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Capítulo 28. La malicia acecha por todas partes

El día de la gran boda del Duque, una joven estaba sentada en los asientos de los invitados, con los ojos clavados en el dobladillo del vestido blanco de la novia. Había visto con sus propios ojos cómo su amado tomaba a otra mujer por esposa, y durante días había estado delirando.

—Madre, esto realmente no tiene sentido. Madre, di algo —la joven gritó y sollozó, agarrando el vestido de su madre y sacudiéndolo. 

Iola Calix, que cumpliría dieciocho este año, tenía el pelo rubio, abundante, del color de las caléndulas y era la prima materna del Duque Morciani. Su madre era la única hermana de la difunta Duquesa, y era la pariente más cercana del Duque. Iola había sido favorecida por el Duque desde muy joven, sobre todo porque se parecía más a su tía, la anterior Duquesa, que a su propia madre.

Al principio, cuando se enteró de que la hija menor de la familia Romagnolo iba a casarse con el Duque Lucious Morciani, no le dio importancia, pues hacía tiempo que había aprendido cuánto le disgustaban las mujeres a su primo.

Naturalmente, esperaba que el Duque rechazara el matrimonio, ya que era algo que ni siquiera un rey podía forzar.

«¿Cómo se han complicado tanto las cosas?»

Iola era la hija de un barón, naturalmente brillante y posesiva. Desde que tenía apenas siete años, había llevado en su corazón a su primo, que brillaba como un príncipe. Sabía que cuando fuera lo bastante mayor, el puesto vacante junto al Duque sería suyo.

Iola nunca se conformó con ser favorecida por él, pero perseveró durante diez años con su rostro inocente e ignorante. Mientras observaba al Duque rechazando a las numerosas mujeres que se le acercaban, confiaba secretamente en la victoria.

«¿Pero cómo pudo suceder esto ahora?»

Iola se cubría las mejillas enrojecidas, pateaba y arrojaba todo al alcance de sus manos. No podía aceptar su situación actual, ni permitirse el lujo de renunciar a la persona que había estado persiguiendo durante diez años por alguien como esa Condesa flacucha.

—Madre, di algo, por favor. ¿Por qué me dejaría Lucius y se casaría con otra, cuando me ha tenido tanto cariño todos estos años,  tú lo sabes?

La Baronesa Calix no supo qué decir, y se limitó a darle unas palmaditas en la espalda a Iola. Sabía que ella había tenido ese sueño por su cuenta, pero no esperaba que sería de tal magnitud.

—Mi querida Iola, habrá un hombre maravilloso que te amará a ti y sólo a ti, así que deja de llorar. Mi pequeña. Cuando lloras, a esta madre se le rompe el corazón. —La mujer abrazó a Iola y lloró con ella. La niña aún es joven y tendrá muchas más oportunidades en el futuro. 

Esperaba que, en lugar de un amor desgarrador y no correspondido, encontrara el amor verdadero al conocer a un hombre confiable que solo se preocupara por ella.

«────── « ⋅ʚ♡ɞ⋅» ──────»

—Sir César.

—Mi señora, soy el sirviente del Duque. Estoy aquí para servirle.

Nuritas se encontró con los ojos bondadosos del sirviente de aspecto inusualmente frágil. Se preguntó si habría llegado a ser un hombre así de no haber sufrido un destino tan atroz, y si sus ojos parecerían delicados. Con todo, era la persona más amable que había conocido en el nuevo ducado.

—Me gustaría leer algunos libros. ¿Podrías guiarme hasta el estudio?

El sirviente del Duque pidió que le ordenara con normalidad, pero no fue tarea fácil para Nuritas. Como nunca antes había dominado a nadie, siempre se preocupó por los que estaban debajo de ella.

César sentía admiración por el Duque al que servía, pero como conocía su temperamento, le preocupaba la Duquesa, ya que tenía la misma edad que su hermana.

—Sí, con mucho gusto.

De camino al estudio, César habló vagamente con la Duquesa, quien no habló mucho.

—Veo que le gusta mucho la lectura.

—No realmente, solo estoy intentando ponerme al día —Nuritas respondió con cierta sinceridad, sin querer mentir más. 

Había jurado no hacer nunca nada que dañara el honor de la familia Romagnolo mientras viviera en nombre de Meirin. Era la única manera de proteger a su madre.

Además, ahora que era la Señora de la familia Morciani, no podía ser una carga para el honor del Duque. Ya le había hecho un gran pecado al Duque, y Nuritas, con el corazón encogido de nuevo, permaneció en silencio.

En ese momento, Lucious buscaba a César mientras miraba los complejos documentos en su despacho. Quería dejar lo que estaba revisando a su secretario y salir al aire libre para aliviarse, pero no lo veía por ninguna parte. Entonces, el lugar al que llegó fue el pasillo cerca del estudio. Lucious se sorprendió por la aparición de su esposa y César, por lo que se escondió detrás de un pilar y murmuró nerviosamente para sí mismo:

—Parecen extrañamente amigables.

Al oír pasos distantes, salió del pilar y los vio desaparecer al final del pasillo. César y su esposa estaban de pie uno al lado del otro, y parecían llevarse bastante bien. Incluso tuvo la impresión de que su tranquila esposa sonreía. Lucious suspiró, apoyándose con una mano en el pilar.

—¿Qué estoy haciendo?

¿Por qué se había escondido ante la presencia de César y su esposa? ¿Por qué había observado su partida en secreto?

Al principio, había pensado que no le importaba con quién se casara. Mientras continuara con el linaje familiar, sentía que había cumplido con su deber. Tenía veintidós años, edad en la cual debería tener uno que otro descendiente. Como era un matrimonio concertado por el rey, él se lo había tomado con calma.

«Pero, ¿qué es este sentimiento?»

Arietty: Yo sé, alguien esta celosito XD

Se preguntó por qué era tan incómodo verlos caminar juntos. Lucious soltó su agarre del pilar y se encogió de hombros.

«Probablemente sea solo mi estado de ánimo.»

Se pasó una mano por el pelo y volvió a mirar el pasillo por el que se habían ido. La sensación desagradable aún persistía. El impulso de tomar su espada y salir ahora mismo para gastar algo de energía, era abrumador.

«────── « ⋅ʚ♡ɞ⋅» ──────»

Nuritas llegó al estudio con la amable guía de César y se quedó un momento mirando las estanterías. El tamaño de la colección, que debía de ser varias veces mayor que la del Conde, hacía difícil saber qué elegir. Se quedó mirando un rato, luego agarró entre sus brazos un libro con un título bastante grande y se dirigió al escritorio.

«¿Y si se me olvidan todas las letras?»

Suspiró y abrió el libro con cuidado, aliviada al ver que había elegido el libro adecuado, con letras grandes y pocas palabras. Probablemente era un libro infantil, por los garabatos sobre las ilustraciones y el texto. Debieron haber cometido un error al dibujar un círculo, ya que estaba distorsionado, y otro al escribirlo, así que trazó una línea hacia arriba y al lado, para escribir la palabra “Lou”.

—¿Lou? ¿Por qué no me extraña?

La extrañeza del nombre fue fugaz, y pronto se aburrió, a pesar de que era un libro muy sencillo. Era la primera vez que se sentaba a hacer algo. Antes, nunca había tenido las manos y los pies quietos, excepto cuando dormía. Tampoco se le había ocurrido aprender a leer.

«Me pregunto por qué los nobles leen estas cosas.»

Nuritas recordaba a Madame Bovary delirando sobre cómo los libros contenían vida, conocimiento, alegrías y penas de la historia humana, pero aún así le costaba aceptar sus palabras.

«¿No es la vida algo que creas mientras vives cada día? ¿Los libros viven por uno mismo? » 

En su mente surgió una fuerte pregunta: 

«¿Cómo me ayuda en mi día a día aprender sobre los pensamientos o las palabras de otras personas?»

Era la primera vez en su vida que se hacía esta pregunta, así que se encogió de hombros. Cuando cerró el libro y miró el cielo azul por la ventana, se dio cuenta de que una nube parecía un cerdo y otra una cabra pequeña.

«Ah, podría ser eso.»

Cuando empezó a trabajar con cerdos que gruñían en el barro, nadie le había hablado de la sensibilidad de las cerdas preñadas. También aprendió por experiencia que las cerdas daban a luz más de dos veces al año. Si alguien se lo hubiera dicho con antelación, su trabajo habría sido mucho más fácil.

—¿Habrá algún libro así? —Asintió levemente, pensando que si existiera un libro que explicara tales cosas, podría ser de gran ayuda para los jóvenes que comienzan sus labores. Entonces, con un pequeño suspiro, Nuritas bajó la mirada del cielo.

Lo que sus ojos captaron fue una sombra negra que se deslizaba rápidamente. El hombre alto que vestía una camisa blanca ajustada era claramente el Duque Morciani.

Estaba de pie en el patio, más allá de la ventana, y su muñeca se movía ligeramente como si fuera uno con su espada. Al saltar, su espada danzó de arriba abajo mientras lo hacía, y su forma pareció superponerse a la del caballero de armadura plateada que Nuritas había admirado alguna vez.

—Como era de esperar, es jodidamente genial.

Ella se aferró a la gran ventana y observó fascinada cómo él terminaba su manejo de la espada. La admiración pura fluía a través de ella, ni siquiera consciente del hecho de que un hombre tan apuesto fuera su marido, y se proyectó en su forma mental: la mano que sostenía la deslumbrante espada que él blandía se había convertido de algún modo en la suya, y sus piernas se crisparon bajo su vestido cuando él dio ligeros saltos.

Ajeno a la mirada que le observaba desde alguna ventana del tercer piso, Lucious Morciani se atormentaba a sí mismo sin pausa. 

Apuntó con su espada directamente a los fantasmas del pasado que le atormentaban y dejó escapar un fuerte grito para despejar las imágenes sin sentido que ahora abarrotaban su mente.

Su plan era apuñalar al viejo en la nuca, fingiendo seguir el juego que el Conde Romagnolo le había tendido, y para ello tendría que odiar a la abominable mujer por engañarlo.

«Estoy seguro de que lo hizo.»

Pero no era tan fácil mirar a la solitaria mujer de ojos azules con una mirada negativa. Todo empezó con el rostro pálido y resignado que mostró la primera noche que estuvieron juntos. Su esposa, a quien había observado hasta ahora, era amable con sus subordinados y tenía una personalidad muy tranquila.

«Dejemos de pensar en esto por ahora.»

Llegó a la conclusión de que aquella confusión no era más que una curiosidad pasajera por una mujer fuera de lo común.

En ese momento, César, que había entrado pensando que estaba en su despacho atendiendo unos asuntos, se acercó al Duque.

—Duque, si te esfuerzas demasiado, te enfermarás. —César, para no ser menos, hizo una trompeta con las manos y lo llamó. 

Las manos del Duque gesticulaban con urgencia, como si algo le persiguiera. Respiraba con dificultad, y César se preguntó por qué no podía dejarlo.

Pero el Duque seguía allí, goteando sudor en el suelo mientras desenvainaba su larga espada en largos golpes contra un enemigo invisible.

Lilián: Yo y los panas combatiendo la ansiedad xd


RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: LILIAN


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