Capítulo 4
Adeline guardó el colgante en su ropa y salió de la habitación.
Sus pasos al bajar las escaleras las mismas por donde alguna vez había rodado eran ahora casi ligeros.
Bajó y le dijo a su doncella:
—Nadia, prepara un carruaje. Voy a salir.
—¿Saldrá? No está en su agenda… ¿Adónde irá?
—Sí.
Adeline sonrió radiante.
—A deshacerme de algunas cosas que me están bloqueando la vida.
Entre todo, era obvio con quién debía reunirse primero.
«Jack Hartsfeld».
El hombre que conocía tanto la luz como las sombras de la familia Ducal de Zeller.
Horas antes, Adeline le había enviado un mensaje a Jack expresando su deseo de verlo.
Pero la respuesta fue clara: solo accedería si tenía una cita previa, y hoy, con su agenda llena, sería difícil.
Por supuesto, era de esperar.
«En mi vida pasada fue igual, así que no esperaba que fuera fácil verlo.»
El problema era que Adeline no podía darse el lujo de esperar a que Jack tuviera tiempo.
Así que debía usar otro método.
Adeline miró el reloj de pared y sonrió levemente.
—Era hoy, ¿verdad?.
La fiesta benéfica de Madame Tilleman.
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Victoria Tilleman.
O, más conocida como Madame Tilleman, era una figura prominente en la alta sociedad de la capital, considerada una matriarca de los círculos sociales.
Victoria, en su juventud, había destacado por su belleza excepcional y su elocuencia.
Y ahora, en su vejez, seguía ejerciendo una influencia colosal en la sociedad gracias a su autoridad natural y su impresionante linaje.
El hombre de cabello negro impecablemente peinado, que destacaba al menos una cabeza por encima de los demás caballeros en el salón.
Esa también era la razón por la que Jack Hartsfeld había puesto un pie el jardín de Victoria ese día.
Sus característicos ojos grises, fríos y toscos, recorrieron con desdén los adornos del jardín y la multitud. No era precisamente una mirada amable.
—Hoy, como siempre, todo es deslumbrante. Y ruidoso.
—No es tu primera vez en una fiesta de Madame Tillemann, y aun así dices eso.
El secretario de Jack, Warrick, quien guardaba sus gafas en el bolsillo junto a él, intervino.
—Por eso mismo, relaja un poco la expresión. Eres muy obvio, y hay demasiados ojos observando.
—Que miren todo lo que quieran. Los que murmuran ya me conocen.
A diferencia de Warrick, que sonreía con afabilidad, Jack solo dejaba escapar una mueca cínica.
En realidad, si hubiera que describirlo, feroz le quedaba mejor que cínico.
De Jack emanaba un persistente aroma a tabaco.
Por mucho que su traje a medida, carísimo, intentara cubrir cualquier imperfección, sus facciones afiladas y su actitud despreciativa revelaban una naturaleza salvaje que hacía imposible llamarlo caballero, ni siquiera por cortesía.
De hecho, su forma de expresarse tampoco era la que uno esperaría en la alta sociedad. Era algo obvio.
«Un plebeyo pretendiendo ser noble sería aún más ridículo.»
El apellido de Jack, Hartzfeld, era una combinación poco común en el Imperio Crawford.
Como indicaba, Jack era un adinerado originario del Ducado de Mathes.
Sin embargo, en cualquier lugar donde lo salvaje fuera rechazado, Jack era bien recibido.
Incluso ahora, varios nobles que lo reconocieron se acercaron con sonrisas y le dirigieron la palabra:
—¡Qué raro verlo por aquí, Sir Hatzfeld!. ¿Se acuerda de mí?
—¡Escuché que encontraron diamantes en la mina que compró el mes pasado!.
—La próxima semana ofrecerle un banquete en mi villa. ¿Le interesaría asistir…?.
Las palabras salían al mismo tiempo, lo que dificultaba incluso escucharlas.
Miradas familiares de admiración y ambición.
En cierto modo, era natural.
¿Quién podría ignorar a una de las diez personas más ricas de la capital?
«…Aunque hay excepciones.»
Jack recordó la carta que había recibido hacía unas horas.
La carta estaba escrita con la caligrafía pulcra y ornamentada típica de la aristocracia, y el nombre “Adeline Zeller” estaba cuidadosamente colocado al final.
Si acercaba la nariz al papel, probablemente habría olido a magnolia en lugar del acre aroma de la tinta.
Dicen que la escritura se parece a su dueño, y eso es exactamente lo que parece.
La heredera de los Zeller era así: de apariencia deslumbrante, modales impecables, cabello dorado que caía en cascada y ojos verdes como bosques en primavera.
[Mucho gusto, Sir Jack Hartsfeld. Me llamo Adeline Zeller.]
Jack recordó el momento en que fue presentado a Adeline en la residencia del Duque Zeller.
No hubo florituras en el saludo que Adeline le dirigió a Jack en ese momento.
No hubo sonrisas, admiración, simpatía… ni siquiera el más mínimo intento por ganarse su favor.
Bueno, quizás un tenue rastro de cautela…
…Pero, en cualquier caso, le daba igual.
Jack dejó que Warrick respondiera por él. Su eficiente secretario declinó la invitación con precisión mecánica:
No podía verlos a menos que haya una cita previa.
En realidad, el contrato de Jack había sido con el difunto padre de Adeline, Diego, fallecido apenas una semana atrás. Técnicamente, no tenía obligación alguna de responderle a ella.
Simplemente estaba siendo cortés con alguien cuyo padre acababa de fallecer.
Además, Jack tenía un asunto más urgente entre manos.
—Hoy debo conseguir la confirmación de inversión de Madame Tilleman.
Jack estaba a punto de comprar un terreno en el Vizcondado de Monarhen al oeste.
El problema era que el dueño del terreno insistía en que no podía vendérselo a cualquiera.
{—¿Vender mi terreno a un extranjero cuyo linaje ni siquiera conozco? ¡Estás loco!.}
Anteriormente conocido como el Vizconde Monaghan, insistió en que no podía renunciar a su orgullo de noble a pesar de haber renunciado a su título.
Pero con la influencia de alguien como Victoria Tilleman, el trato podría cerrarse.
Por eso, Jack necesitaba urgentemente la ayuda de Victoria. El inconveniente: Victoria dudaba de las ganancias que obtendría y postergaba su respuesta.
Al final, Jack no tuvo más remedio que ignorar los documentos amontonados en su escritorio y asistir al banquete.
—Hablemos después. Hoy estoy ocupado.
Jack despidió con brevedad a quienes se le acercaban y se dirigió hacia Victoria.
La anciana de cabello gris disfrutaba del banquete con una vivacidad que no correspondía a su edad. Su rostro se iluminó notablemente al encontrar a Jack.
—¡Jack! Cuánto tiempo. No he podido contactarte desde hace tiempo.
—Victoria. Últimamente los negocios me consumen. Pero aquí estoy, te pido disculpas.
En realidad, era ella quien no respondía sus mensajes.
Pero este nivel de halago no estaba de más.
Jack, quien había abrazado a Victoria suavemente para saludarla, comenzó a hablar con naturalidad.
—Entonces, ¿has pensado en la oferta que te hice la última vez?.
—¡Ah! Justo quería hablar de eso. Qué oportuno.
Por alguna razón, Victoria no cambió de tema y respondió de inmediato.
Entonces, acercándose a su oído, susurró:
—Escuche que construirán una estación de tren en el condado de Monarhen ¿verdad?. ¡Deberías habérmelo dicho antes, muchacho! Así te habría invertido desde el principio.
—¡…!
La expresión de Jack se tensó de inmediato.
La futura estación de tren en Monarhen era un secreto de Estado, conocido por muy pocos.
Era, precisamente, la razón por la que Jack quería esas tierras:
Una vez construida la estación de tren, pasarían por allí todo tipo de logística y gente, y el precio del terreno se multiplicaría por diez.
Pero si Victoria lo sabía, podría intentar comprarlas antes que él. Por eso lo había mantenido en silencio.
—¿Dónde… lo supo?
—Vamos, ¿ya olvidaste lo que dije? ¡Mira allá!.
Victoria, fingiendo estar enfadada, apuntó con su abanico hacia algún lugar del jardín.
Estaba bastante lejos de donde estaban, pero Jack supo de inmediato a quién señalaba Victoria.
A diferencia de los demás, que vestían colores claros, propios de una fiesta en el jardín, una mujer con un vestido negro de luto estaba de pie a un lado del jardín.
—La señorita Zeller me lo contó hace un rato. ¿Pretendes seguir negándolo?.
Adeline Zeller.
Su melena dorada ondeó con la brisa.
En ese momento.
Jack miró a Adeline a los ojos.

TRADUCCIÓN: AUS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK