Skip to content

ACOSB

  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks
ACOSB

Extra 21

Luicen despertó.    

Durante varios días, cada vez que abría los ojos por la mañana, reconocía al instante que el brazo que lo envolvía ya no estaba ahí, y miraba hacia atrás. El lugar donde solía estar Carlton estaba completamente vacío. Se levantó de golpe y salió corriendo al exterior, solo para descubrir que Zephyrus también había desaparecido.

«Dijo que partiría al amanecer…»

Lo había escuchado, pero quizás no lo había asimilado de verdad. Solo ahora que se había ido por completo, lo comprendía de verdad. Sentía un vacío en el pecho, como si le hubieran arrancado una parte del corazón.

HIIIIN.

El pony se acercó y apoyó la cabeza en la mano de Luicen. Él aspiró por la nariz con un leve sollozo.

«Ya que se iba, al menos pudo haber dicho algo. No tenía nada de malo que lo despidiera.»

Mientras culpaba a Carlton por haberse ido sin decir adiós, volvió al interior de la casa. Solo entonces se dio cuenta de que había salido corriendo descalzo. Se puso los zapatos y salió como de costumbre a revisar los alrededores.

Caminaba despacio, bajo el sol de la mañana. Sin alguien que lo molestara, alimentar a los animales fue tarea rápida. Iba a preparar el desayuno, pero no tenía ánimo, así que se terminó comiendo las sobras de la cena anterior, un poco de vegetales hervidos, masticándolos sin ganas.

Al dejar de masticar, no se escuchó nada más. La mesa, que antes parecía un poco estrecha para dos personas, ahora se sentía desoladamente vacía.

Era una mañana demasiado silenciosa.

«De verdad no está.»

Dicen que no se nota cuando alguien llega, pero sí cuando se va. Cuando Carlton apareció, no lo sintió tan fuerte, pero ahora que se había ido, la casa parecía vacía. Luicen miró la mesa con melancolía. Estar solo le resultaba abrumador.

«¿Qué se supone que haga ahora…?»

La verdad, tuviera o no a Carlton, siempre había muchas cosas por hacer. Incluso cuando él no estaba, Luicen disfrutaba de su vida en solitario. Pero, ¿por qué ahora era diferente? Solo por el hecho de que ya no estaba, no le apetecía hacer nada. No quería hacer solo las cosas que solía compartir con él.

En tan solo unos días, Carlton lo había convertido en alguien que ya no podía vivir solo.

Su estado de ánimo se hundía cada vez más, y la tristeza no desaparecía. De forma instintiva, miró alrededor de la cocina y vio las galletas que Carlton le había traído. Había intentado racionarlas por lo valiosas que le parecían, pero ahora las tomó todas y se sentó con ellas a la mesa. Se llenó la boca con un puñado, y al crujir bajo sus dientes, el dulce sabor se derritió en su lengua.

Jamás había probado algo así en su vida.

Incluso después de acabarlas todas, sabía que no podría olvidar aquel sabor, y lo extrañaría.

Esas galletas eran igual que Carlton. Un tipo de persona que jamás había conocido antes… y que, por más que intentara, no podría olvidar.

«En realidad… quería decirle que no se fuera.»

Deseaba que Carlton se quedara a su lado. Quería que la vida en esa cabaña continuara por mucho tiempo más. Pero también sabía que Carlton no era alguien que pudiera quedarse para siempre en su cabaña. Un animal herido, cuando sana, vuelve a su propio territorio. Luicen nunca había podido detener a ninguno de los animales que había cuidado cuando decidían marcharse.

«Aun así… tal vez debí decir algo.»

De pronto, Luicen se dio cuenta de su propia torpeza. ¡Carlton no era alguien incapaz de entender! Si le hubiese pedido que se quedara un poco más, habría sido capaz de comprenderlo. Si le hubiera hablado con sinceridad, ¿qué respuesta habría recibido?

Le había preguntado si quería irse con él. Aunque no fue capaz de darle una respuesta clara, tal vez Carlton también deseaba no tener que despedirse.

«…¿Soy un idiota…?»

Le pesaba no haberle dicho que no quería separarse de él. Le molestaba no haber sabido responder en ese momento. Quería preguntarle por qué deseaba llevárselo. Las palabras que no pudo decir empezaron a hervir dentro de él, como si fueran a explotar. Ya no podía quedarse quieto.

«¡Tengo que ir tras él…!»

Luicen se levantó de golpe y salió corriendo de la casa. Llevó al pony, montó y agarró el arado que estaba junto a la puerta. Manchitas empezó a ladrar mientras lo seguía con energía.

—Vamos, Manchitas. Vamos a buscar al señor.

Le lanzó a Manchitas una toalla que había usado Carlton. El perro, astuto como siempre, olfateó siguiendo el rastro tal como Luicen esperaba. Él lo siguió montado en el pony.

Después de recorrer durante un buen rato el bosque, salieron al otro lado. Se abrió ante él una amplia colina verde. El mediodía brillaba con fuerza bajo el sol.

Y allí, al pie de la colina, estaba Carlton. Iba solo, montado sobre Zephyrus.

«¿Por qué va solo? Qué frustrante.»

¿No se supone que si es un noble, sus subordinados vendrían en grupo a escoltarlo con gran pompa? ¿Acaso no lo están tratando como se merece? Luicen sintió un nudo en la garganta y estuvo a punto de llamarlo.

Pero entonces vio algo más, que no era Carlton.

Justo detrás de un árbol grande, al pie de la colina hacia donde Carlton se dirigía, había alguien escondido, cubierto con una capa negra y roja. Al observar con más atención, notó que había varios más alrededor.

«¿Esos son los hechiceros oscuros…?»

Recordó lo que había escuchado en aquella conversación. Incluso sin saber mucho, podía decir que esas personas no presagiaban nada bueno. Cuando comenzaron a murmurar algo, una neblina oscura y rojiza empezó a serpentear lentamente. Más allá de la niebla, había una multitud de ghouls.

Carlton, sin saber nada, avanzaba justo hacia donde ellos lo estaban guiando.

«¡Es una trampa!»

Estaba a punto de caer en peligro. Además, seguía siendo un hombre herido. ¡Tenía que protegerlo!

—¡Vamos!

Luicen azuzó al pony. Acostumbrado al dueño tranquilo, el pony se asustó ante la urgencia en su voz y bajó corriendo la colina.

──── ∗ ⋅✧⋅ ∗ ────

Mientras tanto, Carlton había dejado de prestar atención a las riendas y simplemente se dejaba llevar a donde Zephyrus quisiera. Zephyrus era lo suficientemente inteligente como para seguir el camino correcto sin necesidad de instrucciones, así que no era problema. El verdadero inconveniente era que lo único que llenaba su mente en ese momento… era Luicen.

No había pasado ni medio día desde que se fue, y ya lo extrañaba.

«Debí abrazarlo una vez más.»

Sabía que no cambiaría nada, pero aún así, le quedaban esas ganas, esa espinita sin resolver.

«No, mejor debí haberlo secuestrado de una vez.»

Era alguien dócil. Si lo hubiese llevado al castillo por la fuerza y lo trataba con cariño, tal vez habría terminado acostumbrándose y quedándose a su lado.

Pero eso no era lo que Carlton deseaba. Quería que Luicen lo siguiera por voluntad propia. Quería que pensara que su futuro con él sería más feliz que la vida en aquel bosque. Por eso no podía forzarlo a ir con él.

«Aah… Simplemente…»

No había previsto que le quedaría tanta nostalgia. Carlton había pensado varias veces en dar la vuelta con el caballo. Si no fuera porque tenía un plan definido, probablemente ya habría regresado. Pero en este momento, si regresaba, podría arrastrar a Luicen a una pelea. No podía permitirse eso.

«…Debe de estar por empezar.»

Carlton percibió sutilmente que el aire a su alrededor había comenzado a cambiar. Una energía siniestra se acumulaba justo frente a él, hacia donde se dirigía.

«Todo va según el plan.»

Carlton había expuesto deliberadamente su ubicación. Él mismo era el anzuelo, una carnada para atraer a los remanentes de los hechiceros oscuros. Su hombro estaba casi recuperado, podía blandir la espada sin problemas, y su ayudante ya le había provisto objetos imbuidos de poder sagrado. Sin importar qué trucos usaran esos tipos, estaría a salvo.

Todo estaba preparado.

«No pienso dejarlos escapar.»

Carlton esperaba con ansias la excitación del combate. Tal vez al pelear podría deshacerse de esa tristeza que lo invadía.

«¿Y si me vuelven a herir…?»

Sacudió esos pensamientos inútiles de su mente y apoyó la mano sobre la empuñadura de su espada. En ese momento, la niebla rojo oscura comenzó a alzarse desde el suelo.

—¡Esta vez te atraparemos!

La voz de un hechicero oscuro se oyó a lo lejos. Por el eco de sus palabras, Carlton ubicó de inmediato sus posiciones. 

«Bien, les cortaré la cabeza», pensó, y levantó la espada.

—¡Quítense del camino, malditos!

Luicen descendía colina abajo montado en su pony. Sostenía el arado hacia adelante como si fuera una lanza, y se lanzó al galope. Impulsado por la velocidad, atravesó la horda de ghouls y alcanzó al hechicero.

¡PAF! 

El arado golpeó la parte trasera de la cabeza del hechicero desprevenido.

—¿Luicen?

—¡Mi señor! ¡Espere! ¡Yo lo salvaré!

¿Quién se suponía que iba a salvar a quién? Luicen y su pequeño pony fueron rodeados de inmediato por los ghouls. Carlton apresuró a Zephyrus y se acercó rápidamente a su lado. Blandió su espada para abrirse paso y logró rescatar a Luicen.

—¡No los dejen ir! ¡Ataquen!

UOOOH—

La voz furiosa del hechicero oscuro retumbó en el campo. Los ghouls se lanzaron hacia Luicen y Carlton. El impulso que llevaban, controlados como estaban, era tan brutal que parecía que en cualquier momento los aplastarían.

Pero en los ojos de Carlton, no había espacio para nada más que Luicen.

—¡Es peligroso! Tenemos que escapar de inmediato…

—Luicen.

Carlton balanceó su espada con fuerza. En un solo movimiento, aniquiló a todos los ghouls dentro de un metro a la redonda. Con el tiempo ganado, tomó a Luicen por la barbilla y lo hizo mirarlo.

—¿Viniste a salvarme?

—…Sí.

—¿Por qué? ¿Por qué me seguiste?

—…Es que…

Solo había una respuesta que deseaba escuchar.

—¿Es porque me quieres? Dilo. Dime que sí.

Carlton lo miró, suplicante, esperando que su pensamiento fuera correcto. Luicen, aunque avergonzado, no fue capaz de mentirle o evadir su mirada.

—Sí. Me gusta. Por eso le seguí. ¿Y usted?

—Yo igual. Me gustas, Luicen. —Carlton respondió con una amplia sonrisa. Era una sonrisa llena de felicidad, como si lo envolviera por completo.

Al verla, Luicen también sonrió, olvidando por un instante la situación en la que estaban.

Los dos se besaron.

Ni la ominosa neblina rojo oscura ni los ghouls pudieron interrumpirlos.

—¿¡Qué demonios están haciendo esos!? —gritó uno de los hechiceros oscuros, completamente desconcertado.

—¡Solo ataquen! ¡Ahora!

Carlton, como si lamentara romper el momento, se separó del beso y atrajo a Luicen más cerca de él. Entonces, alzó su espada.

—¡Tropas, al ataque!

Junto con el grito de batalla, el sonido de los tambores retumbó en el aire.

¡DUM! ¡DUM!

Las tropas de Agnes, que estaban al acecho, se levantaron todas a la vez. Habían rodeado por completo al grupo de hechiceros oscuros. Aunque no esperaban que Luicen irrumpiera en la escena, gracias a eso habían ganado tiempo suficiente para cerrar el cerco con mayor precisión.

—¡Ataquen!

—¡Arrásenlos a todos!

Las tropas de Agnes iniciaron su ofensiva. Los hechiceros oscuros intentaban resistir usando su magia, controlando a los ghouls y monstruos para frenar el ataque. Sin embargo, como el ejército de Agnes ya los había enfrentado antes, supieron responder con habilidad. En número y en fuerza individual, los hechiceros oscuros estaban en clara desventaja. Pronto, comenzaron a caer uno a uno. Y con su caída, los ghouls también perdieron fuerza y se detuvieron.

Carlton, desde su posición, blandía la espada y bloqueaba todos los ataques que se dirigían hacia él. Luicen, con los ojos bien abiertos, observaba asombrado el desempeño de Carlton.

—Es increíblemente fuerte…

Mientras murmuraba asombrado, Carlton le guiñó un ojo.

La batalla terminó más rápido de lo esperado. El ayudante de Carlton se acercó a ellos.

—Confirmamos que todos los hechiceros oscuros han sido eliminados.

—Bien. Encárgate del resto.

—Sí, señor.

Luego de dar la orden, Carlton miró a Luicen.

—Vendrás conmigo, ¿verdad?

—¿Es porque no quieres separarte de mí?

—Sí. —Carlton respondió con total sinceridad. 

Luicen aspiró hondo, reuniendo valor, y contestó:

—Está bien.

¡Qué más daba el castillo ducal! Después de todo, había sido desterrado por su padre, había llegado al sur, y hasta se había adaptado perfectamente a vivir en un bosque desconocido. Comparado con eso, adaptarse al castillo—donde habría gente, comida y Carlton—parecía pan comido.

—Iré contigo… ¡Aaah!

Antes de que pudiera terminar de hablar, Carlton lo alzó de repente y lo sentó sobre su caballo.

—¡Vamos primero al castillo ducal!

—¡Sí, señor Duque!

Carlton espoleó su caballo y partió hacia el castillo llevando a Luicen. Galopaba con velocidad, como si temiera que Luicen pudiera arrepentirse. Esa prisa hizo reír a Luicen. El viento fresco soplaba en su dirección.

Una vez llegaran al castillo, una vida completamente diferente les esperaría a ambos. Pero no sentían preocupación alguna.

Por alguna razón, tenían la sensación de que todo saldría bien.

<Las circunstancias de un Duque en desgracia> — Especial, fin.

(Klynn: No importa en que universo estén, ellos dos serán felices, yo lo se. T-T)



TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


¿TE HAS CANSADO?

© 2026 ACOSB

No puedes copiar el contenido de esta página.

    Previous Post

  • EXTRA 20

    Next Post

  • EXTRA 22
Scroll to top
  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks