Capítulo 26
«Apenas ha pasado tiempo desde que besé a Millen.»
No es que ahora fuera a escandalizarse por algo tan trivial como un beso. Pero después de haber estado tan decaída por Millen hasta hace un momento, no tenía muchas ganas de este tipo de contacto ahora mismo. Aun así, ya había obtenido la información sobre Lambert, así que rechazarlo tampoco era una opción real.
Adeline dejó escapar un suspiro corto.
—¿Por qué los demás no te llaman sinvergüenza?
—Quién sabe. Tal vez porque no saben que solo contigo me comporto así.
Y en cierto punto, eso era verdad. Incluso en el pasado, mientras Millen era conocido por su colorido historial con mujeres, nunca se había oído nada especialmente escandaloso sobre Jack.
Pero si Jack realmente no era ese tipo de persona… ¿por qué entonces hacía ese tipo de propuestas únicamente con Adeline?
«Ni que un beso pudiera convertirse en dinero.»
Desde que regresó en el tiempo, sentía que había más y más cosas que simplemente no podía entender.
«…No tengo opción.»
Podría decirle abiertamente a Jack que no estaba de humor, pero mostrar ese tipo de debilidad tampoco era lo que quería. Después de todo, ninguna presa mostraría su garganta ante un depredador.
Y, más importante aún…
«¿Desde cuándo mis sentimientos han importado tanto…?»
Después de todo, esto no era nada del otro mundo.
Adeline se acercó a Jack y apoyó una mano sobre su hombro. Y, a diferencia de antes, Jack incluso se inclinó un poco, como facilitándole que lo besara con más facilidad.
En sus delgados labios se dibujaba una sonrisa arrogante, relajada. Adeline lo miró con fastidio durante un instante, pero justo cuando por fin inclinaba la cabeza para besarlo…
TAC, TAC.
El sonido de pasos bajando por la escalera interrumpió a ambos.
—¡…!
Adeline se separó de Jack de inmediato y giró la cabeza hacia la fuente del sonido. Allí estaba Carlyle, bajando las escaleras. Con su paso pulcro de siempre y su atuendo impecable, sin una sola arruga.
El mayordomo de la Mansión Zeller, con su cabello color miel recogido con una cinta negra, parecía haber estado trabajando hasta hace poco; llevaba puesto su característico monóculo.
Carlyle se acercó a ambos y se inclinó con cortesía.
—Disculpe la interrupción, Señorita. Surgió un asunto urgente que requiere aprobación inmediata, así que me tomé la libertad.
—¿Un asunto urgente?
—Sí. Necesita su aprobación antes de la medianoche, y ya es bastante tarde… Creo que debería revisarlo ahora mismo.
Le explicó que había dejado los documentos en su habitación y le pidió, con cortesía, que los revisara cuanto antes.
Tal como decía, el reloj ya señalaba una hora cercana a la medianoche. De hecho, desde que Adeline había salido del palacio imperial, ya era noche avanzada.
—Qué extraño, Carlyle. Cuando salí, no parecía haber ningún asunto urgente.
—Surgió poco después de su salida. Le pido disculpas.
—No, si es así, ni modo.
De hecho, fue más un alivio que otra cosa. Llegó a interrumpir justo en el momento perfecto. Al menos por hoy, ya no tendría que pagar el “precio” del favor.
Ese alivio se reflejó inconscientemente en una pequeña sonrisa que se dibujó en el rostro de Adeline.
—Señor Hartzfeld, lo ha oído. Dadas las circunstancias, tendré que ir a revisar eso. Hasta la próxima. Gracias por todo hoy.
Con esas palabras, Adeline desapareció rápidamente escaleras arriba, por donde Carlyle había bajado momentos antes.
Y en la sala, quedaron solo los dos hombres.
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—…Ja.
Una breve risa seca escapó de los labios de Jack, que seguía mirando hacia el lugar por donde Adeline había desaparecido.
Apenas se desvaneció el único vínculo que unía a los dos hombres en esa sala, Adeline, el ambiente en torno a Jack se enfrió en un instante. Sus ojos, cargados de ironía, se dirigieron al hombre de cabellos color miel, con ese rostro pulcro e imperturbable.
—Dime, mayordomo. ¿Cómo se supone que debo interpretar esto?
—Es tarde. Debería retirarse ya, señor Jack Hartzfeld.
Carlyle, en lugar de responder directamente, sacó su reloj de bolsillo, lo consultó brevemente y añadió que daría la orden de preparar el carruaje.
—Y por favor, procure que no vuelva a ocurrir algo así.
Sin olvidarse, por supuesto, de dejar una advertencia. La comisura de los labios de Jack se curvó con cinismo de inmediato.
—¿Algo así? No entiendo a qué se refiere. ¿Acaso que no venga a estas horas?
—Estoy seguro de que usted sabe perfectamente a qué me refiero, señor Hartzfeld. Por lo que he visto, su forma de hablar no difiere mucho de la de una bestia.
La respuesta de Carlyle fue concisa y, al mismo tiempo, cortante. Cada palabra, medida como con regla, resultaba tan precisa que rozaba lo agresivo. No dijo nada explícito, pero el mensaje era descaradamente claro.
—Le agradecería que considerara también la reputación de la señorita, señor Jack Hartzfeld.
—…Ja.
Una risa desfigurada se escapó de los labios de Jack, que ya no sonreían con simpatía, sino con una amarga burla.
No era exactamente molestia lo que sentía, sino más bien gracia.
—Hasta hace un momento no estaba seguro de si esto fue una coincidencia o no… pero gracias a ti, ya lo tengo claro.
La actitud cortante de Carlyle era toda la confirmación que necesitaba. Bastaba con ver cómo tenía todos los sentidos en alerta para saber que esto no había sido algo fortuito.
«Así que fue un intento de interrupción intencional, ¿eh?»
La idea le pareció tan absurda que no podía evitar soltar risas incrédulas. Jack se pasó una mano por el rostro seco y, de pronto, su expresión se endureció mientras murmuraba con irritación:
—Esto ya raya en lo ridículo… ni que fueras un perro guardián…
—La gestión y supervisión de esta residencia es parte de mis funciones —respondió Carlyle con calma, pero sin ceder.
—Claro. La próxima vez, traeré alimento para perros. Qué descortés de mi parte haber venido con las manos vacías.
Ante el mordaz sarcasmo de Jack, Carlyle frunció ligeramente el ceño. Pero Jack, dando a entender que ya no tenía intención de continuar el intercambio, tomó su abrigo que había dejado a un lado.
—Con un perro guardián tan diligente, supongo que no me queda más remedio que marcharme. Dile a Adeline que piense bien en lo que le dije.
—…Entendido.
—Y otra cosa, Carlyle Divine.
Jack se acercó a Carlyle y, con la punta de su zapato, le dio un ligero toque al calzado del mayordomo, murmurando en voz baja:
—No sé cuán urgente era realmente ese asunto de hoy… pero la próxima vez, piensa mejor antes de meterte.
Por muy liberal que fuera la sociedad aristocrática de Crawford en cuanto a la vida privada…
—Tener al amante de tu esposa viviendo en la misma mansión no es precisamente algo que me parezca agradable.
Con esas palabras, los ojos de Jack se clavaron en Carlyle. Y al ver la expresión que se dibujó en su rostro, Jack esbozó una fría sonrisa de burla.
—Qué cara más elocuente tienes.
Jack soltó una última risa burlona dirigida a Carlyle antes de marcharse definitivamente.
Incluso después de que él se hubiera ido, Carlyle permaneció un buen rato inmóvil en el mismo lugar. Solo quedaba un silencio absoluto, tan profundo que ni siquiera la luna se atrevía a iluminarlo.
Y al final de ese silencio, lo invadió una sensación de devastación.
De pronto, Carlyle se dio cuenta de que había estado apretando los puños con tal fuerza que le dolían las palmas, a pesar de tener los guantes puestos. El ardor punzante era prueba de cuán fuertemente se había aferrado sin notarlo.
Aun así, no lograba calmar su interior. Intentó recuperar la compostura apretando los puños una vez más. Su mandíbula, firmemente tensada, sobresalía marcada cada vez que contenía el enojo, y luego volvía a suavizarse.
«…Jack Hartzfeld.»
Por más que lo pensara, Jack y Adeline simplemente no combinaban. Y, sin embargo, Jack tenía razón. Carlyle había interrumpido deliberadamente a la pareja.
«Incluso mintiendo para hacerlo.»
Que había un documento pendiente de revisión no era una mentira.
Desde que Carlyle había alcanzado la mayoría de edad, se encargaba de revisar primero los asuntos del Ducado de Zeller antes de someterlos a la aprobación de su señora, y aquel en cuestión estaba relacionado con programas de asistencia en el feudo.
Lo único que había sido una falsedad era “la urgencia del asunto.”
«No era tan urgente, después de todo.»
Pero aún resonaban las palabras que Jack le había dejado clavadas como una espina:
{—Tener al amante de tu esposa viviendo en la misma mansión no es precisamente algo que me parezca agradable.}
En el rostro de Jack, al decirlo, había una convicción inquebrantable.
«Sin duda… se dio cuenta.»
De cómo la miraba. De lo que sentía por Adeline.
Robin:

TRADUCCIÓN: KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK