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Capítulo 126

El subjefe habló con una expresión que incluso parecía solemne:  

—Yo confío en el Duque.     

—Ah… ¿Gracias?  

Aunque fue inesperado, como parecía un cumplido, Luicen respondió con agradecimiento. Para ser alguien que había entrado corriendo sin siquiera tocar la puerta, sus palabras sonaban bastante simples. Sin embargo, Carlton pensó diferente:  

«Que el subjefe diga algo así de repente… significa que alguien ha expresado su desconfianza hacia el Duque».  

Luicen abrió los ojos grandes, alternando su mirada entre Carlton y el subjefe. Este último, con expresión incómoda, respondió en su lugar, confirmando indirectamente las palabras de Carlton. No era algo que pudiera atribuirse a alguien en particular, sino más bien un ambiente generalizado.  

«Es comprensible».  

La mayoría de los sirvientes reunidos en la mansión de la capital habían participado en la guerra civil por orden de Luicen, fueron capturados como prisioneros y luego regresaron a la casa ducal. Habían sufrido enormemente debido a los errores de juicio de Luicen, así que era natural que estuvieran llenos de desconfianza hacia él. Que no hubieran abandonado la casa ducal, a pesar de llamarlo adorador de demonios en su cara, ya era un acto de lealtad como sirvientes.  

«Era de esperarse, pero escucharlo de boca de otros… duele más de lo que pensaba».  

Era un caso de harakiri, no podía culpar a nadie más. Luicen emitió un pequeño gemido ahogado. Al ver que Luicen no podía hablar, Carlton intervino:  

—¿Podría decirnos qué tipo de conversaciones hubo? ¿Acaso alguien dijo que no podía seguir las órdenes del Duque?  

—No es eso. Todos reconocen la gravedad de la situación y, como sirvientes del Duque, seguirán sus órdenes. Solo que…  

—Entonces, lo que se discutió fue que, como les resulta inquietante confiar únicamente en las instrucciones del Duque, también están considerando otras alternativas.  

—Exactamente.  

Luicen escuchó en silencio la conversación entre Carlton y el subjefe. Mientras su expresión se oscurecía gradualmente, el subjefe añadió rápidamente:  

—No hay necesidad de preocuparse. Incluso aquellos sirvientes que desconfían del Duque cambiarán de opinión una vez que lo vean de cerca.  

—¿Acaso el corazón de las personas cambia tan fácilmente?  

—Sí. Porque yo lo hice.  

El subjefe lo afirmó con convicción.  

Cuando Luicen regresó a la mansión de la capital, el subjefe había sido quien más desconfiaba de él. A pesar de escuchar historias sobre sus hazañas y las palabras del jefe sobre su cambio, pensó: «¿Qué podría cambiar en ese buen-para-nada?».  

Pero al observarlo de cerca, su opinión comenzó a transformarse. Luicen ya no era débil, ni incompetente, ni un inútil. En medio de crisis donde la vida pendía de un hilo, demostró ser fuerte y capaz de convertir el peligro en oportunidad para buscar un contraataque.  

Incluso cuando todos se rendían ante la desesperación de estar rodeados por los caballeros reales, Luicen no se dio por vencido. Usó la autoridad de la casa ducal para presionar al líder de los caballeros reales, creando una brecha, y luego involucró a la iglesia para expulsarlos—una audacia que dejó al subjefe asombrado.  

El subjefe recordó la espalda de Luicen mientras lideraba a los grandes señores hacia el palacio real. Grandes señores mucho mayores en edad y experiencia que él, levantaron sus pesados traseros y lo siguieron con solo unas pocas palabras suyas.  

En ese momento, el subjefe estuvo seguro: Luicen no era un inútil. Simplemente no había encontrado el entorno adecuado para florecer. Una aventura inesperada y la adversidad lo habían hecho crecer hasta este punto.  

Al llegar a esa conclusión, sintió remordimiento. «¿Acaso nosotros, los sirvientes, incluido yo mismo, le robamos las oportunidades de crecer bajo el pretexto de protegerlo?».  

«Esta vez, debo apoyarlo para que pueda desplegar sus habilidades plenamente».  

Ver a los sirvientes que aún creían que Luicen era un inútil solo fortaleció su determinación. Para evitar que Luicen se sintiera intimidado por la frialdad de sus sirvientes, corrió apresuradamente a la oficina para decirle que creía en él y lo apoyaba. Por eso, sus palabras habían sonado tan abruptas, especialmente al descubrir la relación entre Carlton y Luicen.  

Pero, después de todo, ¿quién era Carlton? El espadachín descubierto y criado por el primer Príncipe, conocido como la espada del primer Príncipe. A pesar de su talento, su arrogancia y odio hacia la nobleza eran incontrolables incluso para el primer Príncipe. Sin embargo, Luicen lo había domesticado, haciéndolo seguirle con lealtad. ¡Luicen logró lo que ni el primer Príncipe pudo!  

Al mirar a Carlton, el subjefe no solo sintió admiración hacia Luicen, sino también orgullo por sus habilidades.  

—Así que, Duque, no se preocupe por nada más. Avance con lo que desee hacer, y yo me encargaré de apoyarlo con todo lo que tenga.  

—Subjefe…  

—Creo que la gloria de la casa ducal estará en el camino que usted trace.  

El subjefe lo declaró sin vacilar. Como alguien que había presenciado de cerca la vida libertina de Luicen, su reconocimiento llegó más profundamente al Duque. Luicen sintió un nudo en la nariz y frunció el ceño para disimular. Era una emoción diferente a cuando el jefe lo había reconocido.  

—No sabía que tú dirías algo así.  

Luicen se levantó y tomó la mano del subjefe con fuerza. Mirándolo fijamente a los ojos, respondió a sus sentimientos:  

—Gracias. No defraudaré esa expectativa.  

—Eso es suficiente para mí.  

El subjefe también sostuvo su mano. Señor y sirviente, compartieron un momento conmovido. Carlton, que había permanecido en silencio, intervino cuando consideró que el apretón de manos se estaba prolongando demasiado:  

—Subjefe, ¿no tiene mucho trabajo pendiente?  

—…Será mejor que me vaya.  

El subjefe se despidió y salió de la oficina. Sin pensar, intentó cerrar la puerta pero se detuvo. Luego, miró descaradamente a Luicen y Carlton, y en lugar de cerrarla, la abrió de par en par. Ese gesto fue más elocuente que cualquier palabra.  

—¡Vamos, no había necesidad de abrir la puerta…!  

El rostro de Luicen se enrojeció como si estuviera a punto de explotar. Carlton, a su lado, se rió y comenzó a abanicarlo con la mano. Tomó un buen rato antes de que Luicen se calmara.  

***  

La mansión de la capital del ducado de Agnes estuvo sumida en un ambiente caótico durante toda la mañana, pero para la tarde, comenzó a estabilizarse notablemente. Todos habían aceptado la realidad y decidido ocuparse de los asuntos urgentes. La diferencia era que Luicen, quien antes solo bebía y holgazaneaba, ahora daba órdenes concretas al frente.  

Aunque los sirvientes del ducado se sintieron extremadamente incómodos, Luicen, como el subjefe había dicho, intervino y actuó como quiso. Mientras tanto, Carlton lo seguía, usando su aguda perspicacia para ayudarlo. La razón por la que los sirvientes no se atrevían a expresar abiertamente su descontento se debía en gran parte a la capacidad de liderazgo del subjefe y al apoyo oportuno de Carlton.  

Así pasaron un día agitado, y al anochecer, llegó un visitante inesperado a la mansión: el gran señor del este.  

«Viniendo sin avisar…».  

No era el momento para recibir invitados, pero como el gran señor del este había ayudado enormemente a rescatar a Carlton, no podían rechazarlo. Luicen dejó lo que estaba haciendo y se dirigió a la sala de recepción, donde lo esperaba.  

—¡Oh, Duque de Agnes! Y también el caballero Carlton. Verlos a los dos juntos me tranquiliza. Por favor, tomen asiento.  

El gran señor del este los recibió con una calidez inesperada. Luicen, desconcertado, miró a Carlton. ¿Caballero Carlton? ¿No era este el mismo que lo despreciaba llamándolo mercenario insignificante? Carlton se encogió de hombros como si no fuera importante.  

—Ayer fue un día realmente complicado. Me alegra que todo haya salido según lo planeado.  

—Le agradezco mucho su ayuda. No sé cómo podré pagarle esta deuda.  

—No es nada. No fue gran cosa.  

El gran señor del este negó con la mano. Era extraño ver a este hombre calculador rechazar el crédito. ¿Cuánto estaría planeando sacar a cambio? Luicen lo miró con sospecha, y el gran señor soltó una risa.  

—Te has vuelto todo un señor feudal. Desconfías incluso de las palabras más halagadoras.  

—…Su excelencia no es alguien que ayude a otros sin esperar nada a cambio.  

—Bueno, eso es cierto.  

El gran señor del este tomó un sorbo de té.  

—Antes que gran señor, soy un humilde siervo de Dios. ¿Cómo podría mezclar cálculos mundanos en la tarea de castigar a esos herejes que blasfeman contra Él? Si puedo ayudar en una guerra santa, es un honor.  

Con semblante solemne, el gran señor hizo la señal de la cruz y juntó las manos como en oración. Al ver esto, Carlton susurró al oído de Luicen:  

—Dicen que el gran señor del este es profundamente religioso. Parece que es verdad.  

—Sí… aunque a veces es un poco excesivo.  

Era cierto: este hombre nunca faltaba a los eventos religiosos y era famoso por sus enormes donaciones anuales.  

—No cambie de opinión después.  

—No voy a retractarme de lo dicho bajo mi fe.  

—Claro, claro.  

—Hasta traje un regalo, pero esto ya es demasiado.  

El gran señor señaló un largo estuche de madera sobre la mesa. Luicen lo había notado desde que entró a la sala.  

—Caballero Carlton, esto es para usted.  

Sorprendido, Carlton abrió el estuche. Dentro había una espada. Era inusual: desde la empuñadura hasta la vaina, todo era de un negro intenso, con un brillo azul oscuro.  

—¿Esto es para mí?  

—Por supuesto. No le daría una espada tan valiosa al Duque de Agnes, que ni siquiera puede blandirla adecuadamente.  

—…Ahora al menos puedo sostenerla bien.  

—¿Un hombre adulto se enorgullece de eso? En fin, es una espada bendita. La guardé para entregársela algún día a un guerrero que luche en una guerra santa. Úsela para aplastar a esos herejes.  

Carlton miró la espada como hipnotizado. Luicen también la observó con curiosidad. Aunque de apariencia peculiar, le resultaba extrañamente familiar.  

—¿Por qué no la prueba?  

El gran señor lo animó. Como Carlton ya sentía picazón en las manos, aceptó encantado y desenvainó la espada. Aunque normalmente la habría empuñado con ambas manos, debido a su herida, solo usó la derecha. Aun así, era ligera y ágil, sin causar tensión en su brazo. Carlton la blandió con fuerza.  

¡BANG!  

La armadura decorativa de la sala de recepción quedó hecha añicos.  

—Con esta espada, podré cortar esa neblina repugnante de esos tipos.  

Carlton silbó, impresionado. Luicen, al verlo, quedó atónito.  

—¿…Santo?



TRADUCCION:ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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