CAPÍTULO 7

Elodie respiro con fuerza.
Conteniendo las ganas de gritar:
—¿Qué eres? ¡Eres mi todo!
«¿Cómo podría no serlo todo?He sido una rata toda mi vida, y Sera es la única que me ha tratado como a una persona.Ella es la que me dio la oportunidad de volver atrás en el tiempo y ser humano.¿Una salvavidas?No, Sera era una salvadora de almas.»
—Tú lo vales todo para mí. ¿Eh?
—… Elodie. Soy una Bluewood, y necesito quedarme aquí, al menos hasta que sea mayor de edad.—Sera respondió con frialdad, tratando de ocultar su vergüenza.
No quería herir sus sentimientos, pero si la rechazaba como un cuchillo, podría darse por vencida.
—Pero seguimos siendo una familia de sangre. Algún día, sí. Algún día me reconoceran, y me aceptarán.—el patético murmullo hizo que los ojos de Elodie se entornaran, no convencida…
«¿Qué, iba a ser maltratada por esta familia de mierda hasta que fuera adulta?¿Y luego ser barrida de sus pies y casada con un Príncipe hueco?¿Y por culpa de ese bastardo podrido, iba a ser abandonada en el palacio para llorar durante diez años antes de ser expulsada?»
—¡No hay suciedad en mis ojos! (¡Jamás lo volveran a ver mis ojos!)
—¿…?
—Es el mar, ¿verdad? ¡Es el mar!
—No, espera.
—¡No es el mar, ¡es el mar!(¡Es ahora o nunca! ¡Sera, debes irte ahora, y ser feliz hasta que mueras! Debes ser amada!)
—Eh, Elodie.
—¡Quién te odia! ¡Quién demonios es sollozo! sollozo! (¡Quién te odia! ¡Quién demonios lo haría!)—Elodie soltó un chasquido feroz.
Si a alguien no le gustaba Sera, iba a destriparlo como a un pez.
Sera se quedó un momento mirando a Valkyriesen, atónita ante el poder de Elodie.
“¿Esto estára bien?”, parecía preguntar.
—Hmm…
Tras pensárselo un momento, el chico habló.
Como si ya se hubiera decidido.
—Seraphina Bluewood.
—¿Qué?
—Si ese es su verdadero nombre, entonces no hay nada de malo en que abandone el árbol genealógico.
—¿Y eso por qué?
—Porque si nunca he oído hablar de ella, eso significaría que ni siquiera está en el árbol genealógico Bluewood.
—…
Creía que algún día sería reconocida.
Pero ni siquiera figuraba su nombre en la genealogía Bluewood .
Fue como un clavo en el ataúd, diciéndome que nunca me habían aceptado en la familia y que nunca me darían la oportunidad.
«Ni siquiera lo sabía…»
La tez de Sera se fue oscureciendo poco a poco.
Elodie estaba inquieta, sin saber qué decir para consolarla.
—Está mal, obviamente—añadió Edmund con firmeza—, así que si quieres, te ayudaré.
Dijo las duras palabras con la misma naturalidad con que las respiraba.
Tenía tanta experiencia ayudando a otros.
«Me pregunto si siempre ha sido el tipo de persona que, cada vez que ve una injusticia delante de él, se da por aludido y la repara.»
Por su tono sin adornos y sus ojos francos, se dio cuenta de que no estaba siendo egoísta.
—Se trata de un tipo que aún de adulto amontona flores de girasol para los ratones.
Tal vez fuera una tradición Valkyriesen, sus propias creencias, que antaño simbolizaban la paz.
Elodie resopló.
«Veo que es un buen hombre. Raro, incluso.»
Pero nunca será candidato a la mano de Sera.
En parte porque tendría que superar las ciento una pruebas de Elodie.
Porque era un Valkyriesen.
«Sin ofender, pero no significa no.Lo siento, pero te devolveré el favor que me has hecho hoy de alguna manera, así que renuncia a Sera.»
Elodie lanzó una mirada reconfortante al chico, aunque a él no pareció importarle.
Mientras tanto, Edmund miró al mayordomo y a los caballeros, que estaban pegados al suelo como un solo cuerpo, y dijo.
—Ustedes dos, por favor, salgan un momento. Haré un poco de limpieza y las haré entrar enseguida.
—¿Limpieza?
—Sólo tomará un minuto.
«¿Qué es un minuto? …»
Asintiendo, Sera cogió a Elodie y salió nerviosa del almacén.
Edmund cerró la puerta del almacén tras ellos, con el rostro apacible como si quisiera tranquilizarlas.
Y después de un momento.
—¿Nos vamos, entonces?—el chico se deslizó fuera del almacén sin el menor atisbo de desaliño, cerrando la puerta tras de sí con astucia y habilidad para que no pudieran ver el interior.
Un inquietante silencio envolvió el almacén.
«…¿Qué demonios has hecho?»
* * *
El Conde y la Condesa Bluewood estaban entreteniendo al Duque de Valkyriesen en su salón.
—Jaja, no pensé que se uniría a nosotros.
—…
—Menos mal que mis hijas tienen la misma edad del joven Edmond.—al Conde le entraron sudores fríos e intentó mantener la conversación.
Pero el Duque sólo enarcaba una ceja de vez en cuando, y parecía completamente poco dispuesto a entablar conversación con él.
Incluso había sacado su reloj de bolsillo y golpeaba el asa de su silla al compás del segundero.
La regularidad del sonido crispó los nervios del Conde.
Pensaba que iba a amenazarle con una espada o algo así…
Era un gran noble que había hecho grandes cosas en la historia, pero se le conocía como el Rey Demonio.
Por los rumores que circulaban por el mundo, era fácil imaginar lo feroz y bestial que sería.
Pero el duque era gentil. Demasiado.
El Conde no podía dejar de secarse el sudor de la frente con un largo pañuelo.
«¿Por qué demonios miraba antes su reloj?¿A quién estaba esperando?»
—Me alegra mucho saber que mi hija Rose y Edmond tienen la misma edad. Se ha sentido tan sola sin amigos de su edad, y espero que en esta ocasión podamos encontrar amigos afines.
Fue entonces.
La Condesa, que había estado esperando una oportunidad, rompió de repente el silencio como la víspera de una tormenta.
—No me refiero a mis hijas—dijo—, pero Rose y Daisy son cultas y eruditas de una manera que los niños no lo son hoy en día. Tal vez se deba a que no fueron enviadas a una academia desde muy pequeñas, sino que fueron educadas por tutores de renombre en sus respectivos campos.
El Conde gritó para sus adentros.
¿Esto no es una especie de reunión, y él ni siquiera puede leer el estado de ánimo?
El destino de la Casa Bluewood dependía de la vida o la muerte de esa maldita rata.
Debería haberle dejado claro al Duque que su intención era enviarlo de vuelta a su mansión para que no pudiera hacer ninguna trastada.
Pero, ¿qué posibilidades tendría la Casa Bluewood de hablar con un pez tan gordo?
Era más importante ser memorable, aunque fuera un poco desagradable.
La Condesa no dejó de hablar, con los ojos llenos de codicia.
—He oído que el joven Edmond no acudió a la academia como mis hijas. Estoy segura de que recibió una educación excelente, pero de seguro no tuvo la oportunidad de mezclarse con sus compañeros.
—Eso es cierto.—respondió el Duque por primera vez.
—No tiene amigos, nunca los ha tenido y nunca los tendrá.
No fue tan lejos.
—Y no es que no fuera a la academia; lo echaron poco después. Debería decir que se fue por su cuenta.
—Bueno, ya veo.
—No es muy sociable ni flexible. Quisiera saber a quién se parece…—el Duque comenzó a lamentarse.
Los ojos de la Condesa se desviaron por un momento, preguntándose si habría pisado una mina terrestre.
Pero luego recobró la compostura.
Al fin y al cabo, ¡era una oportunidad que nunca volvería a presentarse!
—¿Por qué supone que nunca tendrá amigos?
—¿Hmm?
—Bueno, ya que de alguna manera nos hemos encontrado, ¿por qué no se lleva bien con mis hijas el joven Edmond?
La boca del arrugado anciano se curvó con inesperado interés.
—No creo que tenga que preocuparse por eso, ya está liado con una de sus hijas.
—¿Ah, sí?—la Condesa se sonrojó y pareció perpleja al mismo tiempo.
¿Cómo demonios lo sabía?
¿O se refería a los propios deseos del Duque?
¿Quería decir que una de sus dos hijas sería la compañera de su nieto?
—¿A cuál se refiere?
¿A Rose, la primera, o a Daisy, la segunda?
preguntó con expectación.
Pero cuando miró al anciano, se quedó atónita.
La luz dorada de sus ojos ardía intensamente, como una llama de juicio.
La Condesa sintió una extraña sensación.
De pronto se preguntó por qué le costaba tanto respirar y por qué sentía una sensación similar a la de la hoja de una espada en la garganta.
Se quedó inmóvil, incapaz de entender las palabras.
—Su tercera hija.—se le encogió el corazón al oír la voz del Duque.
Ty:

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIIN
CORRECCIÓN:TY