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Capítulo 38. Secretos que no puedo contarte

Nuritas deambulaba por las zonas más recónditas del castillo, incapaz de ocultar su caótico estado de ánimo. En lugar de las zonas más ornamentadas o acogedoras del viejo castillo, como el salón de baile, el vestíbulo o las salas de recepción, su lugar favorito estaba en la parte trasera del castillo, donde curiosamente reinaba la sombra.

Sophia la seguía a distancia, como había pedido. Nuritas no estaba completamente sola, pero sentía que le atravesaban el corazón. Las hileras de herramientas estaban bien ordenadas, pero de alguna manera le traían recuerdos familiares. El olor nauseabundo, combinado con la paja seca, tranquilizó la mente de Nuritas.

«¿Qué estoy haciendo ahora?»

Vestía ropas nobles y comía comida noble, pero por dentro seguía siendo la misma chica. De vez en cuando, aunque no fuera consciente de ello, Nuritas se fijaba en su vestido o sentía cómo su pelo crecía y le hacía cosquillas en el cuello.

Además de preocuparse por su madre, también le inquietaba que descubrieran su identidad, y la única persona que aparecía en su mente una y otra vez le hacía estallar la cabeza. Las cosas que solían molestarla eran tan triviales. Nada más que un hambre terrible y los abusos de Abio.

Nuritas alejó los pensamientos, como siempre hacía. Sentía que no podía dar un paso adelante porque no soportaba cargar con ellos todo el día. Su reflejo en el charco de agua del suelo le desdibujó la cara.

A pesar de comer bien todos los días, no había ganado peso. Si se cortara el pelo, parecería un chico. Echó una mirada a sus pechos y su cintura, que apenas tenían rasgos femeninos, y se alborotó el pelo una vez, pensando que tal vez el Duque la vería así.

Entonces vio a un niño que se esforzaba por tirar de una carretilla de su tamaño.

«Eso le va a doler….»

Después de muchos años de experiencia, supo que la apariencia del niño era un poco precaria. A los pocos pasos, la carretilla se volcó y el niño que tiraba de ella quedó atrapado debajo. Ocurrió tan rápido que ni siquiera gritó.

Nuritas corrió hacia el niño, sin molestarse en mirar a su alrededor.

El niño tenía los ojos cerrados por el shock y la cabeza parecía sangrarle. Nuritas se esforzó por quitar la carreta del cuerpo del niño,  parecía pesar bastante,. Hacía tiempo que no tenía que hacer algo así, pero no le importaba. Apartó la carreta y le dio un golpecito en la mejilla.

—¿Ey? ¡Niño, despierta! ¿Ey?

Pero el niño no pudo responder, así que Nuritas acercó la oreja a su pecho y luego puso el dedo bajo su nariz. Afortunadamente, el niño respiraba. Nuritas le dijo a Sophía, que corría alarmada, que se diera prisa en llamar al médico.

No podía esperar a que alguien acudiera en su ayuda. El niño había perdido bastante sangre y tenía la cara pálida. Además, la herida de la cabeza era muy inquietante.

«Mierda. Es demasiado joven. Por favor… »

Se quitó el chal que llevaba y aseguró el cuello del niño. Luego lo levantó con cuidado. Las piernas le temblaban por el esfuerzo, pero apretó los dientes y siguió caminando.

Los sirvientes del Duque se detuvieron un momento mientras veían a la Duquesa cargar con el niño herido. Al cabo de un momento, recogieron al niño y Nuritas les siguió con un suspiro.

—Debes tener cuidado con el niño, fue aplastado por la carreta.

—Gracias, mi Señora.

—La diosa Diana le ayudó.

Se quedaron mirando incrédulos, incapaces de creer que una persona tan noble hubiera acudido al rescate de un humilde niño sirviente. Y qué compasiva era la mirada de la Duquesa mientras observaba al niño herido.

El médico llegó a tiempo y el niño pudo recibir tratamiento de forma segura.

Él concluyó que el niño se desmayó por el shock y no parecía tener mayor problema en la cabeza. Después de un rato, Nuritas vio que el niño abría los ojos y sólo entonces se relajó.

Por otro lado, la cara del médico personal del Duque era de frustración por haber atendido las heridas de un mísero niño. Era un hombre que se enorgullecía de haber atendido la salud de los nobles de la Casa Morciani durante generaciones.

Nuritas estudió la expresión del médico y, con voz fría, le instó a que atendiera al niño hasta que se recuperara por completo. Las manos del muchacho estaban negras y rojas mientras yacía allí, con los ojos desorbitados y volviendo a dormirse.

Sabía cuántas veces se le habían desgarrado los diez dedos para tirar de una carretilla de ese tamaño. Ella también había tirado de una carretilla muy cargada, cuyo peso a veces le cortaba la respiración y le hacía sentir como si fuera a romperse la espalda. Le hacía sentir aún peor que no hubiera diferencia entre su yo pequeña y el niño sangrante que yacía allí.

Cuando estuvo segura de que dormía profundamente, intentó levantarse, pero se mareó.

«Quizá me he estado esforzando demasiado durante mucho tiempo.»

Justo cuando Nuritas pensaba que estaba a punto de caer al vacío, alguien la atrapó.

«Duque.»

No necesitó mirar la mano que la sujetaba ni un momento para saber de quién se trataba; siempre había frescura en él, sus manos eran grandes y fuertes, y su pecho siempre amplio y cálido.

—¿Estás bien, querida?

Mientras el Duque le hablaba al oído, Nuritas sintió una leve molestia en la parte inferior del abdomen.

Se preguntó si así se sentiría cuando una flor brotara de su cuerpo.

En ese momento, el Duque le soltó las manos de la cintura por detrás, le agarró las muñecas y la giró lentamente. En un instante, Nuritas estaba frente a él. El Duque la miraba con ojos preocupados, pero Nuritas bajó la cabeza para evitar su mirada. No quería hacerse la ilusión de que él siempre la ayudaba, de que le importaba o que se preocupaba por ella.

Lucious se había apresurado a bajar las escaleras cuando oyó que la Duquesa llevaba a un niño herido. Nuritas miraba con cariño al niño, que trabajaba con la ropa hecha jirones por todas partes.

Y cuando se levantó y tropezó, su cuerpo reaccionó primero y abrazó la cintura de Nuritas por detrás. En el momento en que esos misteriosos ojos azules se apartaron de él, sintió una profunda punzada de pesar.

Aunque era muy amable con los animales del jardín y con otros empleados, siempre había mantenido esa distancia con él. Pero se sintió satisfecho al notar un ligero temblor en sus brazos mientras la abrazaba.

Nuritas apartó los brazos de él. Le resultaba incómodo que el Duque se le acercara así. Si tanto le gustaban los hombres, ¿por qué seguía mirándola con tanta atención? La insistencia del Duque en guardar silencio la inquietaba.

—Si me disculpa, necesito cambiarme de ropa.

Mientras veía a Nuritas esfumarse tan rápidamente, el Duque murmuró para sí mismo.

—¿Qué puedo hacer contigo, que siempre me das la espalda?

«────── « ⋅ʚ♡ɞ⋅ » ──────»

Apenas se había adaptado a la vida en Morciani, cuando llegó el cumpleaños del Conde Romagnolo. Viajaba de vuelta a casa del Conde por primera vez desde su matrimonio. Nuritas se apoyó en la pared del interior del carruaje, intentando mantener la postura erguida y ajena al Duque.

Era un viaje que no quería hacer, salvo por la perspectiva de ver a su madre. Nada era fácil, ni la idea de ver aquellas caras repugnantes, ni la de tener que estar al lado del Duque.

El carruaje traqueteó, y Nuritas se agarró al asiento con ambas manos, nerviosa por la posibilidad de caer sobre el Duque cuando su cuerpo inmóvil avanzara. Pero el Duque, frente a ella, cerró los ojos y no se movió. Nuritas supuso que dormía y estudió su rostro con detenimiento.

Las largas pestañas de sus ojos cerrados se movían ligeramente. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado y las orejas tapadas al descubierto, captando la luz de la ventana. A Nuritas le resultaba extraño decirle esto a un hombre, pero el Duque le parecía muy hermoso.

Por un momento deseó que el Duque fuera como se rumoreaba que era. Pero él había acudido a rescatarla bajo un aguacero torrencial, y aquel día no había falsedad en sus ojos.

«¿Por qué un hombre tan bueno tenía tan mala reputación?»

Todo era ya irreversible, pero al mismo tiempo, Nuritas deseaba liberarse de todo aquello. Cerró los ojos con fuerza, preguntándose cuánto tiempo más podría soportar esto, la ridiculez de estar a solas con un Duque que supuestamente estaba enamorado de un hombre.

—¿Señora?

Lucious había llamado a la dormida Nuritas muchas veces antes. Su rostro parecía ahora el cielo antes de una tormenta. Deseó poder sacarla de esa pesadilla.

—¿Señora?

—¿Sí?

Nuritas se dio cuenta de repente de que alguien la llamaba, y se volvió rápidamente para mirar al Duque que tenía enfrente.

—¿Qué ocurre?

—¿Puedo preguntarle qué tiene en mente?

La voz de Nuritas era tranquila y pensativa.

—No estaba pensando en nada, sólo cerré los ojos un momento.

Al oír sus palabras, Lucious sonrió con picardía, con su mirada que todo lo ve.

—Ya que vamos por buen camino, ¿por qué no nos hacemos preguntas?

—…No tengo ninguna pregunta.

Nuritas apartó la cabeza de él, apoyando con una mano su cabeza, cansada por el peso de su mal sueño, y miró por la ventana. Aún podía sentir la agobiante mirada del Duque sobre ella, pero trató de no devolverle la mirada.

A Lucious no le importó, como si hubiera esperado esa respuesta, y la miró con expresión muy satisfecha mientras ella miraba temerosa hacia la ventana, y deseó que su nombre estuviera entre las cosas que ahora se agolpaban en su mente.

El carruaje que los transportaba no tardó en llegar al territorio Romagnolo.

Nuritas se alegró de ver a lo lejos la fortaleza del Conde. Allí descansaba su pasado y también su madre. Asimismo, era el lugar donde se mantenía vivo todo su sufrimiento y el de su madre.

Si era posible, esta vez quería llevar a su madre con ella.

«¿Pero de qué forma?»

Tenía que haber alguna excusa para traer a la criada encargada de la limpieza del castillo Romagnolo, pero no la tenía. Además, el astuto Conde no liberaría a su madre de su trampa tan fácilmente.

¿Se reiría su madre si la viera con un vestido que parecía aún más cutre que el de Lady Meirin, o reconocería la tristeza en su sonrisa y mostraría sus lágrimas?

Un millón de pensamientos se agolpaban en la mente de Nuritas.

Mientras tanto, Lucious Morciani quería deshacerse de todo lo que deprimía a la valiente mujer que había aceptado en su familia.

A partir de algún momento, incluso cuando miraba el rostro de Nuritas, no le venía a la mente el Conde Romagnolo. Eran claramente inseparables, pero por mucho que pensara en ello, no podía odiarla.

¿Fue desde el momento en que la atrapó la lluvia en la cueva y la sostuvo en sus brazos?

¿O tal vez cuando oía su voz tranquilizadora mientras atendía a Onix y a sus crías, o cuando vio sus ojos azules temblorosos después de haberse bebido todo su vino y roto el vaso?

Cada momento con ella no era desagradable en lo más mínimo. Era más bien como recoger a un animal herido y cuidarlo en sus brazos.

Había una herida en ella que sólo alguien como él podía conocer, y era el parecido en sus ojos lo que hacía que siguiera mirándola y queriendo abrazarla.

Quería tenerla en sus brazos, consolar sus heridas, y por eso esta visita a Romagnolo significaba tanto para él.

«Espero poder acercarme un poco más a ti.»

La determinación de Lucious resonó en su mente cuando el carruaje tirado por cuatro caballos aminoró la marcha.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: LILIAN


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