Capítulo 92
Todos esperaban que el Gran Lord del Este reprendiera a Luicen por su insolencia, pero las expectativas se desvanecieron. El anciano noble, en cambio, esbozó una leve sonrisa y preguntó:
—¿Quién eres tú?
Luicen frunció el ceño. La pregunta llevaba implícita una premisa: tú no eres un simple peregrino. Los ojos astutos del veterano de la política brillaron como estrellas matutinas. Una certeza lo invadió: el Gran Lord ya había deducido su identidad. Era solo una corazonada.
—¿Acaso no sabe ya quién soy?
—¿Ese peregrino de los rumores conoce al Gran Lord? ¿Quién diablos es? —Los nobles cuchicheaban, especulando sobre Luicen. Mencionaron varios nombres, pero ninguno era el del Duque Agnes.
Ante su respuesta, el Gran Lord sonrió con más intensidad.
—Aún así, debo ver tu rostro.
Era una orden velada: revela tu identidad frente a todos. Si Luicen, el Gran Lord del Sur, aparecía allí, los rumores se esparcirían como pólvora.
Aunque desconfiaba de sus intenciones, Luicen sabía que no podía adivinar sus motivos en ese momento. Con resignación, se quitó la capucha.
La luz del mediodía que entraba por la lona de la tienda iluminó su cabello. Su rubio corto brilló como una aureola, y su rostro pálido y delicado quedó al descubierto. No necesitó decir su nombre: todos reconocieron a Luicen Agnes.
Muchos nobles recordaban su rostro. Luicen era famoso no solo por su título, sino por su apariencia, la encarnación misma de la palabra nobleza.
—¡Cielos! ¡Ese rostro! ¿No es el Duque Agnes?
—El aura es distinta, pero es él.
—¿No se decía que había desaparecido? Parece estar bien… aunque algo desaliñado.
Los nobles se agitaron. El Luicen de antes siempre estaba impecable, rodeado de lujos. Ahora, su cabello estaba revuelto y su rostro, curtido. Pero sus ojos irradiaban una calma nunca antes vista, y su expresión desprendía confianza. Tras superar adversidades, había adquirido una firmeza inquebrantable. Su interior había cambiado, y con ello, su presencia.
El Gran Lord, que lo había observado desde niño, notó la transformación y dejó escapar un —Hmm… — de admiración.
—Hace mucho tiempo, Duque Ashilles.
Luicen inclinó levemente la cabeza. Aunque eran de rango similar, la gran diferencia de edad lo llevaba a tratarlo con respeto.
—¡Increíble! ¡El mismísimo Duque Agnes! —exclamó el Gran Lord, teatralmente.
—Qué sorpresa. No imaginé que el famoso peregrino fueras tú. ¿Así que fuiste tú quien logró tantas hazañas?
—Sí, como puede ver.
—Ya veo. Has cambiado mucho.
El Gran Lord lo miró con satisfacción. Luicen se sintió incómodo: ese hombre siempre lo había desaprobado, y ahora lo observaba con aprobación.
Los nobles que murmuraban y lo escudriñaban empezaban a resultarle insoportables.
—Tengo algo que decirle.
—Yo también tengo mucho que hablar contigo. Acompáñame. La fiesta continuará después —el Gran Lord se levantó y colocó una mano en el hombro de Luicen, un gesto amistoso que lo dejó desconcertado. Lo siguió fuera de la tienda.
***
El Gran Lord lo llevó a su tienda privada para conversar. Carlton y Morrison permanecieron postrados mientras Luicen se sentaba frente a él.
—¿Cómo me reconoció? No parecía saber que me hacía pasar por peregrino.
—Eres el único joven que se mantiene firme ante mí. Por eso lo supe. Peregrino… —el Gran Lord soltó una risa burlona—. Ni siquiera recordabas las oraciones simples. Nadie imaginaría que fingirías ser uno. Fue astuto. Con tu apariencia, era necesario esconderte, pero cubrirte por completo habría sido sospechoso.
—Sí. La idea no fue mía. Él me ayudó —Luicen señaló a Carlton.
El Gran Lord lo miró brevemente y lo ignoró. Luicen contuvo un amargo suspiro. Quería que al menos le causara una buena impresión, pero fue inútil.
—Mientras tanto, arrestaba a gente inocente buscándote.
—¿Me buscaba?
—Recibí una carta de tu chambelán. Decía que ibas a la capital, así que te busqué.
—¿Mi chambelán? ¿Podría ver esa carta?
El Gran Lord se la mostró. Luicen la leyó con calma, sintiendo el peso de su mirada. Cada palabra confirmó sus sospechas:
«Me ve útil para contrarrestar a la familia real».
Las tierras del Gran Lord lindaban con las del rey, lo que lo hacía especialmente sensible a los asuntos de la corona. Al ayudar a Luicen un Gran Lord enemistado con el primer príncipe, consolidaba su propio poder.
Su actitud, tan distinta a la de la vida pasada, ahora tenía sentido. La Casa Agnes seguía intacta: las cosechas eran abundantes, los súbditos estaban motivados, y con un invierno estable, recuperarían su antigua gloria.
El Gran Lord, tras leer la carta, había decidido apoyarlo.
Aunque el tono era lógico y sereno, Luicen detectó un dejo de desesperación en la letra.
«Chambelán…» sintió un dolor en el pecho. Su chambelán no conocía su situación, pero aun así buscaba cómo ayudarlo. «¡Volveré pronto!», prometió mentalmente.
—¿Ves? Los señores como nosotros necesitan tierras y vasallos fuertes para tener poder —el Gran Lord aprovechó para sermonearlo.
—Sí, sí —respondió Luicen, molesto por la interrupción a su momento emotivo.
En el pasado, el Gran Lord siempre lo regañaba por jugar con el segundo príncipe en vez de gobernar. Entonces le parecían críticas odiosas, pero ahora admitía que tenía razón.
«Al menos no me echarán como antes. Llegaré a la capital sin problemas».
Explicó lo ocurrido, omitiendo lo de los adoradores de demonios Morrison se lo había pedido. Lo presentó como un mercader que lo ayudaba por gratitud.
—¡Por eso te dije que no cualquiera puede ser tu sirviente! Si hubieras despedido a ese pelirrojo, nada de esto habría pasado.
—¿Eso también me dijo?
—Con tantos sermones, es normal no recordar.
«Parece que a Ruger no le caía bien nadie más que yo».
El Gran Lord chasqueó la lengua y miró a Carlton.
—Después de lo que te hicieron, sigues sin aprender. Llevando al perro del primer príncipe.
—¿Llamar perro a una persona? Eso es excesivo —protestó Luicen.
—No hay diferencia.
—¡Duque Ashilles!
Luicen se levantó, furioso. ¡Este viejo insufrible!
—¿Planeas llevarte a ese también?
—Sí. Ambos son mi comitiva. Iremos juntos a la capital. Si intenta separarlos, no iré con usted.
—Tch. Después de lo que pasó, sigues sin temer a la gente. Pensé que habías madurado, pero aún te falta.
—Guárdese los sermones para sus nietos. Ellos sí lo escucharán.
—Está bien. Como quieras.
El Gran Lord cedió, sorprendido por su firmeza. Antes, Luicen lo ignoraba; ahora, se oponía con fuerza.
—Pero hablaré con ellos. Si son tu comitiva, ahora también son la mía.
Luicen miró a Carlton y Morrison, quienes asintieron. A regañadientes, accedió.
El Gran Lord llamó a su nieta para que cuidara de Luicen. Aunque preocupado por Carlton, no tuvo opción y la siguió fuera de la tienda.
***
En la tienda, el silencio era denso. El Gran Lord observó a Morrison y Carlton. Ninguno habló hasta que él lo hizo.
—Es su recompensa por servir al Duque —dijo, arrojando una bolsa de monedas.
—No lo hicimos por dinero —respondió Carlton.
—Un don nadie como tú debería sentirse honrado solo por servir a un Duque, pero algo de recompensa no duele. Especialmente para ti.
Su mirada despectiva hizo que Carlton apretara los labios.
—En verdad, quiero echarte. El perro que el primer príncipe recogió no merece estar aquí.

TRADUCCION: LILI
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY