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Extra 6

«Perdí. Admito que perdí.»   

Para Carlton, era incomprensible que alguien pudiera amar tanto a un niño que lo convirtiera en alguien completamente dependiente, incapaz de hacer nada por sí mismo. Simplemente escapaba a su lógica.

Pero esta vez, Luicen tenía razón.

¿Maltrato? Todo había sido un malentendido suyo. Increíble. Ni siquiera con un hijo propio se llegaría a esos extremos. Carlton podía asegurar que su propio padre ni siquiera lo reconocería si se lo cruzara por la calle. 

«¿O no era precisamente el hecho de no ser su hijo de sangre lo que hacía que lo tratara con tanta crueldad? ¿Acaso se debía a que era el único heredero que había dejado el difunto Duque anterior?»

—Entonces prepararé un té que alivie el dolor de cabeza, señor. Por favor, quédese aquí un momento —el Administrador le habló a Luicen con cariño.

—Y usted, siga revisando los libros contables. Voy a dejar la puerta abierta, así que ni se le ocurra hacer nada indebido.

Y tras dejar esa clara advertencia a Carlton, salió del despacho. Carlton dejó escapar una risa incrédula.

JAAH…

—¿Lo ves? Yo tenía razón —dijo Luicen, con tono altanero, como esperando que le dieran la razón.

—Sí, sí. Tenías toda la razón. Yo fui el que tuvo una idea absurda.

—Pero, ¿cómo pudiste pensar algo así?

Luicen se echó a reír en voz alta. Carlton, por su parte, reflexionó sobre por qué había llegado a tener esa idea tan equivocada.

Para empezar, durante la toma del castillo, Luicen se había rendido de forma unilateral, y los vasallos, en protesta, se rebelaron contra él. Su relación parecía bastante mala. Además, el propio Luicen se veía débil, inseguro… como si tuviera la autoestima por los suelos.

«Pero lo que de verdad me convenció fue aquello…»

La anciana subterránea.

Verlo comerse con gusto aquellos vegetales que solo servían como forraje para los cerdos fue un verdadero shock. Fue entonces cuando Carlton se convenció de que Luicen había estado en tan mala situación por culpa del maltrato de sus vasallos que incluso había tenido que alimentarse con cosas que encontraba bajo tierra.

—Entonces, ¿la anciana subterránea fue algo que simplemente… te encontraste por ahí?

Luicen se quedó paralizado. «¡Ah! ¿Qué le había dicho a Carlton en ese momento? ¡Ya ni se acordaba!»

—Con unos vasallos tan sobreprotectores, ¿de verdad te dejaron comer algo como la anciana subterránea? ¿No dijiste que te criaron sin dejar siquiera que te ensuciaras los pies?

—Mmm… eso… bueno…

Luicen se esforzaba por encontrar una excusa desesperadamente. Se notaba por completo en su rostro que estaba intentando sacar alguna explicación de donde no la había.

—…Eso fue solo cuando era pequeño, jugando por ahí, ¿supongo? No lo recuerdo bien, jaja.

¿Eso fue lo mejor que pudo decir tras pensar tanto? Era evidente que se trataba de una excusa improvisada.

«Qué adorable.»

Carlton besó la frente de Luicen. Y en ese momento, le vino a la mente cierto hombre que había tenido una gran influencia en la vida de Luicen. No tenía intención de mencionarlo y arruinar el momento trayendo ese recuerdo, pero aun así, conteniendo su molestia, preguntó:

—¿No fue el peregrino manco quien te enseñó eso?

—¿Ah, sí…? ¡Debe ser eso!

—Pero parece que los demás no saben nada de ese peregrino.

—Bueno… solo estuvo de paso un tiempo. Supongo que por eso.

Luicen soltó una risa nerviosa, JAJAJA, mientras la espalda se le empapaba de sudor. Hasta él mismo sabía que su excusa era torpe y poco creíble.

«Por favor, que no me pregunte más. Solo eso pido.»

Miró a Carlton con ojos suplicantes. Sus pupilas, como de cristal, brillaban con intensidad. Las pestañas largas proyectaban sombras finas que temblaban con cada parpadeo. Su rostro delicado, lleno de angustia, lo hacía ver increíblemente vulnerable.

Sus palabras estaban llenas de huecos, pero señalarlo en ese momento se sentía como una crueldad innecesaria. ¿Para qué presionarlo sobre un pasado que claramente no quería compartir? Carlton pensó que, al final, quizá esa “verdad” ni siquiera importaba.

—Entiendo. Puede pasar.

Carlton dejó a un lado sus dudas y decidió seguirle la corriente. Luicen, visiblemente aliviado, sonrió con todo el rostro. Por un momento, el sombrío despacho del Administrador pareció llenarse de luz.

Entonces Luicen se lanzó a sus brazos y, juguetón, comenzó a balancearse de un lado a otro mientras lo abrazaba.

—¿Qué hacemos hasta la cena? ¿Te doy un paseo por el territorio? ¿O… nos vamos a la habitación?

—¿Y no piensas terminar la lección? Lo del dolor de cabeza era solo una excusa, ¿cierto?

—¡Podemos dejarlo para después! Además, sí que estaba difícil…

Carlton lo notó de inmediato: Luicen intentaba alargar la conversación solo para evitar la lección.

Luicen puso la misma carita de tristeza que había usado antes con el Administrador. Se acurrucó en los brazos de Carlton, buscando atención como si fuera un niño mimado. Aunque era evidente que estaba usando sus encantos para evadir responsabilidades, su sonrisa dulce lo hacía ver tan tierno que Carlton estuvo a punto de ceder.

Verlo actuar así era tan encantador que, por un momento, pensó que no estaría mal dejarse engañar.

Pero entonces recobró la compostura. Podía ceder en otras cosas, pero en esto no. Era algo que Luicen realmente necesitaba aprender. Si se acostumbraba a evitar lo difícil, acabaría sufriendo más adelante. En este caso, Carlton debía ser firme por su bien.

—No. El Administrador también dijo que esto era importante, ¿recuerdas?

Para que no se notara su duda, lo dijo con más firmeza de lo necesario. Luicen bajó la mirada, desanimado.

—Pero es que esto es muy difícil…

Y era verdad que no tenía ganas. Las letras por sí solas ya le costaban, los números también, pero tener que ver ambos al mismo tiempo lo hacía sentir como si el cerebro se le enredara antes siquiera de empezar. Se sentía tan abrumado que solo pensaba en posponerlo para más tarde.

Pero Carlton no cedió.

—Yo te voy a ayudar. Vamos, léelo otra vez.

—Hmm…

Aunque seguía sin muchas ganas, Luicen se convenció de intentarlo una vez más solo porque Carlton se lo pedía así.

—Empecemos por aquí.

Carlton señaló una parte del libro contable con el dedo. A diferencia de las pequeñas compañías de mercenarios, que se manejaban a ojo, una unidad del tamaño de la suya requería organización. Por eso, también había aprendido a leer libros de contabilidad con cierta soltura.

Con calma, le fue explicando todo paso a paso. Aunque Luicen seguía teniendo dificultades, Carlton lo animaba dándole pequeños besos o metiéndole dulces en la boca de vez en cuando. No era tan hábil enseñando como el Administrador, pero Luicen no quería mostrarse incompetente frente a su pareja, así que se esforzó con más determinación.

Y gracias a eso, poco a poco empezó a entender el flujo del registro.

—¡Creo que ya lo entiendo! ¡Wow, sí se puede!

Después de tanto esfuerzo, la sensación de logro fue enorme. Luicen sonrió, radiante y lleno de confianza. Carlton lo abrazó con entusiasmo, feliz de verlo así, y mientras lo llenaba de elogios, pensaba:

«¿Así fue, entonces…?»

Incluso ahora lograba ablandar el corazón de cualquiera… ¿cómo habría sido a los seis años? Solo de recordar los retratos que acababa de ver, Carlton no podía evitar imaginarlo. Luicen, de pequeño, era realmente diminuto y encantador. Cabello rubio suave, ojos azules resplandecientes y mejillas redondas sonrosadas. Era como un ángel.

Un niño tan bonito, que perdió a sus padres y de pronto tuvo que cargar con la responsabilidad de liderar una casa noble… No era raro que todos quisieran protegerlo y darle todo lo que pidiera.

«Si yo hubiera sido uno de sus vasallos…»

No, incluso ahora, si apareciera el pequeño Luicen, probablemente lo llevaría en brazos las veinticuatro horas del día, complaciendo cada uno de sus caprichos. Aunque no quisiera admitirlo, no podía negarlo. Ahora entendía cómo se sentían el Administrador y los demás vasallos.

EJEM, EJEM.

—He traído el té.

Justo en ese momento, el Administrador regresó al despacho.

—¡Administrador! ¡Mira, ya sé cómo leer esto! Carlton me lo enseñó.

Luicen anunció su logro con entusiasmo. El Administrador le sonrió con ternura, luego echó una mirada a Carlton. Sus ojos se encontraron. Carlton sintió un leve apuro de sostenerle la mirada como antes.

—Ha sido mérito del Duque.

—Escuché un poco desde fuera. Lo instruiste bien.

Una alabanza salió de los labios del Administrador, lo cual sorprendió a Carlton.

«¿Me está elogiando el Administrador? ¿Qué le pasa ahora?»

Era totalmente inesperado.

En realidad, el Administrador, al darse cuenta de que había dejado a Carlton y Luicen solos en el despacho, había dado media vuelta mientras iba por el té. Pero en ese momento escuchó a Luicen intentar convencer a Carlton para que dejaran el estudio y se fueran a jugar.

«Ah, otra vez fingiendo.»

Era una táctica que Luicen había usado muchas veces desde pequeño, y aun así el Administrador seguía cayendo. Aunque era evidente que fingía, en el momento, su preocupación siempre terminaba ganando. Era una mezcla de instinto protector y la costumbre de haber cuidado de él durante tantos años.

«Quizá esto sea el límite de alguien viejo.»

Sabía perfectamente que consentir todos los caprichos de Luicen no era lo mejor para él, y aun así, sin darse cuenta, terminaba cediendo.

También sabía que interferir en quién estaba al lado de Luicen no era apropiado para un vasallo. Sin embargo, para quienes lo habían servido durante tanto tiempo, Luicen seguía siendo, como antes, ese joven maestro frágil y entrañable.

Ellos habían envejecido. Y sabían que no podrían cuidar de su joven señor por siempre. Era ley de vida que se marcharían antes que él.

Por eso, si Luicen debía compartir su vida con alguien, el Administrador solo deseaba que fuera alguien que lo amara tanto como ellos. Alguien que lo apoyara incondicionalmente, pero que, a diferencia de ellos, también supiera ser firme cuando fuera necesario. Por encima de todo, alguien que pudiera hacerlo feliz.

La familia o el género… no eran tan importantes.

«Y si pudiera darme un último capricho, me gustaría pasar mis últimos años cuidando a un bebé que se parezca a Luicen…»

En ese sentido, Carlton no le parecía adecuado como pareja de Luicen. Ya no lo veía con tanta antipatía como antes. Tenía habilidades y gozaba del respeto de sus subordinados. Esos subordinados también eran buenas personas. Como señor feudal vecino, era alguien en quien se podía confiar y trabajar en conjunto. Por eso mostraba cierta amabilidad al enseñarle.

Sin embargo, la preocupación lo dominaba. ¿Hasta qué punto serían sinceros los sentimientos de Carlton por Luicen? Luicen era tan atractivo que resultaba admirable, así que tal vez ahora mismo estuviera entusiasmado, pero era incierto si sería el tipo de pareja que deseaban el Administrador y los vasallos. ¿Cuánto podría sacrificarse un hombre orgulloso de sí mismo por el bien de Luicen?

Cuando el Administrador estaba por entrar a su despacho, escuchó la respuesta de Carlton.

{—No. El Administrador también dijo que esto era importante, ¿recuerdas?}

Fue una respuesta muy firme. El Administrador, más que nadie, sabía bien lo difícil que era aquello. Escuchaba cómo Carlton le explicaba a Luicen con paciencia, paso a paso. Si notaba que Luicen tenía dificultades, cambiaba un poco sus palabras para ayudarle a entender. Luicen también respondía con empeño, siguiéndole el ritmo.

Esa voz resultaba muy agradable de oír.

«Si Carlton sigue así por unos diez años, creo que se habrá ganado mi reconocimiento.»

El Administrador soltó el pomo de la puerta y se dio la vuelta. Debería preparar un té que despejara la mente y un bocadillo que le gustara a Luicen.

«En cuanto a Carlton, con lanzarle unas frutas al azar bastará.»

Seguía siendo tan tacaño como siempre, pero era la primera vez que al Administrador se le ocurría darle algo a Carlton por separado. Cuando regresó al despacho, ya no fue capaz de mirarlo con la misma intensidad de antes. Después de todo, Carlton merecía reconocimiento por su esfuerzo al enseñar a Luicen. Tal vez por eso, él tampoco lo miraba con la hostilidad de siempre.

«¿Será solo mi imaginación? ¿Qué le pasa a ese tipo?»

Fue una coincidencia que tanto el Administrador como Carlton experimentaran ese cambio interno al mismo tiempo, pero como ninguno de los dos tenía forma de saberlo, desviaron la mirada hacia Luisen con torpeza. Tampoco sabían que era la primera vez que no se miraban con hostilidad.

♥♥♥

Eso no significaba que la relación entre el Administrador y Carlton hubiera mejorado demasiado. Durante todo el invierno, ambos sostuvieron una silenciosa guerra de nervios con Luicen atrapado en medio, y la gente de la Casa Ducal seguía mirando a Carlton como si fuera un ladrón.

Sin embargo, ya no se entrometían en sus noches y, cuando de vez en cuando Carlton amanecía en la cama de Luicen, hacían todo lo posible por ignorarlo y fingir que no lo veían.

Carlton también dejó de mostrarse hostil hacia los habitantes de la Mansión Ducal. Si no eran enemigos de Luicen, ¿no sería mejor ganarse su simpatía, ya que tendría que verlos seguido? Actuaba con afabilidad, haciendo notar su presencia de forma sutil.

Como resultado, Luicen vivió el mejor invierno de su vida. Tenía a su amante y salvador a su lado, daba órdenes a sus vasallos, y disfrutaba de la riqueza y el poder de la Casa Ducal. Eran días en los que no tenía absolutamente nada que envidiarle a nadie.

Luicen merecía ser llamado el verdadero ganador de esta contienda.



TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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