Capítulo 33
Jack rió brevemente al recordar lo sucedido en la residencia del Duque de Zeller hacía unos días.
La expresión de alivio de Adeline al ver aparecer a Carlyle.
Y el rostro de Carlyle, desdichado por la provocación de Jack.
«Dicen que es un mayordomo muy fiel.»
¿Se puede considerar fiel a un mayordomo que alberga sentimientos vanidosos por la joven a la que sirve?
Jack rió brevemente al recordar la evaluación de Carlyle.
Sin embargo, a diferencia de su rostro sonriente, su interior estaba retorcido, por no decir desmoronado.
«A Millenberg, a Carlyle…»
Realmente hay tantas cosas pendientes.
Pero, como ya se ha mencionado, Jack no era una persona que tuviera mucho interés en el romanticismo.
Recordó haber conocido a Millen en el salón de té.
Una figura alta y un rostro hermoso que se reconocía incluso a distancia.
Jack estrechó a la mujer entre sus brazos, frunciendo ligeramente el ceño, quizás por la sorpresa.
Al mismo tiempo, sintió una leve oleada de placer y triunfo.
«No puedes hacer otra cosa que mas que observar, Millenberg.»
Por muy cerca que estuvieran Millen y Adeline, era el propio Jack Hartzfeld quien dominaba los cinco sentidos de Adeline en ese momento.
Así que no le habría molestado mucho si Adeline hubiera sido una mujer promiscua que disfrutaba divirtiéndose con Millen, o con Carlyle, o con cualquier otro en realidad.
Excepto…
Si no fuera por la aparentemente descarada evasión de Adeline hacia Jack.
«Ha sido así desde el principio.»
La primera vez que se besaron, en el banquete de caridad de la Sra. Tilleman.
Adeline había estado rígida todo el tiempo, mientras Jack sentía un leve placer.
No era solo porque ella no estaba acostumbrada a este tipo de cosas, como se dice, sino como si…
«Le diera vergüenza y no pudiera soportarlo.»
Tenía curiosidad por saber si era cierto o no, así que la provoco deliberadamente, dejándole una marca en el cuello para estimularla, pero Adeline huyó de Jack en cuanto terminó.
«Hasta entonces, pensé que era una mera ilusión.»
Pero hace unos días, cuando Jack hizo una visita nocturna a la residencia del Duque Zeller.
Sus sospechas se confirmaron.
Porque incluso antes de que Adeline lo besara, había dejado claro que se sentía incómoda con la situación.
Por mucho que intentara disimularlo, su cuerpo rígido, su mirada vacilante y su expresión reticente no podían ocultarse.
«Es mas, cuando alguien vino a interrumpir, hasta pareció que se tranquilizó.»
Al pensarlo, se le revolvió el estómago.
De hecho, la razón por la que Jack le pidió deliberadamente un beso como “compensación por sus problemas” era porque necesitaba confirmar sus sospechas.
Adeline se lo demostró de una forma muy inesperada.
Por supuesto, sabia que su relación se basaba únicamente en el dinero, así que no es tan sorprendente, pero ¿importa si el juicio se tuerce por ese hecho?
No se trataba simplemente de un orgullo herido, sino de una lujuria más fundamental y vulgar.
La duquesa de buena cuna probablemente nunca podría imaginarlo.
Lo que Jack pensó al observar sus párpados temblorosos en el momento en que lo besó.
Cómo rechazarlo sin darse cuenta despertaba la lujuria del hombre.
Con su rostro inocente y puro, Adeline siempre estimulaba a Jack de esa manera.
Cada vez que sus ojos verdes, llenos de cautela y resentimiento, se volvían hacia él, Jack sentía inconscientemente la necesidad de apretar su cuerpo. Quería besar sus ojos llenos de
desprecio y susurrar obscenidades.
Adeline era atrevida en formas insólitas e ingenua en formas extrañas.
Así que el menor indicio de promiscuidad por parte de Jack la haría enloquecer.
Quería besar esa cara sonrojada tanto como pudiera al menos una vez. Sería una pena que a
Adeline se negara, porque eso sólo despertaría su lujuria.
Por supuesto, solo porque pensara así, no significaba que quisiera presenciar a Adeline siendo tratada así por otro chico.
Una mujer rubia, vestida con el uniforme del personal del Club Lambert, siendo sujetada por las garras de un hombre.
En cuanto vio ese rostro, lleno de confusión y miedo, Jack no pudo evitar dudar de lo que veía.
El hombre rubio y sucio que sostenía a Adeline era alguien que Jack conocía, por supuesto.
«Julian McKenney.»
No pasa un día sin que esté borracho, que trata a todas las mujeres como se le plazca y que es propenso a las blasfemias y a la violencia.
Jack le había considerado una vez como inversión porque tenía una valiosa mina de diamantes, pero en cuanto se dio cuenta de lo que era, perdió por completo el interés en él.
Al menos si no se hubieran conocido así.
«Joder.»
Jack arrugó la frente mientras daba una calada a su cigarrillo.
El desprecio en su mirada a Julian era agudo a falta de una palabra mejor, pero Julian estaba demasiado borracho para darse cuenta.
Forcejeó de un lado a otro y, cuando no pudo superar la fuerza de Jack, escupió una retahíla de improperios.
—¡¿Qué demonios haces?! ¿Por qué te entrometes…?
—Eres tú el que te entromete. ¿Estás sordo?
«Ya que soy el primero en la fila, no seas grosero y sigue la orden.»
Con eso, Jack apartó la muñeca de Julian. En un instante, la muñeca de Julian quedó cubierta de marcas rojas.
En cambio, agarró la mano de Adeline y la atrajo hacia el. Lo siguiente que sabia es que ya estaba en sus brazos.
En cuanto se apoyó en su pecho, el penetrante olor a cigarrillo la invadió. Susurró en voz baja para que sólo Adeline pudiera oírlo.
—Tenemos que hablar, Adeline Zeller.
¿Por qué estás aquí?
¿Y qué demonios es esta maldita escena?
Jack murmuró un improperio en voz baja, agarró a Adeline de la mano y empezó a caminar hacia alguna parte.
Adeline también lo siguió, incapaz de siquiera pensar en protestar por el impulso de Jack.
En ese momento, cuando la conmoción se calmó como si hubiera pasado una ráfaga de viento.
—…Ja.
Una risa áspera salió de una de las mesas de póquer.
La risa pertenecía a un joven con el pelo plateado y un cigarrillo en la boca.
Gracias a sus padres, el joven tenía un aspecto apuesto que le facilitaba ganarse el favor de los demás a pesar de su carácter brusco y seco.
Lástima que no cayera bien entre los que estaban sentados alrededor de la mesa contando fichas.
—¡Oye, Huberg! ¿Vas a apostar o no?
Alguien golpeó la mesa y gritó, y el joven soltó una risita y se quitó el cigarrillo de la boca.
—Ah, ya voy, así que cállate. No son unos cerditos a los que acaban de patear el trasero, ¿por qué tanto escándalo…?
Así que todo lo que hay que hacer es apostar, ¿verdad?
Huberg Román Belof.
Se sacudió la colilla de la boca sobre el mantel y deslizó todas sus fichas hacia el centro sin molestarse en comprobar las cartas que tenía delante.
—…
Al mismo tiempo, un grito ahogado surgió de la multitud que rodeaba la mesa.
—Ey, Huberg, ¿De verdad quieres pasar la noche en la calle? ¡Te lanzas con todo sin revisar tus cartas!
—No, es que tenía la sensación de que iba a tener suerte.
Acabo de ver una cara amiga.
Y era una que no debería ser visto aquí.
«Adeline Zeller.»
¿Cómo pude haber olvidado ese nombre?
Por supuesto, nunca he olvidado su apodo, Renee.
«Bueno, nunca la llamaría así.»
Millenberg, ese asqueroso bastardo solía usar ese apodo como si chupara un caramelo, y pensar en pronunciarlo en la boca le daba náuseas.
Pero ni siquiera Millenberg habría pensado que Adeline estaría aquí.
«Además, Jack Hartzfeld…»
Tras pensárselo un momento, Huberg sonrió, mostrando sus colmillos.
—Esto si va a ser un juego de todo o nada.

TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK