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Capítulo 128

Carlton entró en la habitación y dejó una bandeja sobre la mesa frente al sofá donde Luicen estaba recostado. Un aroma delicioso flotaba en el aire. La comida en la bandeja era una sopa cremosa, cocida a fuego lento con trozos tiernos, un plato ligero pero reconfortante. Era evidente que Carlton había sido meticuloso al elegir algo que no sobrecargara el estómago.      

—Qué rico se ve —murmuró Luicen.  

Carlton sonrió levemente. El cabello de Luicen, que acababa de levantarse del sofá, estaba despeinado.  

—¿Dormiste un poco?  

Carlton le arregló el cabello con cuidado. La sensación de aquellos dedos grandes y callosos acariciando su cabeza le produjo un cosquilleo que llegó hasta el pecho. Era como si todas sus preocupaciones se derritieran en ese instante.  

Carlton se sentó junto a Luicen.  

—Me preocupé cuando dijeron que habías omitido la cena.  

—Fue sin querer, simplemente se me olvidó —respondió Luicen.  

La expresión de Carlton se tornó seria.  

—El Duque que incluso después de recibir un golpe por parte de Ruger seguía comiendo con apetito… ¿Olvidarse de comer? ¿Seguro que no estás enfermo?  

—Todos tenemos esos días, ¿no?  

Luicen lo dijo como un chiste, pero Carlton no estaba bromeando. Le tocó la frente con la mano.  

—No tienes fiebre… pero antes, cuando te reuniste con el gran señor del este, también te veías pálido. ¿Debería llamar a un médico?  

—No, solo estoy cansado.  

—¿Es por los vasallos? —preguntó Carlton con cautela.  

—¿Los vasallos? Ah, sí. Hoy fue un día ocupado.  

Luicen respondió evasivamente. Si hubiera sabido que Carlton aún guardaba un gran malentendido sobre su infancia, habría sido más sincero. Pero, lamentablemente, Luicen no tenía la perspicacia para notar ese nivel de confusión.  

—Si alguien te está molestando, dime. No lo soportes en silencio. Estoy aquí para ti.  

—Sí.  

Luicen sintió un remordimiento agudo. Hacía apenas unos momentos, había estado pensando que Carlton, más que un peregrino manco, tenía un carácter insoportable. Esa idea solo intensificó su culpa.  

—Aunque estés cansado, debes comer bien.  

Carlton tomó una cuchara y sirvió un poco de sopa. Con delicadeza, la acercó a los labios de Luicen.  

—Podría comer yo solo.  

—Dijiste que estabas cansado.  

Luicen iba a protestar que no estaba tan débil como para no poder sostener una cuchara, pero Carlton parecía tan contento que decidió seguirle el juego. Además, se sentía un poco culpable.  

Con docilidad, abrió la boca y aceptó el bocado.  

La sopa estaba caliente y sabrosa, perfecta para calmar el vacío en su estómago. Las verduras, cocidas hasta quedar tiernas, se deshacían suavemente al comerlas.  

«Está rica, pero…».  

La situación era un poco incómoda y a la vez dulce, pero el problema era que Luicen no estaba de humor para disfrutarla.  

De nuevo, un recuerdo del pasado vino a su mente. No era alguien con buena memoria, entonces, ¿por qué estas cosas siempre lo atormentaban?  

La primera vez que conoció al peregrino manco, Luicen estaba al borde de la muerte. Incluso después de recuperarse, tuvo que permanecer en cama por un tiempo. Como no tenía fuerzas ni para levantar un brazo, el peregrino manco le daba de comer.  

Aquel hombre solo estaba cuidando de un enfermo, y el ambiente no era ni remotamente tan dulce y tierno como ahora. Sin embargo, Luicen no podía evitar mirar fijamente la mano de Carlton, suspendida frente a él. Era una mano áspera, marcada por los años, pero que sostenía la cuchara con extrema delicadeza.  

Esa imagen lo hacía recordar demasiado a él.  

Con un mareo repentino, Luicen cerró los ojos con fuerza.  

«Esto no está bien».  

Desde que se dio cuenta, no podía separar a Carlton del peregrino manco en sus pensamientos. Cada pequeño detalle, por insignificante que fuera, parecía destacarse de manera anormal. Si seguía así, terminaría convencido de que eran la misma persona.  

—¿Duque? ¿Estás bien?  

Si continuaba así, Carlton empezaría a sospechar. Pero Luicen no podía mirarlo sin sentirse incómodo.  

—Carlton, ¿podrías ir a llamar al médico?  

Decidió fingir una enfermedad para escapar de la situación.  

—Enseguida lo traigo. Sabía que algo andaba mal.  

Carlton lo acostó en el sofá y salió rápidamente de la habitación en busca del médico.  

Poco después, llegó el médico. Presionado por Carlton, el hombre examinó a Luicen sin siquiera tomar aliento. Aunque el Duque estaba perfectamente sano, su falta de apetito inusual para alguien de buen comer le permitió mantener la farsa. El médico concluyó que era solo cansancio y le dejó un té de hierbas para ayudarlo a dormir antes de irse.  

Carlton permaneció a su lado, preocupado, hasta que, una vez que el médico se fue, lo cargó y lo llevó a la cama.  

«Tengo las dos piernas sanas, no soy un niño para que me carguen hasta la cama…».  

Era una situación embarazosa, pero era el precio de su engaño, así que se resignó a acostarse.  

—Tú también vete a descansar.  

—Me quedaré a tu lado.  

—No.  

De lo contrario, no tendría sentido haber fingido.  

—Quiero estar solo. Tomaré el té y dormiré, estaré bien.  

Ante su insistencia, Carlton finalmente asintió. Observó cómo Luicen bebía el té y se acostaba antes de salir de la habitación. Como Luicen deseaba, no tendría que verlo de nuevo por el resto del día.  

«Lo siento, Carlton. Mañana estaré mejor».  

Convencido de que solo había sido una reacción exagerada por la sorpresa, Luicen cerró los ojos, exhausto.  

Ya fuera por el efecto del té o por el agotamiento mental, no tardó en quedarse dormido.  

***  

Al día siguiente, por la tarde, Luicen y Carlton se dirigieron a la iglesia en un carruaje. Morrison, a través de un sacerdote, les había pedido que acudieran por la mañana. Como Luicen estaba bajo investigación por el crimen de suplantación de peregrino, nadie encontró extraño su viaje.  

El interior del carruaje era silencioso. Luicen miró de reojo a Carlton, quien estaba sentado con los brazos cruzados. Debido a su cargo por el intento de asesinato del primer príncipe, llevaba una capucha para evitar llamar la atención. La línea de su mandíbula, apenas visible bajo la tela, atraía la mirada de Luicen, llevándolo de nuevo a preguntarse cómo habría sido el peregrino manco.  

Con un suspiro, Luicen volvió la cabeza hacia la ventana.  

«Me equivoqué al pensarlo».  

El día anterior, creyó que los recuerdos del peregrino manco surgían por la sorpresa y el pánico. Pensó que, después de dormir y alejarse de esas sospechas persistentes, todo volvería a la normalidad.  

Pero una vez que la duda se instaló en su mente, se negó a desaparecer. Cada vez que veía a Carlton, no podía evitar compararlo con el peregrino manco. Cada similitud lo hacía estremecer, y la incomodidad al mirar a Carlton crecía.  

Luicen pasó el día evitándolo con excusas varias. Aunque sus reuniones con los vasallos le dieron una cobertura natural, Carlton era perceptivo. Si continuaba así, notaría que algo andaba mal.  

«Ojalá pudiera confirmar de una vez si es él o no».  

Atormentarse con una pregunta sin respuesta lo dejaba frustrado. ¿Cómo podía soportar esta incomodidad, cuando ni siquiera podía estar cerca de él sin sentirse extraño?  

Como Luicen había mencionado que podría marearse, Carlton no inició conversación. Pero, consciente de que lo estaba evitando, el silencio se volvió insoportablemente incómodo.  

Mientras tanto, el carruaje llegó a la iglesia. Era el mismo lugar donde Luicen había sido detenido por los caballeros sagrados. La más grande de la capital, con múltiples instalaciones además del santuario. Naturalmente, había mucha gente observando cuando el carruaje de Luicen llegó.  

Carlton bajó primero, seguido por Luicen. Las miradas de la multitud se posaron sobre él, y en su nerviosismo, Luicen tropezó. Carlton lo sostuvo con firmeza, evitando que cayera frente a todos.  

«Qué mareo».  

Si se hubiera caído, los periódicos habrían dicho: “Luicen Agnes se desploma del carruaje por el miedo a ser investigado”.  

—Ten cuidado —susurró Carlton.  

Mientras Luicen se recuperaba, un sacerdote se acercó. Era el encargado de guiarlos. Los condujo hacia el interior del edificio, adentrándose en zonas cada vez más solitarias. Carlton, alerta, se pegó más a Luicen.  

Finalmente, llegaron a un pasillo con una puerta al fondo.  

—Ahí es. Mis órdenes eran acompañarlos hasta aquí.  

—¿Ahí está la persona que me llamó?  

—Sí.  

¿Morrison estaba allí? Podría haberlo visitado en la mansión en lugar de hacer todo este teatro.  

—Iré primero —dijo Carlton.  

—Está bien.  

No estaba de más ser precavido.  

Carlton se adelantó, cruzó el pasillo y abrió la puerta, protegiendo a Luicen con su cuerpo.  

—Esto es… —murmuró, desconcertado.  

Cuando Luicen entró, entendió por qué.  

Tras la puerta había un invernadero bañado por la luz del sol. Adentro había flores comunes del sur, junto con plantas de hojas puntiagudas propias del norte. Era extraño ver plantas de invierno y verano coexistiendo.  

En medio de todo, había un hombre. Vestía una túnica blanca de sacerdote y aparentaba unos veinte años.  

—No es Morrison.  

Carlton, alerta, puso la mano en su espada. El ambiente del lugar era distinto al exterior, y Carlton lo había notado.  

—No, espera. Él no es peligroso.  

Luicen detuvo a Carlton, colocando una mano en su brazo. Luego dio un paso al frente, parándose a su lado.  

Reconocía ese rostro. La última vez que lo había visto fue durante su ceremonia de mayoría de edad, poco después de convertirse en adulto. Sumando el tiempo antes de su regresión, hacía más de una década. Aún conservaba ese aspecto juvenil, pero sus ojos rojos, profundos como los de un anciano, parecían contener llamas.  

—Por fin nos conocemos, Su Gracia.  

La persona que los esperaba era el Papa.



TRADUCCION:ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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