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Extra 18

La boca de Elliott, que había estado hablando animadamente, de repente se cerró de golpe. Argen, que estaba intentando hacer un nudo con el cordón de la bata que llevaba puesta, giró su mirada hacia Elliott con expresión de curiosidad.  

—¿Qué pasa?    

—Es que…  

Elliott vaciló, bajó la cabeza y finalmente dijo:  

—Lo siento, pero creo que no puedo hacerlo.  

Mientras le enseñaba a hacer el nudo, se había sentido feliz. Le había caído bien Argen, quien mostraba curiosidad incluso por las cosas más triviales y lo escuchaba con entusiasmo. De pronto, Elliott pensó que le gustaría seguir teniendo este tipo de conversaciones. Que Argen lo lavara o se lo metiera… en lugar de eso. En lugar de ese tiempo pegajoso y pesado de adultos, podrían pasar un rato fresco, apagando las luces y charlando sobre temas divertidos y triviales. Era algo que no había hecho con alguien desde hacía mucho tiempo, y eso lo hacía desearlo aún más. Elliott había estado demasiado solo durante mucho tiempo.  

Pero Argen parecía pensar diferente. En cuanto Elliott expresó sus sentimientos, su rostro mostró decepción. Soltó el cordón que estaba sosteniendo y dijo:  

—Como dije, no tengo intención de forzarte. Entonces no hay necesidad de que te quedes a lavarte. Puedes irte. O volver a casa, si quieres.  

—¡No, es que…!  

—¿Qué?  

Sí, ¿qué era? ¿Qué se suponía que debía decir? ¿Que quería seguir hablando de cómo hacer nudos? ¿Que conocía decenas de consejos útiles para la vida? ¿En qué se diferenciaba eso de sugerir una fogata en la cama con las luces apagadas?  

Elliott sintió una vergüenza intensa hacia sí mismo. Bajó la mirada para ocultar su rostro enrojecido. Sabía que eso no escondería el color de su cara, pero la confusión bloqueó su racionalidad.  

Al ver a Elliott balbucear, sonrojarse y evitar el contacto visual, Argen pareció entender algo y dejó escapar un breve suspiro. Al oírlo, Elliott se sintió aún más intimidado. 

«En este momento, quiero romper una ventana y huir», pensó. Pero entonces Argen se alejó caminando.  

Cuando Elliott levantó la cabeza, preocupado de que se fuera, vio a Argen sentarse al borde de la bañera.  

—Ven aquí.  

Argen golpeó el espacio a su lado. Elliott, cauteloso, se acercó y se sentó. La bañera de mármol era enorme y espaciosa, suficiente para que dos hombres adultos se sentaran sin problemas.  

«En mi casa no hay bañera», pensó Elliott, deslizando la mano sobre la superficie.  

—Como dije, estoy exhausto. Mi cuerpo ha llegado a su límite.  

—Sí, claro….  

—Si insisto en tener sexo, es solo porque podría ayudarme a dormir. Ese es el objetivo final.  

Argen se pasó la mano por el cabello plateado y continuó:  

—Mientras logremos ese objetivo, no importa cómo. Si no quieres sexo, entonces ayúdame a dormir de otra manera, Elliott Brown.  

El rostro de Argen mostraba una fatiga tan pesada como la de un anciano. Parecía un dios que hubiera perdido todo su poder, o un prisionero que aceptaba su destino sin voluntad. No sabía de dónde sacó valor, pero Elliott lo miró directamente a los ojos.  

—Sé lo tortuoso que es no poder dormir. Cuando trabajaba dieciséis horas al día, estaba tan cansado y somnoliento que, si no hubiera podido dormir, habría muerto.  

—¿Die… dieciséis horas?  

—Ah, sí. Cuando era joven, trabajaba así. Ahora cumplo con el horario laboral legal, por supuesto.  

—¿Cuándo eras joven? Apenas pareces mayor ahora.  

—Ahora tengo veinticuatro. En esa época, tenía quince.  

—¿Empezaste a trabajar a los quince?  

—Bueno, no. Empecé a los catorce.  

Argen no se sorprendió exageradamente, pero miró a Elliott con ojos impactados.  

—¿Tus padres… no te lo impidieron?  

Elliott sonrió incómodo ante la pregunta.  

—Mi madre se divorció de mi padre cuando yo era muy pequeño y no supe más de ella. Y mi padre… ja, ja, digamos que fue el principal culpable de que terminara trabajando así.  

La expresión de Argen se volvió solemne. No era lástima, pero había una vaga ira y confusión en su mirada.  

—Fuiste el sostén de tu familia.  

—Bueno, sí.  

Elliott asintió con indiferencia.  

Había tenido esta conversación muchas veces antes. Cuando era niño y trabajaba, la gente que aún conservaba su amabilidad solía preguntarle por su situación. Si decía la verdad, lo compadecían o insultaban a sus padres. Él solo podía sonreír. Así que esta vez también estaba preparado para sonreír ante las palabras de Argen.  

Hasta que Argen dijo:  

—Debió ser duro. No sé si tengo derecho a consolarte.  

Elliott, desconcertado, agitó las manos.  

—No, en realidad no… Bueno, fue difícil, pero no es para tanto….  

Sintió que su rostro se calentaba. No entendía por qué reaccionaba así. Argen lo miró en silencio y luego preguntó:  

—Pensándolo bien, viniste en lugar de un empleado que cometió un error, ¿verdad? ¿Te ofreciste?  

Extrañamente, Elliott sintió ganas de llorar. Quería negarlo, pero era cierto que se había ofrecido, así que asintió con dificultad. Argen, como si lo hubiera esperado, dijo:  

—Las personas que viven sus vidas dando todo lo que tienen poseen una determinación especial. Probablemente pensaste que la empresa actuó de manera inhumana al despedir a ese empleado. Incluso si fue su error.  

«…».  

Era cierto. Helen había cometido un error, y el almacén había decidido sancionarla de la manera más fácil y estándar. A Elliott le pareció demasiado frío e inhumano. No era incorrecto, pero… aún así deseaba que alguien le diera otra oportunidad. Aunque ese alguien no fuera él. Solo era un empleado sin poder.  

—Pensé que… tú, Argen, podrías darle una oportunidad a Helen. Ah, Helen es el nombre de la empleada. Por eso vine en su lugar. Si Helen hubiera venido, se habría disculpado, compensado el error y habría sido despedida… Eso habría sido todo. No habría podido pedir por su propia salvación.  

Elliott habló despacio, pensando cada palabra. Argen lo escuchó hasta el final sin mostrar aburrimiento. Y entonces, de repente, inclinó la cabeza y besó a Elliott.  

—¡Eh!  

Los ojos de Elliott se abrieron como platos. Argen también abrió los ojos y mantuvo el beso, mirándolo. Chupó su labio inferior como si fuera un caramelo. Cuando Elliott cerró la boca y parpadeó, Argen se separó.  

—Eres increíblemente atractivo ahora.  

—¿Eh?  

—¿Ahora? ¿Aquí?  

Elliott lo miró, desconcertado.  

—Le pediré a los almacenes Lantar que mantengan a esa empleada en lugar de pagar compensaciones o gastos médicos.  

Argen acarició la espalda de Elliott mientras hablaba. Elliott contuvo la respiración.  

—¿Si yo… te lo pido?  

—No. Si me besas.  

Argen volvió a besar a Elliott. Esta vez, Elliott cerró los ojos y abrió la boca. La lengua larga, gruesa, caliente y suave de Argen se entrelazó con la suya. Sabía extrañamente dulce. Se sintió eufórico, y su excitación creció. Las manos de Argen ahora lo atraían hacia su cintura, con una fuerza firme pero afectuosa que lo mareaba.  

La lengua de Argen chupó la de Elliott, rozó su paladar y recorrió sus dientes. Cuando tocó el interior de sus mejillas, Elliott río sin querer. Era un beso tan placentero y excitante. Más refrescante de lo que esperaba. Como montar una atracción que navegara por el cielo, sintiendo las nubes rozar sus dedos.  

—Me siento bien….  

Cuando Argen detuvo el beso por un momento, Elliott habló como en trance. Argen sonrió levemente y murmuró:  

—Yo también.  

Y volvieron a besarse. Como adolescentes que acababan de descubrir qué era un beso, emocionados y semierectos, continuaron juntando sus labios. Podrían haber pasado diez minutos o cuatro horas. Cuando Argen bajó sus labios hacia el cuello de Elliott, este, aturdido, comenzó a desatar el cordón de su bata. El nudo que antes parecía imposible de deshacer se soltó fácilmente.  

Al ver los calzoncillos grises de Elliott abultados bajo la bata, Argen esbozó su característica sonrisa tenue. Elliott, con el corazón acelerado, apoyó su frente en el hombro de Argen. Incluso surgió en él un pensamiento autodestructivo: «No importa lo que pase ahora». Helen, los almacenes Lantar, todo se había evaporado.  

—Argen….  

Elliott susurró. Argen metió la mano bajo la bata y agarró su cintura desnuda.  

—Dime.  

—Creo que… prefiero que me laves tú.  

Argen sonrió.  

—Ya tenía planeado hacerlo, Elliott Brown.  

Robin: Moriii



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN 
CORRECCIÓN: ROBIN


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