Capítulo 2
Su seguridad. Esa fue la razón que “Él” le dio. Quería mantenerla alejada de todas las amenazas. La gente puede caerse en el camino. Si no tienes suerte, podrías ser atropellada por un automóvil y podrías morir allí mismo. “Él” quería mantenerla alejada de todas esas amenazas. Siempre quiso que ella estuviera a su vista, a su alcance, dentro de su rango de influencia.
Al principio, ella creyó todas las dulces palabras que le había dicho.
{—Es todo por ti.
—Dime cuando te sientas mejor. Descansa ahora.
—Si sales en este estado, estaré preocupado.}
Fascinada por todo tipo de palabras, un día, después de medio año de estar en aislamiento, Hae-gang finalmente lo notó.
«No tiene intención de sacarme de aquí.»
Aunque en un principio ella no lo veía así. Su cuerpo tardó medio año en recuperarse desde el accidente, y fue también cuando notó que el cariño que “él” le brindaba se estaba corrompiendo.
Fuera lo que fuese, lo notó muy tarde. Un día se despertó con un susto, como si la hubieran golpeado en la cabeza con un martillo, y los días restantes del año se sintieron como un infierno. Ella quería irse; ya no podía soportarlo.
—¿Por qué estás haciendo esto? ¿Quieres que me vuelva loca?
—Por favor déjame ir. ¡Por favor!
Ella lloraba todo el tiempo. Protestaba contra él infligiéndose dolor a sí misma. Amenazó con matarlo e incluso amenazó con morir. Pero él no pestañeó. Cuando ella lloraba, él la consolaba; cuando ella lo golpeó, él lo aceptó; cuando se moría de hambre y colapsó, llamó a un médico para darle suplementos nutricionales.
Al final, él siempre la traía de regreso a su lado y decía con calma, sin ningún cambio en la expresión:
—Sabías que sería inútil, así que detente.
Fue en ese momento que se dio cuenta de que todos sus intentos por escapar del infierno eran inútiles y tontos. Ella tembló, sintiendo miedo y traición.
«¿Cómo pudo hacerme esto? ¿Cómo puedo recordar los buenos días que pasamos juntos con estos recuerdos?»
Ella no lo entendía y ni siquiera quería hacerlo. Aun así, había momentos en los que sentía curiosidad. Entonces ella le preguntó:
—¿Cuánto tiempo tengo que vivir así?
No recibió respuesta. Volvió a preguntar:
—Dime. ¿Cuánto tiempo tengo que estar aquí para que estés satisfecho? —Sentía que su estómago iba a explotar en cualquier momento. —Por favor, dame una respuesta —suplicó.
Necesitaba escuchar la respuesta. Necesitaba saber cuándo terminaría su sufrimiento para seguir viviendo. Si él le daba una respuesta, sería suficiente para sostenerla hasta su último aliento.
Ella insistió:
—¿El día en que dejes de estar preocupado por mí? ¿El día en que mi seguridad esté garantizada de alguna manera? —Su voz tembló conteniendo apenas las lágrimas.
—El día que no te quiera.
En los dos años que llevaba presa, hoy fue la primera vez que obtuvo una respuesta suya. Las pupilas de Hae-gang se dilataron y sus labios temblaron.
Ella creía que sería capaz de ver el cielo al menos una vez antes de morir. No ese cielo hecho de cemento, ni el cielo a través de la ventana, sino el cielo real, vasto.
Pero con aquellas palabras, él destrozó todas sus esperanzas en meros segundos.
—No me abandonarás. Ese día nunca llegará.
Hae-gang agarró con más fuerza el sofá arañando el cuero. Angustiada, comenzó a tirar todo lo que podía agarrar con la mano, comenzando por el abrigo que él se había quitado junto a ella. Ella gritó:
—!¿Por qué tengo que vivir así?¡ ¡Por qué!
El control remoto salió volando y destrozó el televisor. Los rostros de las celebridades que reían estaban contorsionados por la pantalla rota, pero a ninguno de ellos les importaba.
Él la miró con ojos fieros. Ocasionando que su delgado cuerpo se estremeciera levemente, incapaz de contener su ira. Estiró su mano para sostenerse mientras su cuerpo se tambaleaba. Él se le acercó.
—¡No me toques! —gritó Hae-gang.
—Hae-gang.
—No te acerques y no me toques. ¡Si no quieres sacarme de aquí, ni siquiera deberías pararte frente a mí! —gritó Hae-gang, tomó un vaso de plástico de la mesa y se lo arrojó, mientras sus débiles miembros se balanceaban sin rumbo fijo.
“Él”que había sido testigo de todas sus emociones, la abrazó a pesar de su violento rechazo. Su toque le puso la piel de gallina y quiso liberarse de él inmediatamente, pero no lo logró. Luchó con toda la fuerza que le quedaba, golpeándolo, dándole puñetazos y patadas, pero fue en vano.
—Detente.
Los hombros de Hae-gang se tensaron ante la palabra que señaló el final.
Una de sus repulsivas realizaciones como prisionera fue que tenía que parar cuando “él” se lo ordenara. Hae-gang no quería sufrir más desmayos durante el coito. Temerosa, dejó de protestar.
“Él” le acarició la espalda con mucha delicadeza para apaciguarla, pero ella no podía estar más asqueada. Incluso más repugnante que ese gesto era “él” mismo.
Se sentía impotente y se resentía consigo misma; ahora pensaba que era como un perro bien entrenado.
¡NGH!
Mientras pensaba en eso, sintió náuseas y gimió. Los brazos que la envolvían se aflojaron y Hae-gang corrió al baño. Metió la cabeza por el inodoro y vomitó, sintiendo como si todos sus órganos hubieran sido expulsados de su estómago. Su rostro, fisiológicamente drenado de sangre, enrojeció y lágrimas cayeron de sus ojos.
OH… UF, UF…
De repente, la tristeza la envolvió. Arrepintiéndose de todo.
¿Por qué sobrevivió al accidente? ¿Por qué amaba a esta persona? ¿Por qué se aferró a esta relación?
Parpadeó, su visión se volvió más clara por las interminables lágrimas. Sollozó y gimió. Ella no quería hacer nada que a “él” le gustara. Tampoco quería que “él” la viera llorar, así que se secó las lágrimas respirando hondo.
Pero las lágrimas no cesaron inmediatamente. Cerró los ojos, pero en cambio, sintió el calor de sus lágrimas.
—No llores. Volverás a vomitar.
Oyó una voz no muy lejos. Reflexivamente se echó hacia atrás. Mientras se arrastraba por el suelo con las rodillas, el sonido de pasos se acercó rápidamente. El pánico creció a medida que los pasos se acercaban. Incapaz de superar su miedo intangible, abrió los ojos obstinadamente cerrados.
—¡Vete, vete!
Gritó casi sin fuerza y finalmente se derrumbó en el suelo. Al final, como siempre, sus protestas no sirvieron de nada.
Ella lo miró, estaba sentado frente a ella con las rodillas dobladas, con ojos molestos, pero ni siquiera su mirada de odio resistió. Su mundo estaba constantemente temblando y girando.
Cuando “él” extendió la mano para sujetarla, Hae-gang murmuró con silenciosa desesperación:
—Déjame ir, por favor…
Mientras la abrazaba susurró.
—De ninguna manera. Te lo ruego, por favor, ríndete.
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La mirada de Woo-jin se volvió hacia el reloj antiguo que colgaba de la pared. Esta era la tercera vez que se encontraba sentado en un café en el primer piso del hotel. La persona con la que se suponía que debía encontrarse nunca apareció.
Diez minutos después de la hora acordada, tomó su teléfono y llamó a su secretario.
—Secretario Lee, regrese. Y en el futuro, no acepte citas de Dae-sung.
Después de finalizar la llamada, Woo-jin se levantó de su asiento rápidamente. En ese momento, una mujer que acababa de entrar al café se acercó a saludarlo.
—Encantada de conocerte, Min Woo-jin. Soy Dae-sung.
Ella extendió una mano hacia él, pero Woo-jin simplemente pasó de largo sin mirarla. La mujer lo llamó desconcertada, pero él la ignoró.
Salió del café cruzando el vestíbulo del hotel. Una fina arruga apareció en su frente al revisar el mensaje de texto enviado por su secretario indicando que tardaría cinco minutos en llegar al hotel. Se sintió molesto ante la idea de perder el tiempo.
Pensó en qué hacer. En primer lugar, la reunión, que había sido aplazada por ese fin, tuvo que ser adelantada nuevamente. Últimamente hubo una serie de reuniones. Más de una al día, como máximo, pasaba todo el día en reuniones.
Aparte del papeleo continuo, pensamientos relacionados con la marca de la aplicación recién lanzada ocuparon su cabeza. Un diseño más limpio, sistema sin complicaciones y más. Los pensamientos y las preocupaciones no eran suficientes.
—¡Min Woo-jin!
Mientras miraba caer la nieve, esperando al secretario Lee, escuchó una voz que lo llamaba desde atrás.
Pronto, el sonido de zapatos corriendo se acercó, y la mujer que había dejado atrás en el café se paró junto a él.
—¿Por qué te vas? — preguntó.
La molestia se filtró de la voz de la mujer. Woo-jin la miró de arriba abajo. Maquillaje que debió ser retocado por un profesional. Moda envuelta en lujo. Uñas largas de colores. Entonces Woo-jin respondió con indiferencia:
—Porque quiero.
La mujer lo miró como si fuera absurdo, pero él no cambió sus palabras.
—¿Es porque llegue tarde?, ¿Eso es todo? Hay una razón.
Podría haber esperado a que se le secaran las uñas, o podría haber perdido el tiempo eligiendo ropa, o quizás simplemente se quedó dormida. Pero cualquiera que fuera la razón, Woo-jin no podría considerarlo. Lo único que le importaba era que había llegado tarde a su cita.
Woo-jin vio un automóvil familiar pasar por la entrada del hotel y dio un paso adelante. La mujer lo tomó del brazo con impaciencia.
—Volvamos a entrar y hablemos.
—Tarde.
El secretario Lee salió del auto que estaba estacionado frente al hotel y abrió la puerta del asiento trasero. Woo-jin se quedó mirando el brazo sostenido por la mujer sin decir una palabra. Ante su fría mirada, el agarre de la mujer se aflojó y, finalmente, retiró la mano.
Woo-jin salió de inmediato, dejando atrás a la mujer sin molestarse en despedirse de ella. Con el rostro serio, subió al auto y esperó a que su secretario condujera, mientras anunciaba cambios en su agenda.
—Adelanta la reunión con el equipo de diseño.
—Se los informaré. ¿Qué le gustaría para el almuerzo? —preguntó el secretario Lee.
—Ah, el almuerzo.
Inicialmente, el almuerzo estaba planeado con la mujer que había dejado. Woo-jin miró fijamente a la ventana y tomó una decisión.
—Compra un sándwich en el camino.
—Entendido.
El secretario asintió y se concentró en conducir. El automóvil con Woo-jin se alejó tranquilamente de la entrada del hotel.

TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MILIMEL
REVISIÓN: GOLDRED