con el estómago tan lleno que me costaba respirar, me golpeó una oleada de remordimiento.
«No puedo creer que haya sucumbido a algo tan dulce.»
Aun así… el sabor era tan bueno que hacía olvidar todas las penas de la vida. Mientras Lionel insistía en escoltarme de nuevo hasta mi habitación en el ala anexa (pese a que ya había declinado varias veces), decidí pagarle el favor de las crepes de caramelo.
—Su Excelencia, debería dejar que lo trate antes de irse.
La sangre que se filtraba por fuera de la venda ya había empapado la camisa y dejado marcas en la chaqueta.
—Estoy bien.
—Solo le cobraré cincuenta monedas de plata como suplemento por trabajo especial.
Él se quedó observando mi mano descaradamente extendida por un momento… y luego colocó la suya encima.
—¿…?
—¿…?
«¿Por qué me da la mano? Lo que tiene que darme es dinero.»
Nos quedamos unos segundos mirándonos fijamente, sin decir palabra, y después lo guié hacia el interior de mi habitación. Como estaba destinada a los invitados de la casa ducal, la habitación estaba dividida en: una sala de estar que también funcionaba como salón de recepción y un dormitorio separado. El sofá era tan grande que podría usarse como cama, pero al ver a Lionel sentado allí, el espacio parecía repentinamente reducido.
—¿Me muestra la herida?
Sus ojos rojos, que recorrían lentamente la estancia, se posaron sobre mí.
—Enseguida se sentirá mejor.
Probablemente era la expresión más suave que había mostrado desde el momento en que lo seguí desde el monasterio hasta ahora. Entre las personas que acudían a mí para recibir tratamiento, también había quienes dudaban así. A veces por la carga económica que eso representaba para sus familias. Otras, porque simplemente les costaba mostrar sus debilidades a los demás.
En casos así, apresurarlos o presionarlos nunca ayudaba.
Era mejor mantener un rostro amable y esperar pacientemente a que decidieran por sí mismos recibir la sanación. Una vez más, hice lo que siempre había hecho: sentarme frente a Lionel con una leve sonrisa en los labios y esperarlo en silencio.
Él, que me miraba fijamente al rostro, movió apenas los labios y luego se quitó la chaqueta y el chaleco, dejándolos sobre sus piernas.
—La camisa también.
Dicen que el Sumo Pontífice es capaz de realizar milagros sobre cientos de personas a la vez sin necesidad de tocarlos. Pero en mi caso, todavía me resultaba más cómodo canalizar el poder sagrado cuando ponía las manos directamente sobre la herida.
Tal vez sea porque necesito ver y tocar para convencerme de que los milagros existen realmente en este mundo. Aunque había vacilado un poco al quitarse la chaqueta, esta vez se deshizo de la camisa sin dudarlo.
Y entonces, al ver su torso al descubierto, me quedé sin palabras.
Con solo mirarlo a diario, ya podía imaginar cuán entrenado debía estar su cuerpo. Después de todo, en mi familia también había quienes nunca soltaban la espada ni siquiera durante sus quehaceres diarios. Por eso no me sorprendieron sus anchos hombros, su caja torácica gruesa, ni su cintura y abdomen bien definidos, completamente cubiertos de músculo.
Lo que me sorprendió fue la cantidad de cicatrices.
Solo con ver la parte superior de su cuerpo, cualquiera podría haberlo confundido con un esclavo gladiador en lugar del cabeza de la gran familia Ruanax. Además, la zona cubierta por el vendaje era demasiado extensa. No podía comprender cómo había recibido una herida así, especialmente en una ciudad imperial tan pacífica como esta.
Sentí su mirada fija en mí, como si intentara descifrar la expresión fruncida de mi entrecejo, pero no tenía cabeza para prestarle atención. Me concentré en quitar rápidamente el vendaje enrollado, y observé con atención el corte profundo que se extendía desde su hombro izquierdo hasta la espalda.
«Es una herida de arma blanca.»
Si hubiera sido un poco más profunda, podría haber atravesado el corazón.
«Y así anda por ahí como si nada.»
Si hubiera sido mi padre o mi hermano, ya lo habría llamado loco mientras le daba una buena tunda por la espalda.

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ANAND
RAW HUNTER: ANNA FA