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Capítulo 44

Quizás sea por los recuerdos de la infancia.

Una noche en la que se sentía muy pequeña.

Había una tormenta con truenos y relámpagos, pero Diego no estaba en casa.

La pequeña Adeline, asustada por el cielo nocturno iluminado por los relámpagos, abrazó con fuerza su almohada y fue a buscar a Carlyle.

Aunque era tarde, Carlyle aún no se había acostado porque estaba registrando su trabajo, y al ver a la pequeña, que era cuatro años menor que él, se levantó de un salto.

—¿Señorita? ¿Por qué no duerme?

—Tengo miedo. ¿Podemos dormir juntos solo hoy?

En ese momento, retumbó un trueno y la lluvia y el viento golpearon con fuerza las ventanas de la mansión.

Las cortinas que ondeaban frente a las ventanas traqueteantes creaban sombras tan grandes como una casa.

Adeline pensó que parecían monstruos debajo de la cama, así que corrió hacia Carlyle y lo abrazó con fuerza.

Notó que el chico, desconcertado, contuvo el aliento por un instante.

Carlyle pareció dudar un momento, luego suspiró y abrazó a Adeline.

—Solo por hoy, señorita. Si el Duque se entera, no le va a gustar nada, así que guárdelo en secreto.

—¡No te preocupes, Carlyle! Se lo diré bien a papá.

—Entonces, la niñera será despedida pronto.

La niñera de Adeline, una vez que se dormía, no se despertaba por más que la llamaran.

Se decía que desde que había dado a luz, dormía mucho más, por lo que a esas horas de la madrugada, el único que seguía despierto era el joven que había perdido a sus padres.

Adeline había acudido a Carlyle como un pájaro busca su nido, y Carlyle no pudo rechazarla.

Así, los dos se acostaron juntos en la amplia cama de Adeline.

Esa cama que Adeline aún monopolizaba era lo suficientemente amplia como para que cupieran tres adultos.

Por lo tanto, dos niños pequeños no ocupaban ni la mitad de la cama.

Adeline se durmió abrazada a Carlyle, y desde ese día el comenzó a dormir a menudo con Adeline, incluso cuando no había tormenta.

Hasta que el sueño se apoderara de su conciencia, el hecho de tener un calor al alcance de la mano le daba a Adeline una extraña sensación de seguridad.

Quizás era la sensación que debería haber sentido por su madre, que había fallecido prematuramente, y por su padre, que siempre estaba ocupado y no podía darle todo el cariño que necesitaba.

Adeline encontró eso en Carlyle. Y, aunque ella aún no lo sabía, el también pudo llenar el vacío que habían dejado sus padres, que lo habían abandonado prematuramente.

Diego era el benefactor y padrino de Carlyle, pero Adeline era la única a quien él sentía apego.

Los restos de su infancia, en la que solo podían confiar el uno en el otro, aún permanecían en ambos.

Al menos, así era para Adeline.

Era innegable que aún se sentía cómoda y a gusto cuando estaba con Carlyle.

«Solo que mis sentimientos ya no son los mismos.»

Estar con Carlyle era sin duda cómodo, pero al mismo tiempo le provocaba una sensación de inquietud.

A veces, Adeline quería preguntarle a Carlyle.

«¿Qué soy para ti?.»

Si algún día iba a traicionarla, ¿por qué se había mostrado tan leal hasta ahora?

¿Cómo se veía a sí mismo para cuidarla siempre con tanta atención y, al mismo tiempo, dejarse llevar tan fácilmente por la tentación?

Quería preguntárselo, como aquella mañana en que regresó al pasado.

«No me traicionarás, Carlyle.»

No me abandonarás, ¿verdad?

De los tres hombres que participaron en la caída de la familia Zeller, Carlyle era la herida más profunda de Adeline.

Fue la traición más intensa y dolorosa.

La razón era una sola: Carlyle había ocupado, sin lugar a dudas, una parte de su vida.

«Carlyle ha estado aquí desde que nací.»

Siempre había estado en el mismo lugar, existiendo para Adeline. Cuando se daba la vuelta, sus miradas se cruzaban como si fuera lo más natural del mundo. Carlyle siempre estaba mirando a Adeline.

Por eso, Adeline sentía a veces sentimientos contradictorios hacia Carlyle.

Quería ser caprichosa, como cuando de pequeña le pedía que se quedara a dormir con ella, pero por alguna razón también le apetecía ser traviesa, como si quisiera gastarle una broma maliciosa.

«… De hecho, ahora también.»

Ver la cara de Carlyle alterada le haría sentir bien.

Quizás se sentía así porque le preocupaba haber perdido el conocimiento delante de Jack y quería distraerse.

Adeline se tumbó en la cama, encendió la chimenea y se quedó mirando fijamente el rostro del hombre sentado junto a ella.

—Si descansa un poco más, se encontrará mejor. Sería bueno que mañana volviera a ver al médico.

—… Bueno.

Durante su matrimonio con Julian, había acudido al médico innumerables veces para tratar de resolver este síntoma, pero no solo no lo habían solucionado, sino que ni siquiera habían encontrado la causa.

En lugar de decir la verdad, Adeline cerró los ojos y buscó la mano de Carlyle para tomarla.

Era como si le pidiera que no se fuera mientras ella dormía.

—…

Pasó el tiempo y el reloj de pared dio la hora exacta.

Carlyle miró fijamente el rostro de Adeline, que dormía profundamente sin moverse, se inclinó, le dio un beso en la sien y retiró la mano con cuidado.

Por supuesto, sabía lo que Adeline deseaba, por lo que no se marchó del todo.

Sin embargo, tomó una decisión.

Carlyle salió de la habitación, dejó el monóculo y regresó a su despacho.

Dejó una tarjeta sobre la mesa, mojó la pluma en tinta y escribió sin dudar:

[Tengo algo que consultar con usted, así que me gustaría verlo. Lo antes posible.]

La tarjeta, que solo contenía una frase, fue sellada en un sobre tan pronto como se secó la tinta.

A continuación, escribió en el sobre el destinatario de la tarjeta, con el ducado de Zeller como remitente.

[Millenberg Ismail Beloff]

***

—Qué sorpresa, Carlyle. No esperaba verte.

TAC 

Millen dejó la cucharilla con la que removía el té y esbozó una sonrisa.

El joven de cabello plateado, aún conservaba su aspecto de noble.

Aunque el lugar de la reunión era la casa de Millen, la residencia Bellof Hussard.

Carlyle dio un sorbo al té que Millen le había ofrecido por cortesía y lo volvió a dejar.

—El té huele muy bien. ¿No hay nadie más de tu familia?

—Ya lo sabes, ¿no? A mi familia le gusta disfrutar la vida al aire libre.

Por ejemplo, el día que Millen y Adeline asistieron al banquete en el palacio imperial.

Huberg, que había ido a comunicarle algo a Millen, salió inmediatamente de la mansión y no volvió en varios días.

Aunque lo normal fuera que se preguntara dónde estaba su hermano si no volvía a casa durante tanto tiempo, Millen no le dio mucha importancia.

Ya estaba acostumbrado a ese tipo de vida.

—En realidad, soy el único que vive en la mansión del marqués de Beloff. Por eso no hay muchos sirvientes.

—¿Ah, sí?

Ahora que lo pensaba, la mansión del marqués de Beloff le parecía extrañamente silenciosa, a diferencia de la mansión del Ducado Zeller, donde siempre se oía el ruido de gente moviéndose.

¿Era porque había pocos sirvientes?

Carlyle, que había asintido en silencio, de repente sintió curiosidad.

—Pero, ¿no era la marquesa de Beloff una persona que daba mucha importancia a la unión familiar?

Además, la Marquesado Beloff era famoso por la buena relación entre el matrimonio y entre los miembros de la familia.

¿No era extraño que no hubiera nadie con quien convivir?

Ante las palabras de Carlyle, Millen sonrió y añadió una explicación.

—Ah, claro que sí. Pero es que le gusta viajar. Una vez que se va, tarda mucho en volver.

Como no estaba su madre, su padre tampoco solía estar en casa, por lo que Huberg llevaba bastante tiempo viviendo libremente.

Aunque eso no hizo que la sensación de extrañeza desapareciera de inmediato, Carlyle asintió con la cabeza.

Al fin y al cabo, él era un extraño para el Marquesado Beloff.

No era educado indagar demasiado en los asuntos familiares.

Además, tenía una razón para pedirle a Millen que se reuniera con él hoy.



TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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