Capítulo 44. Los que se engañan a sí mismos y los que pretenden engañar a los demás
El Conde apretó los puños frente a él, tratando de mantener una expresión neutra para no mostrar su disgusto. Lucious estudió el rostro del Conde y sonrió levemente.
—El Marqués Spinone es un hombre de gran destreza marcial, y su reputación en el reino es bien conocida, y no se me ocurre mejor lugar para el heredero de la Casa Romagnolo.
Entonces Lucious se interrumpió ligeramente, como avergonzado.
—Pero ahora que lo pienso, me pregunto si fui demasiado imprudente.
El Conde sintió una oleada de ira ante el comportamiento aparentemente imperturbable del joven, pero no podía demostrarlo y se sentía avergonzado.
«¡Qué tonterías dices!»
El Marqués Spinone era tan mal rumoreado en el reino como el Duque Morciani. Se decía que era un sodomita que prefería a los hombres jóvenes antes que a las mujeres. Hasta ahora, al Conde nunca le había importado si el Marqués codiciaba o no a los hombres, pero ahora los rumores eran demasiado fuertes como para ignorarlos.
Si Abio podía cumplir con sus obligaciones como chambelán a las órdenes del Marqués, borraría rápidamente el estigma de que el heredero de la familia Romagnolo era débil.
«Pero hay algo extraño en esto.»
Aunque era un tipo estúpido que nunca lo había hecho feliz, no estaba contento de enviar a su único hijo a las afueras. Sin embargo, fue puramente su orgullo lo que le impidió rechazar la absurda historia del Duque.
—Es un gran honor que se preocupe tanto por mi hijo y que me recomiende un lugar tan bueno para él, no sé cómo podré devolverle el favor.
El Conde inclinó repetidamente la cabeza, expresando su sincero agradecimiento.
Después de ver desaparecer de su vista el carruaje que transportaba al Duque y a Nuritas, el Conde gritó a sus sirvientes y les ordenó buscar a Abio de inmediato.
La ira pareció convertirse en humo por encima de su cabeza.
El Conde miró hacia las puertas mientras sus sirvientes se alejaban a toda prisa, sintiendo que el arrepentimiento le invadía, pero los dados del destino ya estaban echados.
Mientras tanto, Abio, que no tenía forma de saber qué pasaría en el futuro, seguía sin palabras a pesar de que el sol se estaba poniendo.
«¿Es esto lo que se siente cuando el mundo se viene abajo?»
Al principio, la visión de un chico flaco tirando de una carretilla no fue más que una curiosidad. Pero cuando se dio cuenta de que lo seguía, quedó hipnotizado.
La primera vez que el chico apareció en sus sueños y tuvo extrañas fantasías, se sintió terriblemente cohibido. Si hubiera sabido cómo detenerlos, habría puesto fin a esos deseos. Era a la vez repugnante y fascinante verse enredado con una criatura tan asquerosa en sus sueños.
La primera criada que había tomado tenía un parecido asombroso con el blanco y delgado cuello del niño. No le importaron sus frágiles manos, desesperadas por cubrirse mientras lloraba.
Después de eso, intentó llenar el vacío que seguía apareciendo, pero nunca quedó satisfecho.
«¿Por qué?…»
En días tan caóticos, deambulaba buscando a ese niño. Ni siquiera sabía qué quería hacer con algo tan humilde, sólo que quería agarrarlo por el pescuezo en ese mismo instante.
Cuando por fin se encontró cara a cara con el niño sirviente cerca de un almacén destartalado, sintió como si las finas cuerdas de su cabeza se rompieran.
Apartó de un puntapié los rebeldes ojos azules para revelar la inmaculada nuca tendida en la tierra, y por un momento saboreó el máximo placer.
«Claro que sí. Sabía que sería mía.»
Los sirvientes eran como el ganado en un castillo, y aquella cosa deslumbrante estaba destinada a ser suya. Pero entonces el joven apareció de la nada con un vestido, y dijo que era la hija ilegítima del Conde.
Él pensó que era un niño delgado, pero era una chica, y entonces ella se convirtió en Meirin y escapó de sus garras. Todo sucedió tan rápido.
—¡No!
Abio lanzó la botella que sostenía contra la pared. La botella se hizo añicos y los restos de licor y los pequeños fragmentos de cristal volaron hacia él. Su cuerpo ebrio ni siquiera podía oler el repugnante olor de la sangre.
Era natural que se enseñoreara* sobre esa cosa tan humilde.
*Enseñorear: Hacerse señor y dueño de algo.
«Pero lo que vi antes no fue tan malo.»
Pensaba que fue asi desde que le dieron el ridículo nombre de Nuritas. Para tal inmunda cosa vestida con ropa elegante, creía que era el nombre perfecto.
—Es una cosa tan humilde.
No importaba cuánto bebiera o gritara, su ira no podía aliviarse, y el que había sido su primer amor y la causa de tantas noches de tormento se le escapaba entre los dedos como el polvo.
Pareció escuchar a alguien entrar a la habitación y decir que el Conde lo estaba buscando, pero Abio se molestó tanto por todo que cerró los ojos.
—Es culpa de mi padre que mi vida se haya torcido.
Se hundió en el suelo, completamente agotado. El mundo daba vueltas a su alrededor. Se tambaleó y estiró los brazos, pero la nuca blanca que había esperado se volvía cada vez más borrosa, como si no pudiera atraparla.
«────── « ⋅ʚ♡ɞ⋅ » ──────»
Han pasado tres días desde que los pétalos ondean al viento.
Nuritas se mordió el labio mientras miraba cómo la cosita blanca entraba volando por la ventana y aterrizaba en el borde de su cama.
«Quiero ver a mi madre.»
Pero por ahora sólo podía esperar a que su cuerpo sanara.
En ese momento se abrió la puerta y entró un niño pequeño vestido con ropas raídas. El niño vaciló y caminó lentamente hacia ella.
—Gusto en verla, Señora.
—Oh, ¿entonces estás…?
—Gracias a usted, estoy a salvo.
El niño le expresó su gratitud, escondiendo su mano sosteniendo un ramo de pequeñas flores silvestres detrás de su espalda. Sus mejillas estaban sonrojadas de lo nervioso que había estado.
Nuritas no pudo evitar sonreír por lo tierno que era. El niño dudó un momento y luego soltó lo que quería decir.
—Mis padres me dijeron que no podía visitarte, pero tenía muchas ganas de verte y saludarte…
—Puedes visitarme cuando quieras. ¿Me has traído esas flores?
Cuando Nuritas preguntó, el niño apretó con más fuerza la flor. A diferencia de cuando había arrancado la flor, se sentía muy avergonzado de sostenerla. La mesilla de noche junto a la cama de la Duquesa ya estaba decorada con caras flores rojas del invernadero.
El chico no se atrevió a ofrecer el ramo de aspecto raído.
—Está bien, me encantan las flores del campo. Enseñamelas.
Podía comprender completamente lo que sentía un sirviente al estar frente a los nobles. Así que esperaba borrar algo de la vergüenza juvenil de los ojos del niño.
Armándose de valor con el suave ánimo de ella, el chico mostró a Nuritas lo que había escondido a sus espaldas. Un ramo de flores silvestres blancas y amarillas desprendía un aroma nostálgico.
Nuritas aceptó las flores y sonrió alegremente al niño. Al niño se le iluminó la cara al darse cuenta de que a la Duquesa parecían gustarle las flores que le había regalado.
—Ya no tiras de la carreta, ¿verdad?
—Sí. De hecho, fui a ayudar a mi padre aquel día, sin pedir permiso…
El niño se calló avergonzado al pensar en sus padres, quienes estaban sorprendidos por lo sucedido ese día. No se había dado cuenta de que el mero hecho de querer ayudar a un adulto que trabajaba en el castillo provocaría semejante incidente.
—Me alegro de que te hayas detenido, y muchas gracias por estas flores.
El niño que expresó su gratitud pudo salir de la habitación con un rostro más relajado que cuando entró por primera vez.
Nuritas miró las flores silvestres que tenía en la mano.
Las colocó alegremente en el jarrón de su mesilla de noche, pero su forma humilde y modesta no estaba a la altura del esplendor de la flor original, y la hizo sentirse como si nada al lado de un Duque que brillaba como el sol en el cielo.
Cuando se recuperó, empezó a dar paseos ligeros, pues había estado postrada en cama y pensaba que tal vez no viviría mucho tiempo si seguía en ese estado. Pero en lugar de dejarse deprimir por esa incertidumbre, decidió vivir el presente.
La luz del sol caía suavemente sobre sus mejillas, haciéndoles cosquillas, y una ligera brisa agitaba su larga cabellera. Sin darse cuenta, Nuritas estaba buscando a alguien a quien no había visto desde aquella noche.
«Ah, ahí estás.»
Donde se detuvieron sus pasos, estaba el Duque moviéndose con una espada y salpicando sudor. El corazón de Nuritas comenzó a responder lentamente al ver su apariencia. Antes de ver al Duque, no había sido consciente de su deseo de verlo.
Nuritas se apoyó contra un árbol con una mano apretada en un puño y examinó lentamente la apariencia del Duque.
Servir a un caballero tan magnífico había sido su sueño durante años.
Lo había imaginado mientras cargaba fardos de paja, sacando aguas residuales, cargándolas y vertiéndolas. Había imaginado innumerables veces lo maravilloso que sería si al menos pudiera pulir el brillante casco plateado de un caballero.
—Caballero…
Miró al Duque con ojos brillantes, sin siquiera saber lo que estaba diciendo.
Lucious se estaba preparando para una justa que tendría lugar algún tiempo después. Llevaba un rato blandiendo su espada cuando sus agudos sentidos captaron una mirada.
Unos ojos azules le seguían con un brillo soñador.
Al ver la falta de familiaridad en los ojos de Nuritas, Lucious se burló de sí mismo un poco más exageradamente de lo habitual. Entonces dejó de moverse, envainó la espada y se puso a su lado.
Lucious podía distinguir cada detalle de su expresión, aunque no podía verla bien porque se estaba moviendo, y se parecía más a la de un niño admirando a un caballero que a la de una mujer enamorada.
«No estás enamorada de mí, ¿verdad?»
Lucious sintió una punzada de arrepentimiento en su interior. Pero se pasó una mano por el pelo sudoroso, intentando parecer lo más indiferente posible.
—¿Te encuentras mejor?
Nuritas se levantó aturdida, tal vez cansada por haber estado tanto tiempo fuera, y contestó, sobresaltada por la voz del Duque.
—Sí. Gracias a su preocupación, me encuentro mejor.
—Me alegro.
Nuritas tenía un millón de cosas que quería decirle al Duque cuando lo viera, pero su mente era una maraña de hilos, y las palabras no le salían fácilmente, así que se limitó a mirar su vaina, reluciente a la luz.
El Duque la observó y preguntó con cautela.
—¿Por casualidad te interesa la esgrima?
Nuritas se sobresaltó y lo miró a los ojos.
«¿Cómo podría decirlo? Hace mucho tiempo que tuve el sueño incumplido de convertirme en caballero.»
Ella inmediatamente negó con la cabeza ante sus palabras, pero Lucious notó que, contrariamente a sus palabras, los ojos de Nuritas estaban llenos de un afecto persistente por la espada.
—Espera aquí.
Con esas breves palabras, salió corriendo hacia lo que parecía un pequeño almacén cerca de los campos de entrenamiento.
Salió un momento después con una pequeña espada de madera. Se la tendió, y Nuritas se quedó quieta, sin saber qué hacer.
—Tómala.
Nuritas lo tomó en un instante y miró a Lucious con expresión perpleja. Lucious le habló, un poco indiferente.
—Tal vez pueda enseñarte el manejo sencillo de la espada.
Nuritas la sujetó entre sus manos, sintiendo por primera vez una extraña emoción. Se sentía demasiado culpable para alegrarse por este favor del Duque, y su corazón estaba tan lleno que no podía agradecerle adecuadamente.
Lucious miró de cerca su expresión mientras sostenía la preciosa espada de madera que le había regalado su padre cuando era niño, sintiendo una satisfacción similar a la que su padre podría haber sentido en el pasado al entregarle algo que significaba tanto para él.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: JOAN