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Capítulo 56. Los payasos de Heathfield

Fuera de la tienda, se escuchó a César toser incoherentemente, indicando que se había acabado el tiempo.

«Hora de hacer el payaso ridículo».  

Lucious miró el brazo sostenido por Nuritas y luego habló con cautela.

—Hoy tengo que presentarte a alguien.

El pensamiento de los ojos ilegibles de Ludwig pareció soplar un viento helado a través del espacio que una vez había albergado tantas emociones preciosas.

«Pero una promesa es una promesa».

Por miedo a alarmar a Nuritas, se abstuvo de decirle que era al rey a quien iba a conocer, así que de momento lo iba a presentar como un conocido suyo de alto rango.

«Hay que mantener a César y a Sophia juntos, y reforzar la escolta».

Su esposa era más severa que el hombre promedio, así que no dudaba de que se las arreglaría.

Además, por muy desquiciado que fuera Ludwig, no sería tan imprudente como para causar problemas en un lugar como éste, con todas las miradas puestas en él.

—Hasta pronto, entonces. Querida.

—Sí. Cuidate.

Nuritas se separó de Lucious, y observó al duque desaparecer durante un largo momento mientras se alejaba con su caballo y sus sirvientes.

Los espectadores del Torneo de Justas estaban muy emocionados desde ayer. En el primer combate de la mañana, el conde de Slytherin, vencedor por tercer año consecutivo, había aparecido y derribado a su oponente de un solo golpe.

Incapaces de creer que estaban a punto de presenciar en persona al rumoreado héroe de la guerra, empezaron a adelantarse al combate entre el duque de Morsciani y el conde de Slytherin. Aun así, había quienes se decantaron por el Conde de Slytherin, que no era ajeno a las justas, y quienes pensaban que el experimentado Duque merecía ganar.

A medida que aumentaba el número de apostantes, las caras de los corredores de apuestas en medio se iluminaban. Eran las apuestas más acaloradas de la historia, y sus bolsillos estaban cada vez más llenos.

—Mi señora, ¿nos vamos?

César condujo a Nuritas a la arena, con los hombros ya caídos por el griterío de la multitud, a pesar de que el combate ni siquiera había comenzado.

Aún así, siguió mirando a través de su velo a la arena, con la esperanza de vislumbrar al Duque. Cuando pasaron junto a los asientos reservados de la familia Morciani y se acercaron a la carpa roja, César se detuvo en seco.

Sólo entonces Nuritas sintió curiosidad por saber quién era el conocido de alto rango del duque.

—¿Dónde está este lugar?

Ante esa pregunta, Cesar, estupefacto, estuvo a punto de abrir la boca cuando se descorrió la cortina de la colorida tienda.

Había un hombre reclinado en una silla muy larga y un grupo de criadas abanicándolo con lo que parecían ser grandes hojas de loto.

—Ah…

El hombre, que resultó ser un conocido del Duque, era alguien a quien ella había visto antes.

—Eres aquel en el descampado.

Cuando escuchó a Nuritas susurrar con voz sorprendida, el hombre que estaba acostado vestido solo con una túnica no tenía intención de levantarse y solo sonreía con los ojos.

—Mi señora, salude a Su Majestad Xavier.

Fue el momento más sorprendente en la vida de Nuritas desde que descubrió que era hija ilegítima de la familia Romagnolo.

Esto se aplica a todos en el reino, pero cuando era pequeña, imaginaba vagamente a un rey gobernando el lugar donde vivía.

Se lo imaginaba como el sol sobre las montañas, justo fuera de su alcance, o la luna sobre sus mejillas, helándola hasta los huesos.

«¿Ese hombre desnudo es Su Majestad?».

No se parecía en nada al rey que ella había imaginado en su juventud, pero no pudo negarse a ello. Nuritas se inclinó con tardía formalidad.

—Saludos a Su Majestad. Soy la… 

—Si, si, ya nos hemos saludado y no somos extraños. Lucious llegará enseguida, así que ven y siéntate.

El rey hizo un gesto impaciente con la mano a Nuritas, que se inclinó, y le invitó a sentarse a su lado.

La silla de caoba era tan larga que en ella cabían fácilmente cinco hombres adultos, pero con el rey tumbado, el espacio que se le ofrecía parecía muy estrecho.

Nuritas no podía permanecer de pie ya que le había ordenado el rey, así que se acercó y se sentó incómoda.

Al sentarse junto al rey, el estandarte con el escudo de la familia Morciani comenzó a ondear sobre la arena, y toda su atención se centró en él.

«Que nadie salga lastimado… ».

Tenía las manos juntas en señal de oración y los ojos fijos en el duque, que entraba a caballo en la arena. Nuritas sintió que se le secaba la boca con sólo ver su entrada.

La majestuosa aparición del duque en armadura hizo que la multitud empezara a corear su nombre. El caballero sin nombre, por su parte, apareció en silencio.

Cuando los dos caballeros se ajustaron los cascos y adoptaron sus posturas, la multitud enmudeció.

Montado en su corcel negro, a Lucious le resultaba muy molesto los gritos de la arena. No le gustaba nada. Pero se calmó recordando el pañuelo atado a la manga de su armadura.

«¡Sólo por su honor!».

Al recordar la tenue sonrisa de Nuritas, las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente.

Un rápido vistazo a su oponente le mostró que era un jinete inestable, incluso tambaleante sobre su caballo. Sintió un poco de pena por haberlo elegido como primer oponente, pero ¿qué más podía hacer?

En ese momento, cuando el hombre de pie entre los payasos anuncio el comienzo, agito repentinamente la bandera.

«¿Me estás mirando?».

Lucious sostuvo su lanza en alto y empezó a cabalgar lentamente. No tenía intención de prolongar el espectáculo por mas tiempo.

El choque de lanzas entre los dos hombres, que se desplazaban en direcciones opuestas y se encontraron en medio, duró poco. Pero el polvo levantado por los caballos hacía difícil saber quién había ganado o perdido.

Cuando el polvo se asentó, el hombre del caballo negro miraba al frente, inmóvil.

Al otro lado, un caballo que había perdido a su amo permanecía tambaleante y errante. El caballero que había caído del caballo se arrastraba por el suelo, sin casco.

—¡Viva el Duque de Morciani!

Antes de que se oyera la voz que anunciaba el resultado del combate, un estruendo de vítores para el Duque brotó de las gradas.

El ataque fue tan rápido y piadoso que era imposible ver lo que había sucedido. Los espectadores alzaron aún más la voz cuando el caballero derrotado fue ayudado a ponerse en pie por sus sirvientes.

Mientras en Heathfield se volvían locos de emoción, hubo un hombre que no se dejó arrastrar por ella.

Ludwig Xavier era uno de los que habían estado esperando el torneo de justas del duque de Morciani con gran expectación. De hecho, incluso le había invitado a participar. Pero, por extraño que parezca, incluso cuando comenzaron las justas y se anunciaron los resultados, sus misteriosos ojos violetas se fijaron en una sola mujer.

Estaba intrigado por su actitud, que no había cambiado desde que se conocieron ayer en el claro, a pesar de que decía ser el rey de un reino.

Deliberadamente no le ofreció otra silla para calibrar su reacción, pero cuando apareció el duque, ella lo trató como si fuera un fantasma.

Nunca en su vida le habían tratado así.

Arietty: Oh no… aquí vamos de nuevo.

Ludwig Xavier había vivido una vida en la que estaba acostumbrado a ser el centro de atención por su belleza y su elevado estatus. Pero ahora la mujer de pelo plateado estaba a su lado, mirando hacia la arena.

Ludwig se mordió el labio y miró de reojo a la mujer que no le había mirado ni una sola vez.

Lucious, por su parte, asintió una vez para confirmar su victoria y salió rápidamente de la sala. No tenía intención de hacer ninguna de las cosas que hacen los hombres triunfantes, como quitarse el casco y alzar las manos al aire, o levantar la lanza en alto y gritar.

En parte porque no quería ser un payaso, pero también porque tenía que darse prisa en volver a por la única persona que le estaba esperando.

Había sido un combate muy corto.

Nuritas exhaló el aliento que había estado conteniendo por un combate que había acabado sin consecuencias. Había sido una victoria para el duque que ella esperaba, y su oponente no había resultado demasiado malherido, por lo que no le pesaba demasiado el corazón.

Se dio cuenta de que tenía las manos húmedas de sudor y sacó el pañuelo para secarlas. Ahora podría correr hacia él y felicitarlo por su victoria.

Pero como si la hubiera oído, el rey habló perezosamente.

—El duque vendrá aquí, y tú debes esperar.

Nuritas intentó levantarse ligeramente, pero se vio obligada a apoyar la parte superior de su cuerpo en la silla, y sólo entonces se dio cuenta de ante quién se encontraba.

Ludwig, que había estado tumbado todo el tiempo, se incorporó lentamente y se sentó, escrutando más de cerca a la mujer que permanecía rígidamente inmóvil, con la mirada fija al frente.

Había crecido rodeado de todo tipo de bellezas, y no se sentía especialmente deslumbrado por una mujer hermosa. Había muchas en el reino que se entregarían a él a su antojo.

Por primera vez, se sintió impaciente. Se preguntó a qué olería ella cuando sus labios rozaran la nuca de su esbelto cuello. Sintiendo una sed intensa, Ludwig ordenó a las criadas, que lo abanicaban con cansancio, que se retiraran.

—¿Quieres algunas de estas uvas?

Las uvas eran una fruta rara, que ni siquiera estaba al alcance de la nobleza.

Nuritas tenía pocas ganas de comerlas ahora, aun si fuesen doradas. Pero pensó en el duque y le dio las gracias. Entonces una mano le tendió una uva. Nuritas fingió no ver la uva del rey.

—La tomaré.

—¿Pretendes avergonzar la mano del rey?

Cuando dijo eso, era difícil negarse más, así que Nuritas se acercó y tomó lo que estaba dando y lentamente lo puso en su boca. Aunque el jugo agrio y dulce se esparció en la boca, Nuritas no estaba impresionado por ello.

Ludwig se rió a carcajadas, mirando la cara de Nuritas.

—Te pareces al conejo que solía tener.

Ludwig observó cómo Nuritas se limpiaba la boca y recordó el conejo blanco y puro que alguien le había regalado cuando era muy joven.

«Por supuesto, murió por mi mano…».

Nuritas sintió una extraña sensación ante las confusas palabras del rey, y fue como si se le hubiera atorado un grano de uva en la garganta. De alguna manera se sentía distante del rey. Era difícil de explicar ya que era un poco diferente de lo que sentía por el Conde Romagnolo o Abio.

Tenía una cara pálida, y aunque sus ojos sonreían, sus labios estaban rigidos, por lo que era fácil darse cuenta de que su risa no era auténtica.

—¿Esas uvas están frías? ¿Por qué estás temblando?

La voz del rey no podía ser tan dulce, tan suave, tan llena de cariño, pero a Nuritas no le gustaba.

Pero a diferencia de Nuritas, que cada vez estaba más distante de él, a Ludwig le gustaba cada vez más esta mujer.

Si hubiera sido el caso de algunas de las damas más vanidosas, que veían en este favor del rey una oportunidad, se habrían desnudado y abalanzado sobre él.

En las sociedades aristocráticas, también era costumbre que las mujeres casadas tuvieran aventuras. En una sociedad así, un rey soltero era un objetivo prioritario. Si quedaba embarazada del hijo del rey después de pasar una noche con él, podría traer gloria a su familia y ella también podría tener la oportunidad de ascender de estatus.

Pero Ludwig nunca había caído en un truco tan ruin. No estaba necesitado, y por alguna razón no le interesaba el contacto humano.

Pero la visión de una mujer tan inmóvil como una piedra estimula su espíritu competitivo.

«Ah… ».

Ludwig recordó la expresión del rostro de Lucious cuando no había reaccionado negativamente al matrimonio forzado.

Nuritas percibió su mirada suspicaz y sus hombros temblaron ligeramente.

Él recorrió con la mirada el cuerpo de la mujer, con los labios crispados por una lujuria que hacía tiempo que no sentía.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: JOAN


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