Capítulo 87
El mercader, aún aturdido por haber recibido las nueces, no lograba entender la tranquilidad de Luicen.
«¿Cómo puede estar tan calmado? Hasta yo estoy preocupado, y en lugar de detenerlos, ¿se dedican a comer snacks y mirar?»
Luicen y Morrison compartían amistosamente las nueces cuando, justo en ese momento, Carlton se plantó frente a los caballeros. A lo lejos, Carlton, aunque de complexión robusta, parecía débil en comparación con los caballeros ataviados con armaduras de placas, vistiendo solo una túnica ligera y una capa.
—¡No, esto no es momento para estar comiendo nueces! ¡Deberían detenerlo! ¡Ah…! ¡Dios mío!
El mercader interrumpió su propia frase, boquiabierto al observar a Carlton. En un instante, Carlton jugó con los caballeros como si fueran juguetes. Esquivó sus ataques, les enredó las piernas, tiró de sus brazos y los arrojó al arroyo como si nada. Tres caballeros derrotados sin siquiera tocar a Carlton.
Este último lanzó una sonrisa triunfal a Luicen, como diciendo: —¿Ves? Esto es lo que valgo.
«A veces actúa de manera tan adorable…».
¿Sería este el encanto de alguien más joven? Luicen sonrió satisfecho y le aplaudió levemente.
—Bueno, nos vamos primero.
Luicen montó rápidamente a Zephyr. Ya se había acostumbrado lo suficiente como para subir sin ayuda, incluso si el caballo no doblaba las patas. Aunque montar era algo común, Luicen se sentía orgulloso.
Al acercarse, Carlton también subió a Zephyr. Los tres cruzaron el puente con calma, dejando atrás a quienes habían estado días agonizando por el cruce. La gente murmuraba, asombrada por la fuerza absurda de Carlton al derrotar a tres caballeros.
—¿Quién es ese? ¿Un mercenario? Alguien tan fuerte no puede ser desconocido.
Entre los murmullos, alguien gritó:
—¡Son ellos! ¡Los peregrinos de los que tanto se habla últimamente!
—¡Ah, es cierto! ¡Ese de ahí es el peregrino!
—Dicen que nunca retroceden, incluso en situaciones peligrosas… Parece que es verdad.
Sin saberlo, Luicen y su grupo ya eran famosos. Los incidentes con el capitán de la guardia de Confosse y lo ocurrido en el barco se habían esparcido rápidamente.
Al avanzar eliminando obstáculos, naturalmente habían derrotado monstruos y bandidos temibles. Incluso los malechores que los administradores locales ignoraban desaparecían tras el paso del grupo. Además, Luicen, incapaz de soportar ver hambre a otros, enseñaba a los refugiados qué hierbas y raíces eran comestibles.
Estas acciones avivaron su reputación. En tiempos difíciles, las historias de héroes eran bien recibidas. Nadie imaginaba que se trataba del Duque desaparecido y del infame asesino de nobles, Carlton. Así, la fama de Luicen se extendía por todo el reino.
***
Al caer la tarde, llegaron a la posada como planeaban. Luicen, cansado de dormir a la intemperie, ansiaba una cama cálida y una cena decente. Pero al llegar, solo encontraron ruinas.
El pueblo estaba abandonado, con rastros de saqueo por doquier. Probablemente, víctima de la guerra. Ya habían visto muchos así, así que no les sorprendió.
Rápidamente buscaron un lugar para pasar la noche. Afortunadamente, la cocina de la posada seguía en pie, y no había bandidos ni monstruos ocupándola. Prepararon una cena sencilla y durmieron en el salón principal, usando mesas de madera como camas.
Carlton, incapaz de dormir, se levantó en silencio. Siempre había sido un durmiente ligero, pero hoy la inquietud lo consumía. Todo por Morrison. Lo miró con resentimiento; el enano roncaba plácidamente.
«¿Le doy un golpe? Pero Luicen despertaría…».
Suspiró y salió a tomar el aire frío. El pueblo abandonado parecía listo para cobrar vida con horrores en cualquier esquina. El cielo invernal, en contraste, estaba despejado y frío.
«¿Un amor largo y bonito, dice?».
Aunque Morrison lo había dicho en broma, la frase no dejaba de rondarle la cabeza.
«¿Largo?».
¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Había algo que durara?
Carlton frunció el ceño. Luicen y él eran de mundos opuestos: un gran Duque, amigo del segundo Príncipe, con base en el sur; y él, un plebeyo, mercenario, herramienta del primer Príncipe, arraigado al norte. Sin la guerra y los cultos demoníacos, jamás se habrían cruzado.
Ahora compartían una meta común, pero ¿qué pasaría después? ¿Seguirían así?
Carlton era escéptico. Visualizaba el futuro con claridad:
Luicen resolvería sus asuntos con el primer Príncipe en la capital. Como gran Duque, no sería enemistado eternamente, así que recuperaría su gloria. ¿Realmente seguiría dependiendo de Carlton entonces? Habría gente mejor, más educada, esperando su atención.
Como mercenario, estaba acostumbrado a ser descartado, pero el dolor en el pecho era nuevo.
Incluso si Luicen lo quisiera cerca, había otro problema: Carlton era herramienta del primer Príncipe. Su vida y la de sus compañeros dependían de demostrar lealtad constante. Si se acercaba demasiado a Luicen, el Príncipe sospecharía. Una sola duda podría destruirlo.
En la capital, hasta saludar a Luicen requeriría cautela.
Aun si todo salía bien, su relación era insostenible. Luicen volvería a sus tierras; Carlton, a las zonas de conflicto o al lado del Príncipe. La distancia enfriaría sus lazos, hasta olvidarse.
¿Y si lo abandonaba todo por Luicen?
Carlton tenía ambiciones. Quería ser grande, obtener un título y probar que incluso un niño que limpiaba estiércol podía lograrlo. La época le brindaba su última oportunidad de romper las barreras sociales.
Era un sueño por el que había arriesgado su vida. Demasiado camino recorrido para abandonarlo por un sentimiento tan repentino. Carlton era demasiado realista.
El viento helado le rozó la mejilla. El sonido de los insectos solo enredaba más sus pensamientos. Entonces, sintió una presencia acercándose sigilosamente.
El intento de sorprenderlo fue tan torpe que Carlton no pudo evitar sonreír. Justo cuando los brazos se extendían hacia él, se giró.
—¡Ah.
Luicen, sobresaltado, cayó en sus brazos. Carlton rio y lo abrazó.
—¿Qué? Querías asustarme.
—¿No dormías?
—No.
Luicen apretó los labios antes de soltar:
—Esperé a que me llevaras contigo, como siempre.
Todas las noches lo hacían. Luicen murmuró, avergonzado. Carlton, con el pecho lleno, lo estrechó con fuerza. No fue suficiente; le cubrió la cara de besos. Luicen gimió, pero no lo evitó. Lo que empezó como juego se intensificó.
Con las frentes juntas y la respiración agitada, Luicen rio suavemente. Su rostro afilado brillaba bajo la luna. Carlton lo sostuvo y lo miró fijamente.
El final era obvio. Pero algo le decía que jamás olvidaría ese rostro. El corazón le latía con fuerza. ¿Títulos? ¿Ambiciones? ¿Qué más daba? ¿No sería feliz solo con devorar esa cara el resto de su vida?
En los ojos de Luicen, vio su propio reflejo: un hombre perdido. Había visto a muchos morir por emociones pasajeras. Juró no ser como ellos, pero ahora entendía su locura.
—Esto es una locura. ¿Qué hago?
Suspiró y se desplomó sobre Luicen, quien, confundido, lo abrazó y meció suavemente.
Entonces, ocurrió.
Una flecha ardiente surcó el aire.
¡ZAS!
—¡!
Carlton giró, protegiendo a Luicen. El ataque fue repentino.
«¿Bandidos?».
Era común que esperaran la noche para emboscar. Pero algo no cuadraba. Los bandidos atacaban primero al más fuerte, pero esta flecha apuntaba a Luicen.
Carlton escudriñó el área con mirada afilada. Pronto descubrió la anomalía.

TRADUCCION: LILI
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY