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Capítulo 46

Me habían sacado, inesperadamente, de los pensamientos sobre los macabros rumores de Daria y su actual relación con la Duquesa Carolina, por tanto, lo que menos me apetecía en aquel momento era lidiar con el futuro heredero de la familia Ducal. Por supuesto, su llegada no fue bien recibida. No obstante, debido a su estatus, no podía ignorarlo casualmente. Tendría, al menos, que saludarlo y despedirlo con cortesía.

—Lord de Carolina.—di un paso atrás e hice una reverencia.

—Si quiere salir a la terraza, puedo indicarle el camino.

—Gracias, joven Lord, mas me temo que declinaré su oferta por ahora. Me gustaría estar sola un rato.

—Es un poco lamentable ser rechazado más de una vez, Lady Garnetch, ¿no le parece?—mientras lo decía no parecía muy disgustado y a su vez añadió—. No veo al Duque de Ludwig aquí hoy y la pobre Marquesa de Rosaline está sola…

Sus susurros me resultaron algo molestos y, sin poder evitarlo, miré en dirección a la Marquesa. Justo en ese instante, mis ojos se cruzaron con los de ella, quien giró la cabeza inmediatamente con la cara contorsionada y llena de desprecio. Sin embargo, esta vez no quería perder, así que le devolví la mirada fijamente durante un largo momento.

—¡Oh! ¿Viene hacia aquí?—dijo el hombre a mi lado.

Fiel a las palabras del joven Lord de Carolina, la Marquesa se dirigió hacia mí. Incliné ligeramente la cabeza, sin apartar la vista del veneno que sus pupilas destilaban.

—Desvergonzada, puta asquerosa…—de sus labios emanaba un fuerte aroma a alcohol mientras pronunciaba sus hostiles insultos.

Con un ademán, levantó la copa de champán que llevaba en la mano izquierda. Ésta brillaba con un líquido ambarino, de color similar al que Daria había estado bebiendo antes.

—¡Marquesa Elizabeth!—el Joven Duque de Carolina* la llamó con voz de pánico al ver las amenazantes intenciones de la mujer. 

*Bueno, exactamente dice “pequeño Duque de Carolina” pero queda mejor, como traducción, Joven Duque. En este caso no es para denotar su edad sino para destacar que es el próximo heredero a dicho título. Algo parecido a “Joven Maestro” y “Maestro”.

Sin embargo, suavemente paré al hombre, que se había adelantado, impidiéndole avanzar, y, dando un paso firme, me aproximé a Elizabeth. Con la cabeza en alto, como Daria me había enseñado, y una mirada digna, hablé tranquilamente.

—Este es un lugar de alto nivel, y supongo que la joven Marquesa de Rosaline no haría nada que la deshonre,  ¿no es así?—dije con una sonrisa de suficiencia mientras ella aún mantenía la copa en alto.

—…—en silencio, la mujer se mordió el labio, tragándose su enfado ante mis palabras. Le temblaban las yemas de los dedos que agarraban con rabia el recipiente de cristal.

—Joven Duque, creo que Lady Elizabeth tiene algo que decirme, le ruego que nos disculpe.—dije sin apartar la mirada de ella.

—Mmm…—el hombre titubeó.

—Joven Lord, ¿le importaría apartarse un momento?—insistí amablemente.

—Por supuesto.—respondió Lord de Carolina aún con voz dubitativa y dio un paso hacia atrás. 

Al verlo alejarse, la Marquesa de Rosaline me miró con frialdad.

—Después de Kylos y el Emperador, ¿ahora te acercas al heredero de un Ducado?—espetó la mujer insidiosamente.

—No tengo ni la menor idea de lo que estás hablando, ¿qué quieres decir?

—¡Ah! Lo siento. Debo haber dicho algo para herir tu ego, pero es la verdad. No solo te limitas a pegarte a hombres influyentes con tu asqueroso cuerpo, sino que también los seduces como una puta hasta que están comiendo de tu mano, ¿no es así?

Sin esperar respuesta alguna de mi parte, Elizabeth soltó una sonora y desagradable carcajada.

JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, … 

No había nada de noble en sus maneras burlonas y sarcásticas que disparaba con el fin de hacerme daño. En todo caso, era ridículo. Por tanto, doblé las comisuras de mis ojos escarlata dibujando una leve sonrisa, mientras dejaba que escupiera sus ataques. Claramente la mujer deseaba provocarme para que armara un escándalo, pero sus frases llenas de veneno se escaparan de mis oídos, como si lidiara con una loca borracha de la que sentía lástima.

—Ahora… ¿Te estás riendo en mi cara?—exclamó la Marquesa, alzando la voz molesta.

—Has venido sola el día de hoy.—sonreí con satisfacción, eligiendo las palabras adecuadas ante las que ella reaccionaría con más sensibilidad—. ¿Cómo es eso posible? ¿Mi tío se negó a ser tu escolta en esta fiesta? 

—¡¿Qué gilipolleces dices…?!

Mimy: A ver, sé que muchos odiáis a Elizabeth, pero la voy a defender un poquito para que os dé algo de penita. Su respuesta es algo normal, hay una chica guapa que, con el pretexto de ser la sobrina de tu futuro prometido, se mantiene en el Ducado para besuquearse con él y, en esta línea temporal, él está obsesionado con ella. Después sube de estatus porque sí, porque es guapa y linda. Es normal que intente con uñas y dientes hacerse notar pretendiendo ser Duquesa y demás. Empieza a tener complejo de inferioridad. Además su situación es deshonrosa para alguien de su estatus. Sus rabietas son cuestionables, pero sería la perfecta protagonista de una novela tipo “me convertí en la villana, pero soy inteligente, preparaos idiotas muajajajaja”.

Algunas personas miraban la escena, evitando hacer contacto visual con la Elizabeth. Pues no era agradable ver a una aristócrata de alta cuna hacer pucheros y chillar como una cría de diez años.

—Esperaba que vinieras acompañada con mi tío, sin embargo apareciste aquí sola…—continué fingiendo inocencia—. La gente podría pensar que hay discordia entre vosotros y me preocupaba bastante que esto pudiera ocasionar problemas… Es por eso que te pregunté. Te pido disculpas si fui grosera

Con un gesto suave y educado me incliné hacia ella para un poco calmar el ambiente.

—¡Tonterías! Eso solo son rumores sin fundamento. Nuestra relación es buena, no hay ningún tipo de discrepancias. ¿Qué te hace pensar eso?—preguntó ya algo más tranquila, cruzando los brazos.

—Bueno, es que… Es un poco diferente de lo que dijo mi tío hace unos días en el Palacio.

—¿Qué te dijo Kylos…?—un atisbo de inquietud cruzó el rostro de la Marquesa.

La mirada me convenció. La unión de esta mujer con Kylos estaba en terreno inestable.

—¿Tienes curiosidad?—le susurré al oído, en voz baja, como si le estuviera contando un secreto—. Pero qué le voy a hacer, no quiero contarte nada.

—¿Qué…? ¡¿Qué?!—dijo entre dientes desconcertada.

Hice una pausa, deleitándome con su tonta expresión, antes de soltar una risa corta y hueca. Lo único que pudo hacer Elizabeth fue mirarme con el rostro desencajado, exasperada y sin palabras ,apretando con suma fuerza sus mandíbulas.

«Como una perrita pequeña que ladra asustada… ¿Cómo pude ser tan vulnerable ante una mujer que no era mucho más que esto? Engañada por ella, una Emperatriz cegada por los celos, que se aprovechó de mi anhelo por reencontrarme con Estel. Apuntó con sus mentiras a mi corazón atrapado en la desolación y entonces…»

{—Ve con tu hijo que tanto anhelas.}

«… Tomé el veneno que me entregó sin saber que estaba dejando a mi pequeña sola en el mundo…»

Ella me había inducido a suicidarme en aquel entonces. No obstante, era un hecho que aún no había sucedido en esta línea temporal. Por lo que me resultaba imposible evaluar la verdadera culpabilidad de esa mujer que tenía delante. La única certeza que tenía es que el verdadero responsable, detrás de escena, que me obligó a separarme de mi hija; fue el Gran Duque de Ludwig.

—Espero que consigas poner fin a los rumores que hablan sobre que hay cierta disputa entre vosotros lo antes posible. Porque, digan lo que digan los demás, a mis ojos, ustedes dos son una pareja hecha en el cielo.

La forma en que los hombros de la mujer temblaron no ayudó. Las lágrimas cayeron sigilosas por sus ojos y me di la vuelta, dejando a la descarada Marquesa de Rosaline atrás, sin saber que esta sería la última vez que la vería.

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Unos días después, la noticia de la prematura muerte de la Marquesa de Elizabeth de Rosaline recorrió la capital. 

Toda la alta y baja nobleza estaba conmocionada por tal suceso. Incluso Betsy, que la odiaba, quedó turbada por el anuncio de su defunción y se encerró en su habitación, rompiendo a llorar.

HIC, SNIF, SNIF, …

—No llores, Betsy.

—Pero tengo tanto miedo…—la Princesa, con la cara hinchada de tanto llorar, se acurrucó en mis brazos.

—¿No dijiste que no te gustaba?

Mimy: Joder, Chole… De ciega por amor a insensible… 🙃

—Pero… No quería que muriera…—replicó con la voz ahogada y entrecortada.

Al verla así, acaricié la espalda de Betsy mientras ella sollozaba. Aunque tenía una boca sucia, con tendencia a decir lo que pensaba directamente, la más joven de los Carolina era un encanto.

Sin embargo, lo que yo sentía, era todo lo contrario a lo que la gente esperaría. Estaba mucho más calmada de lo que debería porque nada de esto me había pillado por sorpresa. Era como si ya hubiera previsto su muerte.

El titular del periódico decía que la Marquesa de Rosaline volvía a casa de una fiesta en la mansión del Duque de Carolina cuando su carruaje se volcó de forma inesperada. Supuestamente el infortunio había sido causado por una rueda defectuosa. 

Sin embargo, no pude evitar pensar que había alguien más detrás de esto. Más aún cuando circularon rumores de que no había muerto en el accidente, sino que había sido atacada y asesinada.

Las habladurías decían que su cuerpo había sido brutalmente masacrado y desmembrado, hasta quedar irreconocible. Toda la ciudad Imperial se sumió en un ambiente cargado de pesadumbre y temor.

{—Traeré su cabeza y te la ofreceré.}

La inquietante voz del hombre, que había hablado de matarla con tanta facilidad, resonó en mi cabeza.

{—Y entonces me perdonarás y me mirarás como antes, ¿verdad, Chloe?}

Algo en lo más profundo de mí, no hacía más que sospechar de Kylos. Mas era una hipótesis tan ridícula que, cada vez que reflexionaba sobre ello, negaba los hechos sacudiendo la cabeza.

«Vamos Chloe… No puede ser que él la matara solo para hacerme cambiar de opinión. Es una locura…»

Intenté por todos los medios descartar mis dudas y apartarlo de mi raciocinio, cuando apenas había terminado de calmar a Betsy.

Aun así, la siniestra conversación con Kylos persistía en mis recuerdos y, con todos esos pensamientos revoloteando sobre mi mente, estaba de vuelta en mi habitación, sin darme cuenta de ello. 

Descansando, sentada sobre mi lecho, con la mirada perdida, sentí cómo la puerta se abrió suavemente sin llamar. Betsy asomó la cabeza por el umbral, con una almohada grande en el brazo.

—Oye, Chloe… ¿Puedo quedarme en tu habitación?—dijo tímidamente con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar—. Hoy no… No quiero dormir sola esta noche…

—Claro, Betsy. Ven aquí.—respondí con una leve y melancólica sonrisa.

Con un gesto infantil, la pequeña y tierna Princesa se acostó en mi cama. Pero a diferencia de ella, que no tardó en dormirse, yo no pude conciliar el sueño fácilmente. Suspirando, me levanté y me senté en la barandilla del balcón, mirando el cielo nocturno. Sentimientos contradictorios reinaban en mi interior y me encontraba algo extraña.

Reflexionando, inevitablemente, de nuevo sobre la muerte de la mujer que me había matado una vez, en aquel futuro perdido, una voz familiar llegó a mis oídos.

—Es muy peligroso sentarse en esa posición. Lady Garnetsch.

La  última persona que me esperaba hallar aquí, estaba de pie, frente a mí.

—¿Lord Brans?—dije sorprendida—. ¡Ah…!

Debido al desconcierto, me sobresalté y mi cuerpo se balanceó. A punto de caer, Sir Brans me atrapó a tiempo con uno de sus torneados brazos.

—¿Estás bien?—preguntó el apuesto joven rubio.

—Ah… Sí, estoy bien… Gracias.

Mi corazón latía como loco por la sensación de vértigo que disparó la adrenalina por mis venas. Aparté lentamente la mirada, tratando de controlar los efectos del susto por casi verme envuelta en una caída catastrófica

Solo después de calmarme un poco, vi el rostro de Lord Brans, que todavía me agarraba delicada pero firmemente del hombro.

—¿Ves, Chloe? Te dije que era peligroso.—el joven rió dulcemente, suavizando mi expresión aún aturdida.

—Pues a mí me parece que estás tú en más peligro que yo.

No era un farol, porque verlo de pie, sobre una rama precaria que sobresalía a la altura del ventanal, era verdaderamente arriesgado para cualquier persona. Obviamente, Brans mantenía el equilibrio tan bien, que parecía sencillo estar de pie imóbil sobre un árbol. 

Me pregunté si formaba parte de la labor de un caballero aprender a trepar por lugares insospechables y me reí para mis adentros solo de imaginarlo.

—El matrimonio del Duque de Ludwig y la Marquesa de Rosaline se ha anulado completamente.—constató de repente el hombre como si hablara en un noticiero.

HAAAA…

Dejé escapar un pequeño suspiro ante las palabras que acababan de salir de su boca.

—He venido a informarle de ese hecho, Lady Garnetsch.

El matrimonio con la Marquesa de Rosaline era una condición necesaria para que Kylos se convirtiera en Emperador tras derrocar a Raymond. Sin la riqueza e influencia de la Casa de Rosaline, le sería imposible reclutar a tantos nobles a su favor.

«¿Realmente había renunciado a ser el Soberano del Imperio? ¿El hombre cuya vida entera había girado en torno al trono? ¿Cómo puede ser eso posible?»

No obstante hoy, con mi mente ya hecha un lío por la muerte de la marquesa Rosaline, no podía razonar adecuadamente. Sacudí la cabeza para despejar el montón de cuestiones sin respuestas que se acumulaban en mis pensamientos. Entonces, se escuchó una risita juguetona por encima de mi coronilla.

—¿Por qué te ríes?—pregunté con voz ronca, y los ojos de Lord Brans se suavizaron en sendos arcos.

De pronto, recordé a Lady Gloah elogiando su belleza. De algún modo, en ese momento, quise unirme a ella y proclamar a los vientos lo apuesto que era Sir Brans.

—Es que… Lady Garnetsch me hace sonreír a veces…

—¿…?

—Usted es el tipo de persona que siempre me saca una sonrisa de mis labios, quiera o no, Lady Chloe.

Fue un comentario muy cosquilloso, salido de la nada que me dejó anonadada,

—Uh… Oh… Um…

Mis pupilas vacilaron de un lado a otro, evitando su mirada, y cuando tomé la iniciativa para volver a levantar la vista; Lord Brans me miraba fijamente, con serenidad en su rostro.

—¿Cómo has entrado en palacio?—torpemente desvié el tema de conversación como pude—. No es un lugar fácil para entrar…

Enoch Brans, que siempre había sido callado y perceptivo, sabía leer muy bien el ambiente y, por supuesto, se dio cuenta de mis intenciones. Así que, en consecuencia, él se limitó a reír melodiosamente mientras respondía.

—Donde quiera que vaya o esté Lady Garnetsch, puedo acudir a tí siempre.—añadió de forma flirteante.

Incómoda y avergonzada por su mirada ligeramente divertida, repliqué apartando sus insinuaciones que vagamente esquivaban mi cuestión.

—¡Oh! Por favor, ¡deja de bromear!

—Si no es una broma… ¿Me creerías?

—¡¿Qué?! Uh… Mmm…

En un instante, se inclinó hacia mí y me miró con expresión seria. El aura masculina y atrayente que emanaba de él, me dejó sin respuesta. Sus ojos esmeralda atraparon mis pupilas escarlata, la brisa hacía que cabellos plateados y rubios bailaran en el céfiro nocturno de primavera. Un momento mágico que duró unos segundos que parecieron largos minutos. Rompiendo el hechizo, Enoch sonrió con satisfacción y continuó con su risa ligera.

—Ja, ja, … ¡Era una broma!

—¡Eres tan malo! ¡Eso es demasiado!—exclamé, notando cómo el calor se me subía por la cara, encendiendo mis mejillas.

Sentí una extraña sensación de vergüenza y traición. 

—El Palacio de la Emperatriz… ¿Es un buen lugar para quedarse?—preguntó como si nada hubiera pasado.

Su voz flotaba en el aire con dulzura acariciando mis orejas. Me quedé mirándole el pelo, que ondeaba juguetón al viento, y respondí.

—Comparado con el Gran Ducado, mucho mejor…

—Me gustaría saber cómo es el día a día de Lady Chloe…

Por un momento, busqué a tientas, en mis memorias, mi rutina en el castillo Imperial. No obstante, algo era extraño.

Mi estancia había sido sumamente corta comparada con los ocho años que había pasado en el Gran Ducado y, sin embargo, solo de pensarlo me sentía mucho más acogida aquí, como si fuera mi hogar de siempre.

—Mi vida diaria es tranquila y apacible… Obviamente, si mi tío no se presenta ante mí, como hace unos días. El Emperador, la Emperatriz y la gente del Palacio Imperial… En general todos son buenos y muy amables conmigo…

—Me alegra mucho oír eso.—Lord Brans, que me escuchó atentamente, respondió curvando sus hermosos ojos en forma de media luna.

Mi rostro se enmarcó en su contemplación genuina, hipnotizada mientras lo miraba fijamente, de repente me surgió una pregunta.

—¿No te resulta extraño Sir Brans que de repente esté tan ansiosa por alejarme de mi tío…? Al fin y al cabo has sido su fiel caballero desde muy joven… ¿Acaso no tienes dudas o curiosidad acerca de mis verdaderos motivos?

—Bueno, si lo pone así… Lady Chloe también debería sospechar de mí, ¿no? Me he involucrado apresuradamente para ofrecerte mi ayuda sin preguntar cuáles son tus razones. Incluso he hecho un juramento ante tí, algo impensable para un caballero que ya tiene un Señor al cual servir.

Como siempre me había parecido, Enoch era un hombre amable pero firme a sus ideales y la justicia. Así que, nunca me cuestioné sus motivos. Sabía que nunca haría algo que me dañara y estaba aún más segura de ello ya que era consciente de que fue el único que se puso en riesgo para que me reuniera con mi Estel. 

Brans seguía con su mirada inquebrantable sobre mí, y sacudí la cabeza al encontrarme con sus ojos firmes que me contemplaban.

—Sugerir que dude de Sir Brans es absurdo. No tiene sentido.

—¿Quién sabe? Quizás podría estar tramando un malvado complot aprovechándome de tí…—dijo, con el rostro limpio como un ángel, sacándome una sonrisa.

—Lord Brans y las conspiraciones, no van para nada juntos. En absoluto, te lo puedo asegurar.

Su semblante se contrajo extrañamente ante mi irrefutable afirmación. Incapaz de contener la carcajada, al verlo tan confundido, al final, sin más remedio, me reí abiertamente como una niña.

—¿Cómo? ¿Qué te hace estar tan segura?

«Te conozco, sé lo que has hecho por mí, aunque no sepa por qué motivo y siempre te estaré agradecida por ello.»

Pero no podía relatar los acontecimientos de un tiempo pasado a un hombre que no sabía nada del tema. En lugar de eso, sonreí vagamente, como él, y evité responder.

Sin decir nada, el susurro de las hojas con la brisa nos envolvió. Un momento en el que nuestras miradas lo decían todo pero los labios no pronunciaban nada. Un caballero que sonreía de forma serena con aquella aura acogedora que me hacía sentir a salvo. Todo era inusual, pero a la vez resultaba agradable y relajante.

«Qué hombre tan extraño era Enoch… Siempre había sido bueno conmigo, sin pedir nada a cambio… No deseaba mi amor como Raymond, ni tampoco me contemplaban con lujuria en los ojos como otros hombres que me habían hablado en el baile. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué te arriesgas y eres tan amable?  ¿Y por qué no lo supe ver claramente hasta ahora?»

El inmerecido favor que recibía de él, me dolió hasta el punto de romperme el corazón. Quizás fue porque recordé la última vez que tuve a mi pequeña Estel en mis brazos. algo que solo fue posible gracias a su ayuda desinteresada.

Lo último que recuerdo de él, es su nuca mientras se lo llevaban los soldados tras descubrirse la asistencia que me brindó. No lo he visto desde entonces, ni había sabido nada de él hasta ahora. Siempre a mi lado pero como ausente. 

El hombre, al que una vez había amado, no era una persona muy indulgente con los traidores. Aunque estuviera ciega y con los ojos vendados por amor era plenamente consciente de su crueldad. Así que, no tuve que discurrir mucho para averiguar qué había sido de Lord Brans después de aquello. Únicamente quedaban dos opciones plausibles; o estaba muerto, o apenas se aferraba a la vida en una agonía parecida a la muerte. En cualquier caso, era infeliz.

Así que, no pude evitar preocuparme por él de forma sincera. Mi corazón no soportaría que alguien más se hiciera daño o sufriera al involucrarse conmigo. Inevitablemente me sentí mal cuando me di cuenta de que estaba traicionando a Kylos por mí, otra vez, faltando a su palabra y honor como caballero.

En ese instante, abrumada por los hechos de un pasado perdido en el olvido, los cuales afectan al presente como la sombra del mismo; rompí el silencio de forma cautelosa.

—¿Todo esto está bien para tí, Sir Brans? Oí que se convirtió en caballero con la ayuda de mi tío, ¿no?—tras una pequeña pausa, proseguí—. Entonces el Gran Duque es, en cierto modo, su benefactor, además de su Señor. Tal vez, por ello, Lord Brans siente que está en deuda con él, y yo… por mi culpa…

No pude continuar, simplemente no había necesidad de expresar mis temores porque eran evidentes incluso para la persona menos empática del mundo. Levanté tímidamente los ojos y el joven caballero parpadeó perezosamente, con la vista hacia el cielo lejano mientras murmuraba, como rememorando su juventud.

—Cuando el Duque quiere algo, lo consigue por cualquier medio, y yo fui uno de esas cosas…—su voz melancólica me resultaba desgarradora—. Mi hogar estaba en una pequeña ciudad al sur. Un lugar cálido y apacible, donde la gente vivía el día a día sin lujos ni preocupaciones banales como los habitantes de la capital…

—¡Oh! ¿De verdad? ¡Yo también!—exclamé, con los ojos abiertos de par en par ante la inesperada coincidencia. 

Enoch me sonrió débilmente, estaba algo sorprendida y emocionada de tener algo en común con aquel chico que siempre estuvo al margen, protegiéndome y cuidándome con gentileza.

 

—Soy de Aslanta. Nací y pasé mi niñez allí…—dije con ímpetu y ganas de compartir algo con aquel hombre misterioso que me observaba—. Aunque tuve que marcharme a Amanti cuando era un poco más mayor tendría unos ocho… ¿Nueve años? No lo recuerdo exactamente… Fue porque estaba la mansión Garnetsch allí y yo era la hija ilegítima del Vizconde. El resto de la historia supongo que ya la sabes.

Aunque mayoritariamente mi infancia había sido infeliz, aún guardaba buenos recuerdos de mi estancia en la pequeña ciudad sureña de Aslanta. En las reminiscencias de aquella época, aún tenía presente a mi madre; la única que me quiso incondicionalmente hasta el día de su óbito.

—¿Alguna vez has pensado en  volver a tu ciudad natal?—preguntó Sir Brans.

Negando con la cabeza, respondí con naturalidad.

—No, pero es cierto que tengo curiosidad por ver cómo ha cambiado. Así que, si alguna vez tengo la oportunidad, me encantaría volver a visitarla. Sin embargo, no quiero instalarme allí y mucho menos sentirme presionada a ello. Prefiero dejar los buenos recuerdos de mi niñez intactos en ese lugar y buscar otro sitio agradable para pasar el resto de mi vida.

«Además, aunque volviera, la persona que me quería ya no está allí…»

Mis últimas palabras quedaron guardadas en mis pensamientos. No quería dar pie a malos entendidos que llevaran a Sir Brans a sentir lástima por mí. Además, tampoco echaba mucho de menos a la mujer cuyo rostro es ahora un borrón en mis memorias. Mi pasado fue demasiado desolador para la tierna emoción del anhelo. A las malas descubrí que idealizar algo te hacía ignorante y ciego a la verdad. Por eso decidí eliminar cualquier sentimiento idílico que todavía quedara en mí, tal y como fueron mis dulces memorias en Aslanta.

—¿Sabes? Todavía recuerdo el día en que Lady Garnetsch llegó por primera vez al Gran d

Ducado.—comentó el caballero con llaneza—. Yo, de aquellas, aún era un joven aprendiz y tú apareciste de la mano de Su Gracia siendo una niña muy pequeña. Es como si fuera ayer, una chiquilla menuda con copos de la primera nevada sobre su cabello plateado.

El día que pisé por primera vez el castillo del Duque de Ludwig, había mucha nieve y los ojos esmeralda del joven caballero, mientras me miraba, fue lo primero que captó mi atención. Aún hoy, el color de sus verdes iris, sobre el día nevado, siguen grabados en mi retina.

—En realidad, yo también recuerdo perfectamente a Sir Brans en aquel día. Fue la primera vez que nos conocimos y aún eras muy joven.

El agarre de Sir Brans en la rama se sacudió.

—¿Dices que te acuerdas? ¿En serio?

Estaba tan desconcertado que me dejó en claro que no parecía esperar que me acordara de él en absoluto.

—Sí, en aquel entonces nevaba mucho, y yo acababa de bajar del carruaje. Salí de la puerta principal con los demás caballeros, que llegaron para recibir al Gran Duque, y te vi. Estabas sentado con un montón de nieve blanca sobre la cabeza y tenías la piel muy pálida, como si hubieras pasado mucho tiempo al frío de la intemperie… Y pensé… que parecías un muñeco de nieve con esmeraldas en vez de simples piedras como ojos…

Me divertí contando mi primera impresión de él. Su rostro se puso rígido por un momento, y luego se relajó con una rápida sonrisa.

—Es un honor que te acuerdes de mí.

—Una vez que ves la cara de Sir Brans, nunca la olvidas. Es un hecho por todos sabido en la capital.

—Mmm… Bueno…—sonrió amargamente y levantó la cabeza. Su expresión era melancólica mientras miraba de nuevo al cielo nocturno y añadió—. Supongo… Aunque no necesariamente fue siempre ese el caso…

Sir Brans parecía inseguro de sí mismo. Si alguna vez se hubiera mirado bien al espejo, sabría que era inusualmente guapo y apuesto. Lo contemplé sopesando este hecho y él bajó lentamente la barbilla mirando a la joven atrevida, que tenía a su lado estudiando su hermosura desde hace ya rato.

—Lady Garnetsch, si me disculpa—preguntó Brans con voz educada, como si me pidiera un favor difícil—. ¿Me daría el honor de dirigirse a mí por mi nombre? Es decir, … ¿Sería mucho para mi Lady no llamarme Sir Brans o Lord Brans, sino Enoch? 

—¿Por su nombre…? ¿Solo Enoch, entonces?

—Sí, verás… El apellido Brans, nunca fue realmente el mío propio.

—¡Ah…!— al entender a lo que se refería solté un suspiro.

Al igual que el apellido “Garnetsch” me fue dado cuando pasé de plebeya a hija ilegítima, “Brans” tampoco debía ser originalmente el suyo. Aquellos que no provenían de la nobleza no tenían nombres que denotaban la Casa de la que provenían. Enoch y yo formábamos parte de ese grupo de personas que recibieron un segundo nombre para así poder entrar en el mundo de la Aristocracia.

—Enoch… ¿Puedo llamarte así?

—Sí, así está bien.

“Enoch”; referirme de manera simple e informal hacia un hombre se sentía muy extraño cuando salía de mi boca. No obstante, era una forma de llamarlo que me resultaba más cómoda. Quizás por su sencillez y familiaridad, sin contar que su denominación le iba como anillo al dedo. Quien quiera que fuese quien lo hubiera bautizado acertó de pleno.

—Muy bien, Enoch…—dije como decidida a memorizarlo. Para dirigirme así a él, en el futuro, con total naturalidad.

El joven caballero me miró con una cálida sonrisa. La conversación sobre memorias del pasado y el intercambio de nombres me hizo sentir, en cierto modo, más cercana a él. Le devolví la mirada curvando mis labios en respuesta. Sin embargo, no pude evitar pensar que la media luna dibujada en el rostro de Enoch, era sumamente hermosa. Un arco, que brillaba en el aire nocturno de primavera.  


RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



© 2026 ACOSB

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