Capítulo 131
Mientras Luicen discutía con sus sirvientes sobre sus planes, Carlton observaba en silencio desde un rincón. Su expresión era tan desagradable que su subalterno, con cautela, le preguntó:
—¿Discutió con el Duque?
—No.
Carlton puso cara seria. Definitivamente hay un problema, pensó el subalterno.
—Quizás sea mi impresión, pero parece que el Duque lo está evitando, señor.
Desde hacía rato, Luicen no había mirado ni una sola vez hacia Carlton.
—…
Carlton no respondió, negándose a admitirlo.
No era que no se hubiera dado cuenta de que Luicen lo evitaba desde el día anterior. Aunque Luicen fingía indiferencia, era evidente.
Carlton decidió esperar. Temía que, si demostraba que lo había notado, el estado de Luicen empeoraría. Al no conocer la razón, optó por ser cauteloso.
Pero después de hablar con el Papa, Luicen lo alejó aún más.
«Eso… definitivamente fue un rechazo».
Aún le ardía el recuerdo de la mano que Luicen había apartado. El gesto de Luicen había sido tan ligero como el aleteo de una mosca, pero para él, fue una herida profunda.
Se sentía furioso y molesto. Quería volcar todo por completo, pero temía parecer inmaduro, así que contuvo su ira. No tenía idea de qué había provocado el cambio en Luicen. La situación era exasperante.
Lo único que lo mantenía cuerdo era que Luicen aún lo tenía en mente. Aunque fingía indiferencia, sus miradas furtivas y su expresión culpable lo tranquilizaban un poco.
—¿Qué se hace en estos casos?
No tenía ni idea. Con cualquier otro, le habría agarrado del cuello y le habría partido la cabeza hasta que confesara. Pero no podía levantarle la mano a esa linda cara. Temía que, si se equivocaba, Luicen terminaría odiándolo de verdad.
—En estos casos, lo único que funciona es hablar, señor.
—¿Hablar?
—Sí. Pregúntele directamente por qué lo está evitando. Escuche con atención y responda de manera empática. No hay mejor método.
Hablar… definitivamente no era su estilo.
El subalterno, frustrado, añadió:
—Usted quiere al Duque, ¿no? Incluso ha planeado un futuro juntos. Pero… se me ocurre algo.
—¿Qué?
—¿Sentirá el Duque lo mismo por usted?
El subalterno había escuchado de Enis las coloridas historias amorosas de Luicen. En ellas, Luicen era el típico chico malo, y eso lo preocupaba.
—¿No sería mejor aclarar su relación o establecer algún compromiso? ¿Qué hará si es el único que está obsesionado?
—…
Esta conversación lo irritaba, pero no podía negar que tenía razón.
Carlton no estaba seguro. Luicen parecía considerarlo especial, pero no sabía si sentía lo mismo que él. Después de todo, Luicen tenía un lado frívolo.
Por eso, aunque sabía que su relación era ambigua, la dejó así. Temía que, al intentar definirla, Luicen rechazara ser su pareja. Era tonto, pero era la primera vez que Carlton consideraba a alguien especial, y eso lo hacía cauteloso. Además, con el problema de los adoradores de demonios al frente, prefería ocuparse de eso primero.
«¿Era por eso?»
Aunque hubo oportunidades, nunca pasaron de besarse y acariciarse. Sintió que no habían cruzado una línea decisiva. Ahora parecía entender por qué.
«Hablar…».
Ciertamente, esta ambigüedad prolongada no encajaba con su temperamento.
Aunque el método de resolverlo con una conversación sincera le resultaba difícil y ajeno, si eso podía solucionar la situación, valía la pena intentarlo.
Sin embargo, poner su decisión en práctica no fue fácil.
Luicen usaba a sus sirvientes como escudos para evitarlo. Y como estos ya se sentían incómodos con Carlton, lo bloqueaban activamente.
Ante esto, Carlton comenzó a enfurecerse. Surgió en él la determinación de descubrir la razón de este comportamiento.
***
De pronto, ya era de noche.
Luicen, vestido con su pijama, se desplomó sobre la cama. El día había pasado en un frenesí de actividad. Entre los preparativos para el banquete y los planes de batalla, estuvo tan ocupado que incluso con dos cuerpos no habría tenido suficiente.
«Al menos así fue fácil evitar a Carlton…».
Carlton no dejó de buscarlo, intentando encontrar un momento a solas, pero Luicen lo esquivó. Al principio, fue por el recuerdo del peregrino manco, pero, a medida que la expresión de Carlton se volvía más aterradora, terminó evitándolo todo el día. Aun así, se sintió aliviado de que Carlton lo persiguiera. Qué patético sentir alivio porque, a pesar de rechazarlo, él no se aleja.
«¿Siempre he sido tan mezquino?».
Luicen se retorció en la cama, abrumado por su propia miseria, hasta que finalmente se quedó sin fuerzas.
«Ugh, no puedo seguir así».
Suspiro y cerró los ojos. ¿Lo pensaré mañana? ¿Realmente necesito resolver esto? ¿No se arreglará solo si lo dejo pasar? Su viejo hábito de evadir los problemas resurgía.
CLICK.
Un sonido casi imperceptible llegó a sus oídos. Demasiado agotado para moverse, Luicen permaneció acostado. Pero entonces el colchón se hundió, y alguien se subió encima de él.
—¡Carlton!
Reconoció su peso al instante. Luicen intentó incorporarse, pero Carlton le presionó el pecho con una mano. La delgada camisa de dormir dejaba que el calor de su palma se transmitiera directamente a la piel. Con habilidad, Carlton atrapó sus muñecas y las inmovilizó.
Luicen forcejeó, pero cuanto más lo hacía, más se desordenaba su ropa, dejando al descubierto sus muslos. La rodilla de Carlton se deslizó entre sus piernas, presionando para impedir que se moviera. La posición, íntima y restrictiva, generaba una sensación embarazosa.
La mirada de Carlton recorrió su cuerpo. El rostro de Luicen se incendió.
Incapaz de moverse, Luicen desvió la mirada. Pero Carlton estaba demasiado cerca. Sorprendentemente, para alguien que había irrumpido en su habitación a medianoche, Carlton parecía completamente sereno.
—Ahora que no puede huir, hablemos.
—¿De qué?
—¿Qué dijo el Papa? ¿Por qué me está evitando?
—Eso…
No podía hablar sobre la regresión. Tampoco creía poder inventar una excusa que Carlton aceptaría. Cualquier cosa que dijera, terminaría siendo interrogado sin piedad.
«Hay que escapar».
El peregrino manco le había dicho que huir no resolvería nada, pero ¿qué importaban las enseñanzas de un mentiroso?
Con las manos atrapadas, no tenía opción. Luicen intentó golpear la barbilla de Carlton con la frente. Carlton esquivó con facilidad, pero soltó sus muñecas. Luicen aprovechó para intentar escapar.
—¿Me está usando lo que yo le enseñé, contra mí?
Carlton también estaba furioso. ¿Vine a hablar civilizadamente, y aún así huye? Agarró a Luicen por la cintura y lo arrojó de vuelta a la cama, envolviéndolo como un burrito en las sábanas. En segundos, Luicen quedó hecho un fardo.
Luicen se retorció como un gusano. Con las extremidades atrapadas, ni siquiera podía levantarse.
—Así no podrá huir.
—Pues que no huya entonces.
Carlton respondió secamente mientras lo sentaba. Luicen, con la cabeza caliente, ya no tenía filtros. Él fue engañado, el peregrino (Carlton) lo mintió, ¿y ahora Carlton viene a interrogarlo?
—¿Quién cree que huye porque quiere?
—Por eso le digo que hable. ¿O es que le desagrado?
—¿Qué clase de conclusión es esa? ¿Quién dijo que te odio?
Luicen frunció el ceño. Visiblemente, Carlton se relajó.
—Entonces, ¿por qué hace esto?
Los ojos de Luicen ardieron. Quiero llorar. Ya no puedo huir, no sé qué hacer. Al diablo con todo.
—El Santo… me engañó.
—¿Eh? ¿Ese tal peregrino de un brazo?
Carlton estaba atónito. ¿Por qué mencionarlo ahora?
—Creí que me ayudó por pura bondad. Pero no. Se acercó a mí sabiendo que era el Duque de Agnes. Ni siquiera era un peregrino.
—Ah…
Carlton no se sorprendió. Incluso en la versión edulcorada que Luicen le había contado, el peregrino no parecía genuino. Olía a alguien de su misma calaña.
Así que no le chocó la revelación. Lo que sí le sorprendió fue lo herido que parecía Luicen por la mentira. ¿Cómo ha sobrevivido este hombre en un mundo tan cruel?
—Pero, ¿qué tiene que ver con que me evite?
—…Lo siento. Te pareces demasiado a él, y era difícil mirarte.
No podía decir que eran la misma persona, así que se limitó a eso.
Carlton no podía creerlo. ¿Me evitas por un estafador?
Estuvo a punto de protestar, pero recordó las palabras de su subalterno: escuchar y responder con empatía. Así que, en cambio, abrazó a Luicen, aún envuelto en la sábana. Era increíblemente mullido.
—Entiendo. Te dolió mucho.
En el fondo, no le disgustaba. Le molestaba la devoción de Luicen hacia el peregrino. Esta era su oportunidad de borrarlo de su corazón y ocupar el primer lugar.
—Vaya pedazo de basura. Con razón hablaba tan grosero, actuaba como un salvaje y tenía ese temperamento explosivo.
—Mmm…
Carlton, sin darse cuenta de que estaba insultándose a sí mismo, se deleitaba en criticar al peregrino. Luicen lo escuchó con una expresión ambigua.

TRADUCCION:ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY