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Capítulo 1

“Nemo me impune lacessit.” El que me provoca no quedará impune. 

La sala del tribunal estaba en silencio. Si alguien hubiera dejado caer un alfiler, el sonido habría resonado como un estruendo ensordecedor. En ese silencio opresivo, donde incluso respirar parecía difícil, el demandante temblaba con el rostro pálido y demacrado. Sus pupilas se agitaban violentamente, pero su mirada permanecía fija en un solo punto, sin moverse.  

Estaba a punto de escucharse el veredicto que decidiría su destino. Con las manos juntas como en oración, el hombre parecía a punto de desmayarse por la tensión, pero lograba mantenerse en pie. Mientras todos los ojos en la sala se concentraban en el juez, finalmente sus labios se movieron.  

—… Por lo tanto, la demanda presentada por el demandante el día X del mes X del año 20XX queda desestimada.  

—¡Ah!  

De la boca del hombre solo escapó un breve gemido. Inmediatamente, se desplomó sobre la silla, cubriéndose el rostro con ambas manos. El juez continuó recitando el fallo como una máquina.  

—El secretario del tribunal dictará sentencia contra el acusado y dará por concluido el caso…  

Las palabras finales del juez parecieron no llegar a los oídos del hombre. Entre sus dedos, se podían ver sus ojos abiertos de par en par. Temblaba como una hoja sacudida por el viento invernal, y pronto las lágrimas comenzaron a brotar mientras se abrazaba la cabeza. De la boca de un hombre adulto salió un llanto infantil, desgarrador.  

Dominic L. Miller observó en silencio la escena del demandante, sentado inútilmente mientras las lágrimas caían. Con una expresión relajada, como si estuviera saboreando el momento, y los ojos entrecerrados, parecía incluso estar sonriendo.  

Aunque la mayoría no creería lo que estaba viendo, era la verdad. Este era el único momento en su aburrida vida en el que podía disfrutar de la sensación de estar vivo. Sentía un leve escalofrío recorriendo sus venas y un calor sutil en la parte inferior de su cuerpo, pero eso era todo. 

«Qué aburrida vida.» Pensó si ese era el límite del placer que podía experimentar.  

Después de un rato, cuando el juez abandonó la sala y el juicio terminó por completo, Dominic se levantó con calma.  

—Señor Miller, gracias. Usted es el mejor abogado del este, no, de todo el país. El presidente estará muy contento.  

El cliente, dejando atrás a los otros abogados, fue el primero en estrechar con fuerza la mano de Dominic, con una sonrisa radiante. Dominic echó un vistazo a los hombres que habían asistido al juicio como representantes de la empresa, celebrando con alegría, y luego se marchó después de lanzar una breve mirada a los demás abogados.  

—¿Se va ya, señor Miller?  

Al ver su espalda, el cliente preguntó, y los otros abogados asintieron.  

—Miller se va tan pronto como termina el juicio. Pueden discutir los detalles restantes con nosotros.  

—Ah, ya veo…  

El cliente murmuró para sí, mirando la espalda de Dominic con cierta decepción.  

—Parece que no es fácil acercarse a él.  

—¿Acercarse? ¿A Miller? ¿Para qué?  

Los abogados parecían sorprendidos, y el cliente sonrió incómodo.  

—Bueno, no estaría mal, ¿no?  

—Sí, supongo que no…  

Uno de los abogados, mirando a su alrededor con renuencia, habló:

—Miller no forma vínculos con nadie. Ni siquiera ha tomado un café con nosotros, que trabajamos con él.  

—¿Será por misantropía?  

*Robin: Aversión al trato con otras personas. Usado también en sentido figurado.

Alguien murmuró en voz baja. Mientras intercambiaban miradas para identificar la fuente, otro soltó:  

—Más bien es que no quiere mezclarse con gente común como nosotros. Es un Alfa dominante, demasiado noble.  

Su tono sarcástico era bastante grosero, pero nadie lo señaló. En el fondo, todos pensaban lo mismo: ese hombre se burlaba de todos excepto de sí mismo.  

En medio del incómodo ambiente, uno de los clientes intervino para cambiar el tema.  

—Bueno, basta de charlas innecesarias. Volvamos a la empresa. Ya informamos al presidente por teléfono, pero debemos presentarle un informe detallado. Los trámites restantes se harán por separado. Gracias a todos por su esfuerzo.  

—No hay de qué. Es nuestro trabajo.  

Mientras los abogados y los clientes se daban la mano y se felicitaban, el demandante, derrotado, permanecía sentado, mirando al vacío. Su abogado intentaba consolarlo, pero no parecía escuchar. Las lágrimas seguían brotando sin control, y él no hacía más que llorar.  

* * *  

—En el tribunal está prohibido liberar feromonas, ¿no?  

Dominic, que caminaba por el pasillo, volvió la mirada al escuchar la voz. Un hombre con barba descuidada se acercó con una sonrisa burlona. Dominic ignoró al hombre y siguió caminando. El otro, casi corriendo para alcanzarlo, inhaló exageradamente el aire, como si quisiera captar el dulce aroma que lo rodeaba, y luego añadió con una sonrisa astuta:  

—Aunque, ahora que el juicio terminó, supongo que está bien, ¿no?  

Dominic no respondió y siguió caminando. Aunque su rostro permanecía impasible, el hombre podía sentir que lo encontraba molesto.  

—Si quieres hablar del juicio, agenda una entrevista.  

La voz fría de Dominic confirmó las sospechas del hombre.  

—Oh, no. Ya vi que ganaron, ¿para qué necesitaría más detalles? Lo que me interesa es otra cosa.  

El hombre hizo una pausa deliberada antes de continuar.  

—He oído que el bufete H&J está planeando reclutarte. ¿Lo sabías?  

Lanzó una mirada furtiva a Dominic, buscando alguna reacción.  

—H&J es el bufete de cabildeo más grande en este momento, así que deben estar ofreciendo una suma considerable. Probablemente la mejor oferta en la industria.  

Sus ojos entrecerrados revelaban una curiosidad desagradable, típica de su profesión. Dominic respondió con frialdad:  

—Bueno, si eres periodista, deberías verificarlo tú mismo, ¿no?  

La respuesta fue tan cortante que habría avergonzado a cualquiera, pero el periodista no se inmutó y siguió sonriendo.  

—Por eso estoy aquí.  

Al llegar al elevador, Dominic se detuvo y lo miró por primera vez. Con una sonrisa burlona, le dijo:  

—No comment.  

El periodista no pudo evitar soltar un suspiro de frustración.  

—Vamos, no sea así. Si es cierto, sería una gran exclusiva.  

—¿Desde cuándo los periodistas verifican los hechos antes de publicar?  

La pregunta irónica de Dominic hizo que el periodista respondiera rápidamente:  

—Desde ahora —y añadió con una sonrisa—. Desde ahora lo intentaré.  

Las cejas de Dominic se arquearon ligeramente. Aunque el desafío del periodista no le agradaba, su única reacción fue un breve suspiro. Justo entonces, el elevador llegó, y Dominic entró sin más. Antes de que las puertas se cerraran, el periodista gritó:  

—¡Si hay algo que quiera compartir, llámeme cuando quiera!  

Las puertas se cerraron, y el periodista suspiró profundamente, dejando caer los hombros.  

—No estuvo mal, considerando con quién estabas tratando.  

Un colega se acercó y le habló. Al volverse, vio a un grupo de periodistas observándolo. Saber que todos habían visto cómo lo ignoraban por completo le hizo sonrojar las orejas, a pesar de su fama de ser descarado.  

—Creo que lo hiciste bastante bien.  

El periodista suspiró de nuevo, resignado.  

—Sí, supongo que no estuvo tan mal.

—Claro, me preocupaba que tal vez se estuviera ahogando.

—Oye, todavía estamos dentro del tribunal.  

Cuando el periodista bromeó, otro respondió:  

—Pero si es ese tipo, capaz de hacer algo así.  

—Para los Alfa dominantes, nada es imposible.  

Una voz se sumó al comentario, seguida de otra:

—Ese hombre ha matado a alguien, de verdad.  

El susurro deliberadamente bajo hizo que otro preguntara:

—¿A un periodista? ¿O a alguien más? 

—Da igual.  

Por un momento, el periodista se sintió intrigado, pero luego negó con la cabeza.  

—¿Para qué? Legalmente, podría hacer lo que quisiera.  

Dominic L. Miller era capaz de enviar a alguien a prisión de por vida, o incluso conseguir una sentencia de muerte. No necesitaba ensuciarse las manos. Además, ¿para qué molestarse con un periodista que solo persigue escándalos?  

—Los Alfas dominantes son narcisistas, ¿no? Se valoran demasiado a sí mismos como para arriesgarse a hacer algo que les perjudique. A menos que lo hayan calculado todo minuciosamente.  

Ante esas palabras, todos guardaron silencio. No había lugar para discusión. Era un hecho demasiado evidente. Entonces, alguien cambió de tema: 

—¿Hacemos una apuesta sobre si Miller se irá a otro bufete o no?  

* * *  

El sonido estridente de un violín interrumpió el ambiente. Rápidamente, los demás músicos comenzaron a tocar para cubrir el ruido.  

En medio de la escena, un hombre levantó la mano para llamar a un camarero, tomó una copa de champán de la bandeja e hizo un brindis hacia el grupo.

—Por otra victoria.  

—Felicidades, Miller.  

La mujer a su lado sonrió con elegancia y añadió:  

—Gracias.  

Dominic asintió con una sonrisa cortés.  

—Este juicio parecía complicado, ¿no? —comentó alguien.  

La mujer que había felicitado a Dominic parpadeó, fingiendo sorpresa.

—¿En serio? Yo nunca lo dudé. ¿Que Miller pierda un caso? Imposible.  

—Sí, ja, ja.  

El hombre que había hablado rió incómodo, observando la reacción de Dominic. Aunque este último no mostraba interés en la conversación, el hombre cambió rápidamente de tema:  

—¿Ya decidieron a quién apoyarán en las próximas elecciones? Habrá una fiesta de recaudación pronto…  

Mientras las palabras seguían fluyendo, Dominic recorrió la sala con la mirada. Como siempre, era una reunión aburrida. Aunque se presentaba como una fiesta benéfica, en realidad todos estaban allí para hacer conexiones y buscar oportunidades de negocio. Los políticos y los empresarios hablaban de quién les convenía que ganara las elecciones. Dominic ya estaba cansado.  

—Creo que es hora de…  

Justo cuando abría la boca para despedirse, alguien chocó contra su espalda. El impacto lo hizo tambalearse, y el champán que sostenía se derramó.  

—¡Ah!  

Un grito ahogado llegó desde abajo. Dominic, sin pensarlo, sostuvo a la persona que había chocado contra él. Su primer pensamiento fue: “Es ligero”. Con el ceño fruncido, miró hacia abajo y se encontró con los ojos del hombre que había chocado contra él.  

El hombre tenía cabello castaño claro y ojos color avellana. Aunque probablemente de estatura promedio, su cabeza apenas llegaba al hombro de Dominic, quien medía más de dos metros. Su cuerpo delgado y sus extremidades largas lo hacían parecer una muñeca de ballet.  

—Ah… —el hombre suspiró suavemente, y en ese momento, todo el ruido del mundo pareció desvanecerse.  

Aunque solo fueron unos segundos, para Dominic fue como si el tiempo se hubiera detenido. Cuando el hombre en sus brazos movió las cejas, confundido, el ruido regresó de golpe, y el tiempo pareció acelerarse, dejándolo ligeramente mareado.  

—Lo siento mucho.  

El hombre se disculpó y se enderezó. La sensación de calor en sus brazos desapareció, dejando solo un vacío. Dominic miró sus brazos vacíos y luego desvió la mirada hacia el hombre, cuyos ojos claros lo observaban.  

—Fue mi culpa. No vi por dónde iba…  

Con una sonrisa educada, el hombre sacó un pañuelo y se acercó a Dominic, como si quisiera limpiar la mancha en su traje. Dominic lo apartó sin decir nada.  

—No importa.  

—Espere…  

El hombre lo llamó de nuevo cuando Dominic intentó irse. Alcanzándolo rápidamente, el hombre le extendió algo. Era un pequeño trozo de papel.  

—Arruiné su traje. Déjeme compensarle. Llámeme.  

Era obvio que quería darle su tarjeta, pero Dominic no mostró interés. En lugar de tomar el papel, lo miró fijamente y preguntó:  

—¿Compensación?  

—Sí.  

El hombre sonrió. 

—El costo de la limpieza, o incluso un traje nuevo, si lo necesita.  

La comisura de los labios de Dominic se torció lentamente. 

—¿Dinero? ¿A mí?  

Aunque no sonrió, sus ojos estaban llenos de desprecio. El hombre se quedó paralizado, y Dominic se alejó sin mirar atrás. Sabía que el hombre lo estaba mirando, pero no le importó.



TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN 
REVISIÓN: M.R


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