Capítulo 27
—¿Cómo? ¿Que me faltan créditos?
La noticia cayó como un rayo, y la voz de Koi se elevó instintivamente. La profesora, al ver su rostro pálido, habló con seriedad:
—Sí, te faltan puntos en actividades extracurriculares y servicio comunitario. Tu puntaje en el examen de ingreso tampoco fue tan alto como esperabas… Pero, Koi, incluso con notas perfectas, muchos no logran entrar a las mejores universidades estatales.
—¿Me faltan puntos por actividades extracurriculares?
Ante la pregunta ansiosa de Koi, la profesora asintió.
—Eso y el servicio comunitario.
—Ah…
Un gemido escapó de sus labios. Entre el trabajo a medio tiempo y las tareas, no había tenido tiempo para acumular esos puntos. Además, su personalidad introvertida y su dificultad para socializar hacían casi imposible que participara en actividades grupales. Pero tampoco podía darse el lujo de rendirse. Incluso si repetía el examen de ingreso, si no compensaba esos créditos ahora, después sería un problema mayor.
«¿Qué hago?»
Nervioso, Koi preguntó con urgencia:
—Profesora, ¿hay algo que pueda hacer? ¿Alguna recomendación?
Podría haber preguntado en hospitales o iglesias, pero Koi no tenía ese tipo de contactos. Su única opción era depender de su profesora. Ella, con una expresión resignada, suspiró.
—Koi, buscar oportunidades por tu cuenta también cuenta como “actividad”.
—Lo sé…
Koi respondió desanimado. Pero si las cosas fueran tan fáciles, no estaría en este aprieto. Se agarró la cabeza, angustiado. La profesora, tras un momento de duda, habló:
—Participar activamente en eventos escolares también suma puntos, pero ya es tarde para unirte a un equipo deportivo…
Además, no tenía aptitudes atléticas. Aunque había tomado clases obligatorias de maratón, apenas lograba completarlas. Si se unía a un equipo formal, solo arruinaría su rendimiento y perdería puntos.
—Entonces, ¿qué tal el coro? O tal vez…
La profesora sugirió varias actividades, pero ninguna era viable para Koi. Las opciones posibles ya estaban llenas, y las disponibles eran imposibles para él.
—Uff…
Tras un largo suspiro, la profesora finalmente propuso su última idea:
—No quería sugerir esto, Koi… pero no hay más opciones.
—Sí, profesora.
Koi se tensó, alerta. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera. Si tan solo hubiera una oportunidad. La profesora habló lentamente, y Koi no pestañeó, mirando fijamente sus labios.
—… El equipo de cheerleaders.
Cuando finalmente lo dijo, Koi pensó que había escuchado mal.
—¿Perdón?
Con una sonrisa incómoda, volvió a preguntar. La profesora repitió con firmeza:
—El equipo de cheerleaders, Koi.
Al ver su expresión congelada, añadió:
—Y tendrás que usar falda.
Ahora, Koi no solo tenía la cara petrificada, sino también la mente.
—Un momento… ¿falda? ¿Por qué?
Tras unos segundos de silencio, su cerebro comenzó a procesar. La primera pregunta que surgió fue la más urgente. La profesora respondió seria:
—Nuestro equipo de cheerleaders tradicionalmente solo acepta chicas. De hecho, incluso si te postulas, las probabilidades son 50-50. Habrá una prueba de ingreso…
Suspiró y continuó:
—Normalmente, el equipo de cheerleaders es muy popular, así que es raro que busquen miembros así. Pero este año, hubo varias bajas, y hay malos rumores, por eso nadie quiere unirse.
—¿Malos rumores?
—Bueno, solo supersticiones.
La profesora evitó dar detalles, pero Koi lo entendió. Seguramente hablaban de maldiciones o fantasmas. Una tontería típica de estudiantes, pero el hecho era que no había postulantes. Eso, para Koi, era una suerte.
«Pero ¿una falda?»
Sin poder responder de inmediato, Koi titubeó y preguntó:
—Pero, aunque use falda… ¿puede un chico unirse al equipo de cheerleaders?
—Bueno, verás…
La profesora soltó una risita, como si ella misma no lo creyera.
—Dicen que si un chico se viste de mujer y participa una temporada, rompe la mala suerte. Por eso ahora están buscando chicos.
Terminó de hablar y negó la cabeza, riendo. “Los adolescentes…”, parecía pensar. Pero para el equipo de cheerleaders, esto era algo serio. Y para Koi, era una oportunidad única.
«Solo tienes que estar dispuesto a ser el hazmerreír de toda la escuela.»
Claro que, para alguien tan inseguro como Koi, esto era una tortura. Habría preferido rechazarlo y marcharse, pero no podía. Los créditos que le faltaban lo tenían atrapado.
—¿Puedo… pensarlo?
Al final, solo pudo responder con voz débil.
—No te desanimes, Koi.
La profesora le habló en tono alentador, notando su decepción.
—Buscaré algo más fácil para el servicio comunitario, ¿vale?
Ella conocía su difícil situación familiar. Aunque Koi nunca lo había admitido, la profesora lo había intuido y lo ayudaba discretamente.
—¿Sigues trabajando en ese sitio?
A veces la profesora iba a comprar cosas allí. Koi asintió.
—Eres un buen chico.
Lo miró con una sonrisa cálida, y Koi se sintió un poco mejor. Le dio un golpecito en el brazo, animándolo, y de pronto recordó algo.
—Ah, cierto. Esto no dará muchos puntos, pero ¿qué tal trabajar en la tienda de la escuela?
—¿Eh?
La sugerencia lo tomó por sorpresa. Antes de que preguntara, la profesora explicó:
—No habrá pago, claro.
—No, no, eso ya lo sé…
Koi, confundido, preguntó:
—Pero ¿eso contará como puntos?
—Normalmente no, pero…
Sonrió y continuó:
—Si ayudas a una profesora con dolor de espalda a atender la tienda, podrías ganar unos puntos extra.
Guiñó un ojo, su rostro arrugado inclinándose con picardía. Al ver su expresión, Koi finalmente logró sonreír.
—G-gracias.
—De nada, Koi.
Ella siguió sonriendo.
—Estos son mis horarios. Hablaré con los demás profesores.
Le pasó una nota con fechas y horarios.
—Es inicio de semestre, así que no estará tan ocupado. Muchos comprarán entradas.
—¿Para el baile de bienvenida?
—Exacto.
Asintió y, de pronto, abrió un cajón.
—Si tienes planes, ve con tu novia.
—¿Eh? No, no tengo…
Koi negó rápidamente la cabeza al ver las dos entradas que ella le ofrecía. Pero la profesora insistió, extendiéndolas.
—Yo no puedo ir este año por mi espalda. Sería una pena tirarlas.
—Ah… sí, claro.
Koi asintió sin pensar, mirando las entradas. Nunca había ido a un baile de bienvenida. Quizá nunca tendría otra oportunidad.
«Tal vez esta sea otra oportunidad para mí.»
Vacilante, extendió la mano con cuidado. La profesora esperó en silencio. Cuando sus dedos tocaron las entradas, ella las soltó.
—Ahora son tuyas.
—G-gracias.
Koi las tomó, aturdido. Era la primera vez que tenía entradas para el baile. Eran solo pedazos de papel barato con frases cursis, pero para él, parecían más valiosas que entradas para un concierto. La profesora lo miró con satisfacción y añadió con tono ligero:
—Y ánimo con el equipo de cheerleaders.
—Ah…
Al escuchar su queja involuntaria, la profesora se rió con gusto.

TRADUCCION: EPHYRA
CORRECCIÓN: EPHYRA
REVISIÓN: M.R