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Capítulo 10

Después de dos días de batalla, parecía absurdo lo fácilmente que el ejército de Carlton logró entrar en la fortaleza Ducal. Tan pronto como Luicen, el señor de la fortaleza, se adelantó y levantó una mano, las puertas, que antes no se habrían abierto ni bajo amenazas, se deslizaron suavemente, dejando pasar al ejército.

Desde lo alto de las murallas, las personas observaban, incapaces de entender por qué Luicen estaba fuera de la fortaleza o por qué aparecía junto a sus enemigos. Sin embargo, si el señor ordenaba abrir las puertas, no tenían otra opción más que obedecer.    

Una vez dentro, el ejército de Carlton rápidamente desarmó a los soldados y tomó el control de la fortaleza. La mayoría de los soldados eran campesinos reclutados, y al ver las puertas abiertas, quedaron tan aterrados que solo pudieron huir sin oponer resistencia.

Los vasallos, que habían escuchado las noticias de un mensajero desde la muralla exterior, se reunieron frente a las puertas de la muralla interior. No estaban allí para darle la bienvenida a Carlton, sino más bien para atrapar a Luicen y entender qué estaba sucediendo.

—Entonces, les daré un momento para conversar. 

Ante la amable propuesta de Carlton, el rostro de Luicen se volvió pálido como una hoja de papel. Toda la confianza que había mostrado antes desapareció, y ahora parecía un cerdo llevado al matadero. Parecía que lloraría al menor toque. Carlton disfrutó contemplando aquella escena.

«¡Por favor, no!»

«¿No se supone que lo lógico sería separar al señor de sus vasallos para evitar que tramen algo?» 

Pero Luicen, demasiado aterrorizado por Carlton, ni siquiera pudo articular una protesta. Antes de que pudiera decir algo, lo empujaron dentro de la sala de reuniones junto con los vasallos. Luicen entró vacilante, sin poder evitarlo.

La sala de reuniones estaba cargada de una atmósfera sofocante. Los vasallos de la fortaleza lo observaban fijamente, como si preguntaran qué demonios estaba sucediendo. Las miradas parecían estrangular a Luicen.

El sudor comenzó a resbalar por la frente de Luicen. Incapaz de soportar el silencio, fue el primero en hablar.

—Me rendí.

—¿Está usted loco?

El tesorero, conocido por su lengua suelta, levantó la voz. Aunque los demás no gritaron, sus expresiones reflejaban exactamente los mismos pensamientos. “¿Está en su sano juicio? ¿Se volvió loco? ¡Nuestro señor ha perdido la cabeza!”

—¿Y ahora qué se supone que debemos hacer?

—¿No nos han marcado ya como traidores? Esto no terminará bien.

—¿Por qué cree que enviaron a ese bárbaro despiadado aquí? ¡Quieren acabar con todos los sobrevivientes de la casa Ducal!

—¿En qué estaba pensando al rendirse?

El capitán de los caballeros apretó los puños con tanta fuerza que golpeó su propio pecho, tratando de contener su frustración. Los caballeros, que ahora estaban desarmados y sin armadura, miraban a Luicen con expresiones de desaliento. Los sirvientes, más sensibles, no pudieron evitar imaginar un final trágico y empezaron a llorar.

—No tienen de qué preocuparse. Todos estaremos bien.

—¿Cómo es eso posible? —El tesorero lo miró fijamente.

—El primer Príncipe no quiere la destrucción de la casa Ducal.

Luicen comenzó a explicarles nuevamente lo que ya le había dicho a Carlton. Sus deducciones sobre las intenciones del primer Príncipe, las razones por las cuales Carlton había sido enviado allí, y cómo todo parecía ser una prueba para él.

—Por eso también obtuve la aprobación del caballero Carlton. No habrá saqueos en el territorio Ducal, ni tampoco molestarán a nuestros habitantes.

—¿De verdad?

El tesorero se mostró sorprendido al escuchar que no habría saqueos. Mantener un ejército requería una enorme cantidad de recursos, y a menos que una familia fuera excepcionalmente rica, lo común era complementar las necesidades mediante saqueos. Especialmente los mercenarios como Carlton, famosos por su falta de escrúpulos, no eran diferentes a simples bandidos.

—Carlton también está aquí bajo las órdenes del primer Príncipe para obtener juramentos de lealtad de los nobles del sur que no se han puesto de su lado. Sin nuestra ayuda, eso sería imposible, así que, si tiene algo de sensatez, actuará con precaución.

El razonamiento de Luicen era impecable. Incluso el mayordomo, quien siempre le mostraba una lealtad incondicional, no pudo evitar sentirse impresionado por su inesperada lucidez. Sin embargo, la mayoría de las personas reaccionaron con escepticismo.

Lo que decía sonaba lógico, pero el problema era que quien lo decía era Luicen.

«No hay manera de que nuestro señor sea capaz de decir algo tan inteligente…»

«¿Podemos confiar en lo que dice? ¿No será solo otra de las tonterías de ese noble insensato?»

Los vasallos de la casa Ducal no confiaban en absoluto en Luicen. Era un señor que no permanecía en el territorio ni siquiera un mes al año. Alguien que descuidaba por completo los asuntos de la tierra, demasiado ocupado divirtiéndose. Como si eso no fuera suficiente, se metía en todo tipo de problemas y, para colmo, su incursión en la política había arrojado a la casa Ducal, antes tranquila, al remolino de una guerra civil.

Aun así, los vasallos respetaban la posición del Duque Agnes, por lo que no se atrevían a decirle directamente que dejara de decir tonterías. En cambio, dirigieron sus miradas al administrador general, quien había manejado los asuntos del territorio en nombre de Luicen. Querían saber qué pensaba él de las palabras de su señor.

Bajo esas miradas, el administrador general habló con calma:

—Sea o no cierto lo que dice el señor, las puertas de la fortaleza ya se han abierto y los soldados de Carlton han tomado el control. Lo único que podemos hacer ahora es esperar el resultado.

—Pero, administrador, aun así…

—¿Qué otra opción tenemos? —El administrador no confirmó ni negó las palabras de Luicen. Por eso, Luicen lo miró con ansiedad, sintiéndose aún más intranquilo—. Sin embargo, estoy decepcionado de usted, señor.

El corazón de Luicen se hundió de inmediato. Para él, el administrador general no era simplemente uno de sus vasallos. Era su maestro, alguien que había sido como un padre sustituto. Aunque había desobedecido sus enseñanzas muchas veces, siempre había temido decepcionarlo. Incluso ahora, aquellas palabras lo golpearon dolorosamente.

—Tomó una decisión unilateral sin consultarlo adecuadamente.

—Lo siento…

—Incluso si iba a rendirse, había procedimientos adecuados que debía seguir, acordes a la dignidad de la casa Ducal. Ignoró todo eso y, por su cuenta, fue al campamento enemigo a arrodillarse. ¿Qué cree que pensarán los demás al respecto?

—…Que estaba aterrado y suplicó por su vida, sin importar la reputación de la familia.

—Si sabe que eso es lo que pensarán, ¿por qué hizo esto?

El administrador general respiró hondo, como si intentara contener su creciente frustración. Aunque su tono era tranquilo como siempre, no podía ocultar la ira que se reflejaba en su voz.

—Se lo he dicho innumerables veces. Haga lo que haga, debe pensar en el honor de la casa Ducal Agnes.

—Eso me dijo…

Luicen murmuró. Siempre que estaba frente al administrador general, se sentía como un niño de diez años. El administrador nunca lo había reprendido por sus travesuras o su negligencia, pero en lo que respectaba al honor de la casa Ducal, no tenía margen para ceder.

El territorio Ducal era el granero del reino, alimentando a sus habitantes. Sin el trigo que se cultivaba en estas tierras, el reino no podría sostenerse. La familia Ducal Agnes había gobernado estas tierras por más tiempo del que existía la familia real, y nunca antes habían sido invadidos.

El administrador general amaba esta tierra, y sentía un orgullo inmenso por la casa Ducal Agnes. Luicen sabía esto, y por eso no podía levantar la cabeza frente a él.

Sin embargo, no tenía arrepentimientos. Como señor, había tomado la decisión más correcta. Que aquello lastimara los sentimientos del administrador general era un resultado inevitable.

—El honor y el orgullo no salvan vidas.

—¿Y lo dice alguien que ha malgastado su tiempo en tonterías y comportamientos irresponsables?

—…

—Sea honesto y diga que solo quería sobrevivir. No se escude en la excusa de que lo hizo por el territorio. Desde que tenía dieciséis años, ¿ha pasado siquiera un mes completo en estas tierras? ¿No decía que odiaba venir a este “pueblo perdido” porque prefería quedarse con sus amigos en la capital?

Las palabras del administrador general estaban cargadas de un resentimiento acumulado durante mucho tiempo.

«¿Yo dije todo eso?»

Luicen se quedó sin palabras. La verdad era que ni siquiera lo recordaba. Los días anteriores a su huida eran como un borrón en su memoria. Había vivido sin rumbo, persiguiendo solo la diversión sin pensar en las consecuencias.

—Dejemos de discutir y disolvamos esta reunión. Como dijo el administrador general, solo nos queda esperar el veredicto —el tesorero intervino para mediar.

—Esperemos que el juicio del señor sea correcto.

—Hah, qué situación. ¡Cómo terminamos esperando las órdenes de un simple mercenario!

El administrador general no ocultó su decepción mientras abandonaba la sala. El capitán de los caballeros fue el siguiente en salir, mientras que el tesorero, dudando entre ambos, finalmente decidió seguir al administrador general. A medida que los líderes de las distintas oficinas salían de la sala de reuniones, los demás los siguieron uno a uno.

Todos lanzaban miradas afiladas y hostiles hacia Luicen. Algunos suspiraban, otros murmuraban maldiciones en voz baja. Si no fuera el señor de la casa Ducal, probablemente ya lo habrían señalado como traidor y lo habrían apedreado.

—¿Se encuentra bien, señor? —El mayordomo permaneció a su lado, tratando de consolarlo—. Todos sienten un gran orgullo por la casa Ducal y el territorio. Es la primera vez en la historia del sur que somos conquistados. Sus egos están heridos, y no saben cómo procesarlo. Con el tiempo, llegarán a entenderle.

—…Gracias.

Luicen dejó escapar un suspiro. Aunque el mayordomo trataba de consolarlo, era evidente que tampoco confiaba en el juicio de Luicen como señor. Más que enfado hacia sus acciones, parecía sentir lástima por él y contenerse por esa razón.

«Mi pasado realmente me está alcanzando.»

Todo era resultado de sus propias acciones. Así es como terminaba alguien que vivía de forma irresponsable. Ahora entendía por qué decían que uno debía vivir con rectitud y diligencia.

Aunque le dolía que nadie reconociera su sinceridad, aceptó la situación con calma. Sabía que las cosas terminarían así. Aunque doliera más de lo que había previsto, no podía culpar a nadie más. Con todo lo que había hecho, era natural que no confiaran en él.

Aun así, estaba bien. Después de todo, la noche más oscura y terrible había quedado atrás, y un nuevo amanecer había llegado. Los futuros más sombríos habían desaparecido. Ya no vagaría de forma miserable, ni se vería atormentado por la culpa de haber condenado a muerte a sus habitantes. Había creado una nueva realidad para sí mismo.

Mirando por la ventana, contempló la fortaleza Ducal bajo la luz del amanecer. Los interminables campos de trigo, listos para la cosecha, brillaban con un dorado más vibrante que nunca.

———— ∗ ⋅✧⋅ ∗ ————

El día que cayó la fortaleza Ducal, junto a la bandera dorada del trigo que simbolizaba a la casa Ducal, se izó la bandera del león azul. Al mismo tiempo, la noticia de la derrota de la casa Ducal Agnes se propagó por todo el sur.

Nadie había esperado una victoria para el Duque Agnes. La mayoría se burlaba de la insensatez de su decisión de resistir. Sin embargo, al ver la bandera azul ondeando sobre la fortaleza, los habitantes del sur quedaron conmocionados. Aunque su poder ya no era lo que solía ser, la casa Agnes seguía siendo la autoridad indiscutida del sur.

Carlton, aunque actuaba como representante del primer Príncipe, no era más que un mercenario de origen plebeyo. ¿Qué habría sentido el Duque al arrodillarse ante alguien como él? ¿Qué sería ahora de la casa Ducal y del sur? Muchos observaban la fortaleza con atención, pero no llegaban noticias desde su interior.

Carlton y sus hombres tomaron el control de la fortaleza con una habilidad sorprendente, desmantelando toda la fuerza militar de la casa Agnes. Cerraron las puertas y prohibieron completamente la entrada y salida de personas.

—Debe estar ocurriendo algo terrible.

—Es Carlton de quien estamos hablando. ¿Crees que alguien en la fortaleza seguirá vivo y entero?

—¿Y qué pasará con el Duque?

La gente imaginaba que un verdadero infierno se estaba desatando dentro de la fortaleza. Tal era la fama de Carlton y su ejército.

—Probablemente esté vivo… pero para el orgullo de un gran noble… aunque siga vivo, será como si no lo estuviera.

En este punto, la mayoría estaba de acuerdo. Algunos sentían compasión por la situación de Luicen, mientras que otros lo calificaban de tonto por haber llevado las cosas hasta este extremo. Sin embargo, todos coincidían en que la situación de Luicen debía ser absolutamente desesperante y miserable.



TRADUCCION: KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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