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Capítulo 10

Tres días después, en el Ducado de Rhudion.

—¡Esto es una locura! —gritó el hombre mientras dejaba el elegante papel de alta calidad que estaba leyendo. Su tono era agudo, algo inusual en la normalmente tranquila casa del Duque de Rhudion, conocida por su calma y por no alzar la voz en discusiones.

El hombre que había hablado, Delano, se mostró visiblemente furioso mientras miraba al Duque.

—¿Por qué lo dice, su señoría? —respondió el Duque Euclides con una calma que no parecía cambiar ni ante la situación más difícil.

—¿No lo sabe, Duque? —Delano casi se vio incapaz de contener su indignación. —¡Casarse con la hija del Duque Vasilian! No solo es una mujer del norte, sino que su reputación ha llegado a este rincón del Imperio, donde todos saben lo que pasa. ¡La gente sabe que ella está enamorada del Príncipe Heredero! 

Euclides, al escuchar a su consejero tan alterado, no cambió su expresión. En lugar de un rostro lleno de ira o frustración, su sonrisa ligeramente elevada permaneció intacta.

—¿Entonces sugiere que rechacemos esta propuesta matrimonial? —dijo sin prisa, como si la idea de rechazarla ni siquiera fuera una posibilidad sería.

Delano, viendo la calma imperturbable de su señor, intentó hacer un esfuerzo por calmarse, pero su tono seguía siendo agudo.

—¿No le importa? —insistió, sin poder ocultar su asombro—. ¿No le importa que esa mujer sea conocida por su carácter brutal y su temperamento desbordado? Ella es famosa por su mal comportamiento, y se rumorea que ha sido una causa de escándalos por años. ¡Es una total vergüenza!

Euclides, sin dejar de mantener su postura elegante, siguió con su aire de tranquilidad.

—Entonces, ¿desea que rechacemos el matrimonio de inmediato? —reiteró, sin mostrar señales de inestabilidad.

Antes de que Delano pudiera responder, el mayordomo de la casa entró con la respuesta a una pregunta pendiente.

—El pago a los Condes de Biers es de 750 oros, y aún quedan diez días para cumplir el plazo, señor —informó el mayordomo con voz apagada, como si la situación le afectara profundamente.

La situación financiera del Ducado de Rhudion no era fácil. En el norte, debido a las duras condiciones del terreno y el clima, el comercio era limitado y los precios de los bienes eran extremadamente altos. Para complicar las cosas, el único comerciante que operaba en la zona era el Conde de Biers, quien, hace una década, había subido exorbitantemente los precios de los suministros. Esto había causado un gran descontento entre los habitantes del Ducado, obligando al Duque Euclides a intervenir personalmente para moderar los precios y negociar.

Aunque el Duque se había hecho cargo de gran parte de los costos, el Ducado continuaba enfrentando una carga económica enorme debido a la falta de recursos naturales y el fracaso de varios intentos de inversión en minas y tierras.

A pesar de que, en teoría, podría haber creado su propio comercio, la falta de productos especiales y la obligación de seguir las órdenes del fundador del Ducado lo habían limitado.

Delano, conociendo a fondo las dificultades financieras del Ducado, se sintió aún más frustrado por la decisión del Duque de considerar un matrimonio con una mujer como Evgenia.

«Pero… ¿Cómo es posible que el Duque siquiera considere a esa mujer… una mujer de tan mala fama… y que encima ya tiene una historia con el Príncipe Heredero?» pensaba Delano, sin poder ocultar su angustia.

La riqueza de la familia Rhudion podría permitirles permitirse lujos, pero Delano sabía que la actitud de Evgenia era peligrosa. Su carácter afilado, su temperamento volátil, y su historial de escándalos eran lo último que el Ducado necesitaba en ese momento.

Rumores aún más oscuros rodeaban a la hija del Duque Vasilian. Se decía que frecuentaba el inframundo, participando en subastas ilegales donde se comerciaban productos prohibidos y esclavos. ¡Eso era algo que no podía ignorarse!

—¡Yo me opongo rotundamente a este matrimonio! ¿Cómo puede el Duque Vasilian hacer algo así? —exclamó Delano, claramente enojado mientras miraba al Duque Euclides.

Euclides, que nunca perdía su compostura, le respondió con una sonrisa casi burlona.

—¿No dijo usted mismo que, más allá de los rumores, parecía ser una buena persona? —preguntó, mientras observaba a su consejero, con una calma que parecía indiferente ante su indignación.

Delano, incapaz de ocultar su frustración, se cruzó de brazos y resopló.

—¡Yo creí que el Duque Vasilian estaba aquí solo para ampliar su territorio de negocios! —respondió, más calmado, aunque con una evidente sensación de traición—. Pero este matrimonio… ¡Es un desastre! ¿Cómo puede una mujer con esa clase de fama, involucrada en esos escándalos, ser una buena opción? 

Euclides no perdió su aire de tranquilidad y se dejó llevar por un toque de humor.

—¿Pero no es una buena oportunidad, de todos modos? —comentó con una ligera sonrisa—. Al menos, con este matrimonio, podemos cerrar un trato que no habríamos logrado de otro modo. 

Delano aún se sentía incómodo, pero la promesa de un lucrativo acuerdo con la familia Vasilian no era algo que pudiera ignorarse fácilmente.

—Pero… —Delano vaciló, antes de dejar salir un suspiro resignado—. El hecho de que el Duque Vasilian haya prometido abrir una sucursal en nuestras tierras y además ofreció una gran suma de dinero como dote… eso, la verdad, cambia las cosas. 

Euclides asintió lentamente, quitándose las gafas y mirando fijamente a su consejero.

—A veces, un matrimonio no es solo un asunto de afectos. Es un juego de poder y comercio. La familia Vasilian está en una posición más fuerte de lo que pensamos, y no podemos ignorarlo. 

Delano, sintiendo la presión del acuerdo, se mordió el labio. Sabía que las palabras del Duque eran sabias, aunque no le gustara la situación.

—Y, por supuesto, no olvidemos el hecho de que si este matrimonio se lleva a cabo, el Ducado podrá liberarse de nuestra dependencia de la casa Biers. —comentó Euclides, claramente viendo las ventajas comerciales que traía consigo.

Delano no podía evitar sentirse atrapado. Si la situación fuera diferente, tal vez habría aceptado con gusto la alianza, pero el carácter de la hija de Vasilian lo incomodaba profundamente.

—Pero, Duque, ¿qué pasa si ella sigue obsesionada con el Príncipe Heredero? —preguntó Delano, preocupado por las consecuencias que este amor no correspondido podría traer.

Euclides, sin perder la calma, se encogió de hombros.

—¿Y qué pasa con eso? —respondió, con una sonrisa irónica—. El matrimonio puede no ser romántico, pero al menos no tendremos que preocuparnos por la competencia real. Ella estará ocupada en su propio drama. 

Delano no pudo evitar sentirse incómodo ante la indiferencia de Euclides, pero sabía que las palabras del Duque no eran infundadas. El matrimonio podría servir a los intereses del Ducado, pero el precio personal de esa unión era algo que no podía evitarse.

—Bueno… —Delano murmuró, ya sin mucho ánimo. — Supongo que las negociaciones no nos dejan muchas opciones. 

Finalmente, Euclides hizo un gesto al mayordomo.

—Prepárate para viajar a la capital lo antes posible. —ordenó, con la misma calma con la que había manejado todo el asunto.

—Entendido, señor. 

Delano, aún desconcertado, miró al Duque con una mezcla de frustración y resignación.

—¡Duque! —gritó, queriendo expresar más su malestar.

—¿Algo más, Delano? —preguntó Euclides, ya de vuelta en su trabajo, como si la situación estuviera resuelta en su mente.

Delano, sin saber qué más decir, se limitó a callar mientras Euclides volvía a ponerse las gafas y se preparaba para continuar con la documentación. La situación estaba fuera de sus manos, y, aunque no le gustara, sabía que no había vuelta atrás.

Su señor, a veces, al permanecer sin una sonrisa y con esa expresión impasible, emanaba una sensación de autoridad que no se podía comparar ni siquiera con la de la realeza. Una fuerza dominante, un aire tan imponente que parecía que nadie podría atreverse a contradecirlo o pronunciar palabra alguna en su contra.

«¿Cómo es posible que quien ocupe su corazón sea…?»

Delano ocultó el sufrimiento en su pecho mientras deseaba con todas sus fuerzas que, a pesar de todo lo que se decía, la hija de los Vasilianos fuera una buena persona. Incluso si no lo era, esperaba que la cálida y noble naturaleza del Duque la cambiará. Con una esperanza ferviente, finalmente habló.

— Felicidades por su matrimonio, mi señor.

El mayordomo, que había estado observando el ambiente, no tardó en añadir unas palabras.

— La señorita Marianne y el joven Dior también estarán felices al saberlo, ya que por fin tendrán una tía.

Era una verdad muy especial, ya que, después de perder a sus padres cuando apenas era un niño, nunca había tenido familia hasta ahora.

Leyendo el mensaje oculto en las palabras del mayordomo, Euclides no pudo responder afirmativamente. En lugar de eso, esbozó una sonrisa vacía, como si tratara de ocultar sus propios pensamientos.

En ese momento, una pequeña arruga apareció en su frente, casi imperceptible.

Antes de que alguien pudiera darse cuenta de lo que sucedía, Euclides volvió a levantar la comisura de sus labios, diciendo con tono calmado:

— Gracias por las felicitaciones. Hay mucho que hacer, así que, por favor, pueden retirarse.

Delano y el mayordomo, sin percatarse de nada extraño, se inclinaron y se marcharon.

Apenas la puerta del despacho se cerró, Euclides sacó con rapidez un pañuelo y se tapó la boca.

Su rostro se tornó de una palidez mortal mientras observaba, con dolor, la sangre que se había impregnado en el pañuelo.

Robin:

—Entonces, ¿qué podemos hacer? Su corazón está únicamente con el Príncipe Heredero…

Euclides, mientras pensaba en las palabras de su consejero, no pudo evitar esbozar una sonrisa amarga.

—Ojalá fuera así. Lo siento por mis sobrinos, pero este matrimonio no va a durar mucho.

Las palabras, dichas en un susurro casi inaudible, contenían una verdad que nadie más conocería. 



RAW HUNTER: ANNA FA/ MOKA/ SUUNY
TRADUCCIÓN: MOKA / ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN


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