Capítulo 84
Todo comenzó tres días antes de que empezara la lluvia invernal.
—Creo que el desayuno me sentó mal.
No tenía mucho apetito, así que solo había comido arroz con agua y kimchi, pero sentía el estómago revuelto y una extraña pesadez. Probablemente era el efecto del estrés acumulado mientras su cuerpo no estaba en las mejores condiciones.
Geonsik se golpeó el pecho un par de veces y pasó el día caminando por la habitación, pero como la indigestión no mejoraba, no tuvo más remedio que coger su abrigo y salir.
Necesitaba comprar algo para la digestión.
—Uff, qué frío, qué frío.
Con la lluvia, el aire se había vuelto aún más gélido, hasta el punto de que la punta de la nariz le ardía.
Recordó que, cuando llegó por primera vez a este lugar, era pleno verano.
«Cómo pasa el tiempo», pensó.
En esos seis meses habían ocurrido muchas cosas. Al mirar atrás, se dio cuenta de que había sido el período más variado de sus cincuenta años de vida.
Geonsik sonrió al recordar cómo se había sentido perdido y confundido al principio, sin entender nada.
«Ahora que lo pienso, son recuerdos tan absurdos y divertidos… Dicen que todo se convierte en nostalgia con el tiempo, y parece que es cierto».
—Solo deme algo para la digestión, por favor.
Sumergido en esos recuerdos no tan lejanos, llegó enseguida a la farmacia al pie del barrio pobre. La joven farmacéutica, al escuchar su pedido, giró y empezó a buscar el medicamento en los estantes.
—Kim Bok-soon.
Un farmacéutico salió del área de preparación con una bolsa de medicamentos y llamó el nombre de la cliente en el mostrador.
—Ugh.
De repente, un hedor repugnante le golpeó la nariz, y Geonsik se tapó la boca, conteniendo las náuseas.
—¿Se encuentra bien?
En el momento en que el farmacéutico se acercó al mostrador y le habló, Geonsik no pudo aguantar más y hundió la cabeza en el bote de basura que tenía al lado.
—¡Ughh!
Tras varios arcazos, vació todo lo que había comido. Cuando levantó la cabeza, la farmacéutica ya estaba a su lado, ofreciéndole pañuelos. Geonsik le hizo una reverencia de agradecimiento, aunque su rostro, cubierto de lágrimas y mocos, con los ojos inyectados en sangre, no parecía capaz de articular palabra.
—Ugh, lo siento… mucho. Yo me encargo de limpiar esto.
«A mi edad, esto es un verdadero desastre», pensó. Mientras se secaba la cara con los pañuelos, otro hedor le golpeó la nariz, haciéndole desplomarse de nuevo en el suelo.
—¿Está bien?
—Sí, sí… Es solo el estómago… ¿Hay algún basurero por aquí? Sigue habiendo un olor a podrido… Ugh.
Se tapó la nariz con la mano y respiró superficialmente por la boca.
—Señor, ¿además de las molestias estomacales, tiene algún otro síntoma?
—¿Eh? No, no. Aparte de las náuseas y un poco de mareo, estoy bien.
A pesar de la molestia que causaba, la farmacéutica seguía siendo amable. Geonsik intentó disimular su malestar y aseguró que estaba bien.
—Usted es Omega, ¿verdad? ¿Su ciclo de celo está llegando con normalidad?
—¿Cómo?
La pregunta lo dejó desconcertado.
«¿Por qué me pregunta eso? ¿Acaso estoy gravemente enfermo? ¿Existe alguna enfermedad que solo afecte a los omegas?».
—Señor, mejor no tome el digestivo. En su lugar, pruebe esto en casa.
La farmacéutica sacó algo de los estantes y se lo entregó. Geonsik leyó mentalmente las palabras impresas en la caja blanca rectangular:
[Prueba de embarazo para omegas masculinos.]
—¿Eh…?
—¡No, no! ¿Qué dice?
Geonsik negó con las manos, incrédulo. Por mucho que se hubiera adaptado a este lugar, todavía no podía creer que los hombres pudieran quedar embarazados. Era algo tan fuera de lo común, tan fantasioso incluso aterrador que no podía imaginar que sucediera en la realidad. Como prueba, no recordaba haber visto ni un solo hombre embarazado en todo este tiempo.
Y sin embargo, la farmacéutica sospechaba que él podía estarlo.
—Yo… he estado tomando los supresores del ciclo de celo… Bueno, últimamente no, porque no me sentía bien…
Geonsik no quería usar para nada lo que le ofrecía el farmacéutico. Hizo todo lo posible por negarse, pero el farmacéutico fue categórico.
—Los inhibidores no son anticonceptivos. ¿Y no hubo ninguna situación sospechosa?
«Situación sospechosa… Sobraban. Y no con uno, sino con cuatro hombres.»
Un sudor frío recorrió la espalda de Geonsik.
«No puede ser. ¡Vamos, imposible! ¿Un hombre? No, no. Qué locura, eso no ocurre.»
Al final, Geonsik compró un test en la farmacia y regresó a casa. Después de dudar durante 30 minutos, mojó el test con orina y esperó el resultado.
Dejó el test sobre el estante del baño y se paseó nervioso justo afuera. En cuanto pasó el tiempo indicado en las instrucciones, abrió la puerta de golpe.
Tomó el test y parpadeó varias veces, frotándose los ojos con una mano.
—Ay, últimamente veo borroso. ¿Será que ya me está llegando la presbicia?
Geonsik alejó el test a propósito y entrecerró los ojos para mirarlo. Pero, ya fuera de lejos o de cerca, las dos líneas rojas claramente marcadas no desaparecían.
—Bah, estará malo. No, no puede ser. ¿Un hombre? Vamos, no.
Aunque decía que estaba malo, no podía soltarlo.
«¿Y si es verdad? ¿Qué hago entonces…?»
—No, no puede ser.
Repitió como un loco que no era posible y, finalmente, tiró el test al basurero del baño. Acto seguido, agarró su abrigo y sus cosas y salió corriendo.
Afuera, la llovizna seguía cayendo, pero Geonsik no usó paraguas y corrió hasta la avenida principal. Detuvo el primer taxi que vio y le pidió al conductor que lo llevara al ginecólogo más cercano.
«Allí lo sabré con seguridad. Seguro me dirán que no. Quizás hasta me traten como a un loco por ir a un ginecólogo siendo hombre. Sí, seguro pasa eso.»
Durante todo el trayecto, Geonsik juntó las manos y rezó. Estaba dispuesto a rogarle hasta a ese maldito dios en el que no creía.
—Maldita sea…
Al llegar a un gran hospital ginecológico en el centro, Geonsik soltó un improperio al ver la sala de espera.
Estaba llena de embarazadas y acompañantes, pero entre ellos había varios hombres con barrigas del tamaño de una montaña. Acariciaban sus vientres hinchados con ternura y hablaban felices con sus parejas, ya fueran hombres o mujeres.
Era un espectáculo impactante.
Ante esa escena tan natural y a la vez tan antinatural, Geonsik no tuvo más remedio que aceptar que, en este mundo, los hombres también podían embarazarse.
Aun así, aferrándose a la esperanza de que él no fuera el caso, hizo el trámite de admisión con dificultad.
Por suerte, como hubo una cancelación, le dijeron que podría ser atendido en menos de 30 minutos. Aun así, Geonsik preguntó si no podía ser antes.
Necesitaba una respuesta lo más rápido posible.
—Felicidades. Está embarazado. Tiene aproximadamente cuatro semanas.
Esa no era la respuesta que quería escuchar.
Geonsik tuvo ganas de agarrar por el cuello al joven médico que le decía esas palabras.
«¿Felicidades? ¿Felicidades por qué? ¡Esto no es para felicitar!»
—¿D-de verdad estoy embarazado? —preguntó con el rostro pálido.
—Sí. Según los análisis de sangre y el ultrasonido, se ve el saco gestacional.
—¿Y si el examen está mal…?
—No lo está.
El médico cortó en seco la pregunta desesperada de Geonsik.
—Es solo que no me siento bien del estómago. El olor me da náuseas…
—Es repulsión a las feromonas.
—¿Qué? ¿Y eso qué es?
—Es similar a las náuseas matutinas, pero en lugar de comida, es una reacción a las feromonas. Suele ocurrir con feromonas de Alfas que no son su pareja. Aunque aún se estudia, la teoría más aceptada es que es un rechazo a feromonas no familiares durante el proceso de gestación. En casos raros, también ocurre con la pareja, en personas muy sensibles.
El médico explicó con firmeza, descartando el intento de Geonsik de atribuir sus síntomas a una indigestión. Pero él no lo entendía.
«¿No bastará con un antiácido? Solo es un malestar estomacal.»
—Como está en etapa temprana, cuide su salud. Sobre todo en casos como el suyo, de alta susceptibilidad, el saco gestacional puede desarrollarse inmaduro y ser más riesgoso.
Después, el doctor le explicó con calma lo que debía tener cuidado y los suplementos nutricionales que serían buenos para él, pero nada de eso llegó a los oídos de Geonsik.
—¿Acaso hay algo más que le inquiete?
El doctor hojeó discretamente el historial del siguiente paciente antes de preguntar.
—Eh, sí… ¿Dónde voy a dar a luz al bebé?
—¿Cómo?
—No, no me lo diga. Prefiero no saberlo. Bueno, hasta luego.
Geonsik dejó al médico boquiabierto y salió de la consulta. Abandonó el hospital con la mirada perdida, como si le hubieran dado una sentencia de muerte.
Afuera, la llovizna seguía cayendo. Las gotas frías parecían bloquearle el camino, como si el mismo cielo se interpusiera en su destino.
No supo cómo llegó a casa. Una vez allí, se tendió en el suelo y miró al techo, aturdido.
—Puf, esto es el colmo.
Se frotó el vientre plano, casi hundido, con las palmas de las manos.
—¿Embarazado? ¿Yo? ¿Con este cuerpo?
Intentó imaginarse su abdomen creciendo, hinchado como el de los hombres que había visto en el hospital, pero le resultaba imposible.
—Maldito Dios. No vuelvas a mirarme nunca más.
Mordió su labio y maldijo a Dios sin piedad. Este maldito no tenía ni idea de lo que era la justicia. Ya estaba al borde del colapso por todo lo que había pasado, ¿y ahora encima tenía que quedarse embarazado y dar a luz?
—¿Esto es una broma? ¿Por qué tendría que parir un hombre?
Pateó el aire furiosamente hasta que, sin fuerzas, dejó caer sus extremidades y solo parpadeó, exhausto. Ya ni siquiera tenía energía para enfadarse.
«Pero… ¿de quién es este bebé?».
Al plantearse la pregunta fundamental, sintió que el suelo se movía bajo sus pies, como si todo su cuerpo temblara.
«¿Quién es el padre? No, espera, el padre soy yo. ¿O no? Si lo doy a luz, ¿soy la madre? No… Ah, esto es un lío. Entonces, ¿de quién diablos es este bebé?».
Si había quemado su propia vida para conseguir un final feliz, al menos merecía una conclusión alegre por compasión. Pero esto no era un final feliz, era un desastre.
—Misook… ¿Qué hago ahora?
Ante una realidad tan abrumadora y oscura, Geonsik pronunció el nombre de Misook por primera vez en mucho tiempo.
Pero Misook no estaba a su lado ahora. Esta situación era una carga que debía enfrentar completamente solo.
Hasta ahora, había creído que lo estaba haciendo bien, que estaba aguantando. Pero, al parecer, la vida no siempre seguía el rumbo que uno deseaba.
—Vamos, Geonsik, reacciona. Dicen que incluso si caes en la guarida de un tigre, todo estará bien si mantienes la calma.
Se dio una fuerte palmada en ambas mejillas, pero entonces se detuvo, preocupado por si podía afectar al bebé. Con una sonrisa amarga, dejó caer las manos.
Aunque no podía creerlo, dentro de él había una nueva vida. Lo que otros llamarían una bendición, él lo había negado, y ahora se sentía asqueado consigo mismo.
—Lo siento, pequeñín. No sé si soy tu padre o qué, pero te aseguro que me haré cargo de ti. Así que no te preocupes.
Le resultaba absurdo hablarle a su propio vientre, pero aun así, Geonsik lo acarició con ternura. La sensación bajo sus dedos era extraña. Aunque solo estaba tocando su propia piel, no sentía que fuera solo su cuerpo. Algo dentro de él le hacía estremecerse.
—Yo me encargaré de todo, de ti y de Dajung… Así que no te preocupes. Confía en mí.
Parado ante un camino donde no veía ni un paso adelante, Geonsik sentía que sus hombros pesaban demasiado para avanzar.
«Ojalá alguien iluminara el camino por mí. Ojalá alguien me tomara de la mano y me guiara. Ojalá alguien me preguntara si estoy cansado y me apoyara. Ojalá alguien me dijera que puedo descansar en ellos cuando me sienta agotado».
«Ojalá alguien compartiera esta carga conmigo…».
Pensamientos que nunca antes había tenido ahora lo atormentaban. Antes ni siquiera los habría considerado. No, antes ni siquiera habría podido.
Se reprochó por haberse vuelto tan débil.
«Si no puedes superar esto, ¿entonces qué?», se presionó. Decidió concentrarse únicamente en sus hijos.
—Voy a fortalecer mi corazón. Solo así podrán ser felices.
Pero por mucho que se lo repitiera, Geonsik no tenía idea de qué hacer ahora.
No podía decirle a ninguno de los cuatro hombres que estaba embarazado.
El futuro lo aterraba.
Geonsik abrazó su vientre y se acurrucó, como el bebé dentro de él. Pero a diferencia del niño, no había nadie que lo abrazara a él.

RAW HUNTER: DONACION
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN