Capítulo 30
El interior era tan amplio y ostentoso que recordaba a un casino. Bajo la iluminación rojiza, el humo de los cigarros que fumaban los hombres se elevaba en espirales, mientras las cartas de blackjack se repartían sobre mesas verdes. Desde la pista central llegaba una elegante interpretación de cuerdas en vivo, y entre las mesas donde la gente se reunía, de vez en cuando estallaban carcajadas y ruidos animados.
Los empleados que se movían entre los clientes entregados al placer, sin distinción de género, llevaban todos la misma parte superior que Adeline. Eso lo dejaba claro. El comerciante del mercado negro resultaba más confiable de lo que había esperado.
«Dijo que el contacto me estaría esperando por aquí…»
Adeline, rememorando el plano interior que le había explicado el traficante, se adentró en un pasillo más tranquilo. Entonces, una mujer alta, que estaba recargada contra la pared, la vio y movió levemente el cigarro que tenía entre los labios.
—Hola. ¿Eres la nueva, Gold Coin?
—Sí. Me llamo Jane.
Gold Coin. Era una especie de palabra clave o código que había acordado con el comerciante. Una vez que ambas se identificaron, la mujer se incorporó de la pared y apagó el cigarro en un cenicero portátil.
—Puedes llamarme Cassie. Te enseñaré lo básico, así que si no sabes algo, pregúntame.
—Sí, Cassie.
Cuando Adeline asintió con la cabeza, Cassie la escaneó de arriba abajo con una mirada cínica.
—Tu forma de hablar resalta demasiado. Mejor no abras la boca frente a los clientes. No, mejor dicho, no hables con nadie más que conmigo. ¿De verdad lograste pasar por el portero?
Cassie se llevó una mano a la frente, murmurando que si algún cliente perceptivo llegaba a notarlo, sería un gran problema.
Solo entonces Adeline se dio cuenta de que su manera de hablar difería bastante de la de Cassie. Y también comprendió que su tono suave y sereno no encajaba en absoluto con un lugar como ese.
«Así que hasta para un oído cualquiera, sonaba como una noble.»
Al darse cuenta de ello, el cuerpo de Adeline se tensó sin querer, pero Cassie no parecía prestarle mucha atención. De hecho, al ver su reacción, soltó una pequeña risa.
—Jane. ¿Tienes idea de cuántas veces he hecho este trabajo? No eres la primera noble que entra, y tampoco es que sean tan raras.
—¿De… verdad?
—Claro. La mayoría viene a buscar al amante. ¿No es tu caso también?
Ante la pregunta de Cassie, Adeline asintió con la cabeza de forma vaga. Después de todo, estaba allí buscando a alguien, y en cierto modo, también tenía que ver con su historia amorosa.
—Sí. Estoy aquí porque debo encontrar a alguien.
Al oír esa afirmación sin sujeto claro, Cassie sonrió de medio lado, como si lo hubiera esperado.
—Está bien que busques, pero que no se note. Hazte la que sirve algo por ahí. Ya conoces el interior, ¿cierto?
—Sí, me dieron un plano del lugar.
—Mejor si te lo aprendiste de memoria. Mientras no llames la atención de los guardias, no debería haber problema. Así que ten cuidado.
Dicho esto, Cassie le puso una bandeja en las manos y la condujo directamente afuera.
«¿Tenía que seguirla al principio?»
Después de todo, el contacto que debía esperarla también actuaría como guía, así que era posible…
—¡Pero mira quién es! ¡Cassie! ¡Cuánto tiempo!
—Oh, ¿estás viva? Como no venías, pensé que te habías muerto.
«Parece que tendrá que olvidarse de cualquier expectativa.»
Apenas salió con Adeline, Cassie se topó con un cliente conocido y enseguida se pusieron a charlar animadamente. Adeline, dejándola atrás, comenzó a recorrer el club con la bandeja en mano, colocando bebidas y bocadillos.
En un lugar como ese, siempre había quienes servían bebidas y finger food, así que Adeline optó por ese rol, que parecía ser el más sencillo. Tal como había imaginado, servir bebidas con una bandeja sobre las manos no solo era fácil, sino que casi se sentía como si hubiera salido a dar un paseo.
El problema era que, por más vueltas que daba, no encontraba ningún indicio del verdadero motivo por el que había venido esa noche.
«Escuché que Huberg solía pasar mucho tiempo aquí…»
El club estaba dividido entre varios salones enormes y otras salas insonorizadas con extremo cuidado. Como encargada del servicio de bebidas, a Adeline le resultaba difícil acceder a esas habitaciones. Todo lo que podía hacer era deambular por los salones principales. Pero aunque ya había recorrido todos los salones, no había ni rastro de Huberg.
«¿Tendré que entrar a esas habitaciones también?»
Tanto el traficante como Jack habían asegurado que Huberg pasaba la mayor parte del tiempo instalado en el Lambert, así que era poco probable que justo hoy no hubiera venido. Era mucho más probable que estuviera pasando el rato en algún lugar fuera de la vista.
«Después de haber llegado hasta aquí, no puedo irme con las manos vacías.»
Tal vez debería cambiar el tipo de servicio que estaba cubriendo, y con eso, intentar acceder a las habitaciones. Mientras volvía por donde había venido con la bandeja ya vacía, perdida en sus pensamientos, una sombra apareció de pronto frente a ella, bloqueándole el paso.
—No te había visto por aquí. ¿Eres nueva?
—¡…!
En el momento en que escuchó esa voz, el cuerpo de Adeline se paralizó por completo. Fue un reflejo inconsciente. El miedo y la resignación no se graban en la cabeza, sino en el cuerpo. El hombre que le había hablado le tomó el rostro y lo giró bruscamente. Sus miradas se cruzaron, y la mirada lasciva del hombre recorrió el cuerpo de Adeline sin pudor alguno.
—Una chica tan bonita… No hay forma de que no me haya dado cuenta antes. ¿Cómo te llamas?
El hombre, con rizos rubios sucios, tenía una complexión robusta y un rostro bastante atractivo. Incluso sus colmillos asomando ligeramente al sonreír podrían considerarse parte de su encanto.
El nombre de ese hombre, convencido de poseer riqueza, estatus y buena apariencia, era Julian McKenney.
Y él era quien ocupaba el lugar más profundo en los traumas de Adeline. Aunque ella no lo reconociera del todo, cada vez que tenía contacto íntimo con alguien, su cuerpo se tensaba de manera inconsciente.
Incluso aquella vez, cuando firmó el contrato con Jack, le había dicho:
{—Aunque no te guste estar conmigo… no puedes echarte atrás.}
Aquella frase, que soltó sin pensarlo, había sido provocada por el miedo que Julian le había dejado como secuela de su trauma. Julian siempre la insultaba y la humillaba, diciendo que sus encuentros con ella eran insatisfactorios.
Todavía hoy, algunas de las palabras que él le dijo le venían a la mente sin previo aviso, haciendo que sus hombros se estremecieran.
{—Joder, está seca. ¿Qué se supone que es esto…?}
{—Hasta sacudir una almohada habría sido mejor.}
Julian pronunciaba ese tipo de cosas, impensables para Adeline, sin mostrar la menor incomodidad, solo para burlarse de ella.
Con el tiempo, Adeline llegó al punto de encogerse con solo ver que Julian extendía la mano hacia ella. Y cuando eso pasaba, Julian se enfurecía aún más y la llenaba de insultos.
{—¡Maldita sea, te atreves a alejarte de mí?! Deberías saber cuál es tu lugar, maldita perra…}
Después de pasar por cosas así, cada noche se le apretaba el pecho y le faltaba el aire. Golpearse el pecho con los puños era lo único que le ayudaba hasta que el cansancio finalmente la vencía y podía dormirse. Momentos que no podía soportar con la mente lúcida… ahora volvían a ella con una claridad aterradora, solo por tener a Julian frente a sus ojos.
El miedo alzó de nuevo la cabeza, y una vez más le costaba respirar.
Julian, que no sabía nada, parecía pensar que simplemente se trataba de una empleada nueva un poco torpe y nerviosa.
—¿No vas a responder, novata? Si te portas bien, podría llevarte esta noche a un lugar agradable. ¿Sí? Con esa cara tan bonita… seguro luces mejor en la cama.
Mientras murmuraba esas palabras cargadas de acoso, Julian comenzó a rozarle el muslo a Adeline con descaro. Y justo ese día, el uniforme tenía una falda tan corta que todo ocurrió en un instante, sin que ella tuviera forma de evitarlo.

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK